N° 2056 - 23 al 29 de Enero de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl Marne es un afluente del Sena y recorre la región de Champagne. Quedó en la historia por haber sido escenario de dos batallas decisivas de la I Guerra Mundial.
Cuando las tropas alemanas, que pretendían cercar París llegando del norte pero cambiaron al este, los franceses anticiparon la maniobra y lograron una victoria en los pantanos de Saint Gond, en el río Marne, que dio origen a la posterior “guerra de trincheras”. La batalla fue del 5 al 12 de setiembre de 1914; el segundo enfrentamiento, definitivo, abarcó del 15 de julio al 6 de agosto de 1918 y sucedió a poca distancia del sitio anterior: una ofensiva aliada causó tales bajas al ejército invasor que, tres meses más tarde, Alemania firmó el armisticio que puso fin a la guerra.
Durante esos cuatro años, el bandoneonista argentino Eduardo Arolas —nacido en febrero de 1892 y cuyo verdadero nombre era Lorenzo Arola—, hijo de inmigrantes franceses, permaneció en París, adonde había llegado el año crucial de 1914, detrás de otros músicos de la Guardia Vieja empeñados en la conquista de Europa. Aunque hoy parezca insólito, siguió con su instrumento y su música en medio del desastre, con bombardeos cada día más cercanos, porque los franceses jamás admitieron cambiar su estilo de vida y su afición por los espectáculos de varieté, sobre todo si contenían “el exotismo de ese sonido de las pampas del lejano sur”.
Arolas se inició como un joven músico orejero, de los que tocaban de oído, y era Francisco Canaro quien le pasaba las melodías a una partitura. Más tarde estudió en un conservatorio y se perfeccionó hasta ser considerado un creador insospechable para la época, componiendo en compases de 4 x 8 en lugar del clásico 2 x 4 y aportando un sonido que, por primera vez, puso en escena lo que luego se llamó el “fraseo” y el “rezongo” del bandoneón, clásicos, por ejemplo, en Pugliese.
Se ha dicho que su primer tango es Una noche de garufa, pero no: fue, premonitoriamente, Comme il faut, en colaboración con su amigo Rafael Iriarte. Quizás a la confusión haya contribuido que Iriarte no gustaba del francés, y la obra incorporó un segundo registro con el nombre de Comparsa criolla, que pronto fue olvidado. Al cabo de los años, aunque murió muy joven, Arolas creó varios tangos memorables: Derecho viejo, La guitarrita, Lágrimas, La cachila, Maipo, Retintín, Fuegos artificiales, Papas calientes y muchos más, actuando en La Buseca, oscuro bar de Avellaneda donde fue compañero del Momo Orsi, famoso futbolista de Independiente que además era violinista, los cafés Botafogo, El Estribo y Garufa y los cabarés L’Abbaye y Armenonville.
Pero su tango más logrado, para la mayoría, es El Marne, escrito en París en enero de 1919, tomando como motivo la segunda de las batallas desarrolladas en el río homónimo.
Arolas adoraba lo francés. Hasta hizo tristemente famoso un amorío con una tal Alice, en París, que concluyó en una tragedia de la que poco se sabe, que acentuó su alcoholismo. A mediados del año de creación de El Marne regresó a Buenos Aires, pero en 1921, tentado por un jugoso contrato, volvió a Europa. Mantuvo su éxito poco tiempo, no por haber disminuido su calidad de músico, sino porque su salud flaqueó con rapidez y murió tuberculoso, en un hospicio parisino, en 1924.
Tenía 32 años.
Es curioso, pero Arolas nunca grabó este tango, aunque lo haya estrenado en vivo. El honor fue para la Orquesta Típica Select, en Estados Unidos y en 1920, con la participación de solistas de la calidad de Osvaldo Fresedo, Enrique Delfino y Tito Roccatagliatta.
Con los años, El Marne —cuando ya nadie recordaba el motivo de la inspiración del autor— fue grabado por Canaro, D’Arienzo, Los Astros del Tango, Leopoldo Federico, Maffia, Osmar Maderna, Ciriaco Ortiz, Salgán, Atilio Stampone, Astor Piazzolla con su Octeto y Aníbal Troilo, versión esta considerada, por su exquisito arreglo, la mejor de todas.
La I Guerra Mundial dio lugar a que otros tangos alusivos vieran la luz. Entre ellos, Belgique, de Enrique Delfino, Monte protegido, de Francisco Pracánico, La revanché, de Eduardo Costa, Ultimátum, de Federico Fernández, Triunfo inglés, de Orfeo del Giúdice y No me hable de la guerra…, del chileno Osmán Pérez Freire.
Al registrarlo, Arolas dedicó El Marne “a la simpática señorita Elba Cammi”.
¿Acaso una de sus tantos romances por las calles de París?