N° 1790 - 13 al 19 de Noviembre de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—Nunca he sido otra cosa que un laburante de la música— dijo más de una vez aquel hombre al que solo en familia, desde niño y cariñosamente, por su voz aflautada, llamaron “Chicharrita”.
Osvaldo Pugliese nació en Villa Crespo, cercano al arroyo Maldonado, en un hogar pobre, el 3 de diciembre de 1905. Vivió la construcción del “gran conventillo nacional” por una cercana y entonces poderosa fábrica de zapatos, que inspiró a Alberto Vacarezza su sainete “El conventillo de la Paloma”. Murió en junio de 1995, cercano a cumplir 90 años: —El barrio fue creciendo alrededor de esa fábrica. Nadie necesitaba salirse de sus límites porque ese era su pequeño país donde tenía todo: la familia, los amigos, la seguridad. Cuando uno se iba a vivir al centro lo despedíamos como si se fuese al Japón— recordó cierta tarde pensando en su padre Armando, músico aficionado y cortador de cuero, que le permitió dejar la escuela e ir a trabajar.
Duró poco. Se pasaba silbando, tempranamente enamorado de la música: primer regalo paterno, un violín; estudió y lo “rascaba de tanto en tanto”, pero su pasión era el piano. Tenía 14 años cuando apareció en su casa “El negro Neo”, apodo del bandoneonista Domingo Faillac, vecino y amigo, quien, con autorización paterna, llevó a Osvaldo a acompañarlo en el “Café de la Chancha” por cuatro pesos al día. Ahí comenzó la aventura de uno de los pianistas —compositor y director de orquesta— más importantes en la historia el tango.
A meses de sus 15 años compuso su obra iniciática, “Primera categoría”; más tarde llegó el aluvión laboral: fue contratado por Roberto Firpo —“no aguanté porque era un dictador, les gritaba a los músicos”—, actuó con Enrique Pollet y con Paquita Bernardo, pasó en 1926 al grupo de Pedro Maffia y tres años después creó con el violinista Elvino Vardaro un sexteto que sacudió, con sus arreglos, la idea musical dominante. En 1930 la dictadura de Uriburu le obligó a una suerte de gitanería: ya militante del comunismo y afiliado al sindicato de músicos debió actuar en sitios de mala muerte; lo hizo en dúo con su amigo Alfredo Gobbi (hijo), acompañó a Charlo y a Adhelma Falcón, y recién en 1935 pudo regresar a los grandes escenarios convocado por Pedro Láurenz.
Ya había dado una señal de calidad: a los 19 años compuso “Recuerdo”, tango que representó un antes y un después en la instrumentación y las armonizaciones de la música ciudadana rioplatense.
Su primera orquesta, que hasta el fin funcionó como una cooperativa, data de 1939, aunque debió esperar a 1943 para grabar su primer disco con “El rodeo”, instrumental de don Agustín Bardi, y “Farol”, de los hermanos Expósito.
Cuando en 1968 seis de sus compañeros —Ruggero, Plaza, Balcarce, Lavallén, Rossi y el cantor Maciel— dejaron la orquesta para formar el “Sexteto tango”, alentados por el propio Pugliese, que, frente a la crisis de esos años, decidió, para mantener el trabajo, achicar el grupo, se pensó que era el fin de su hora dorada. No lo fue. Hasta su muerte, integrando a muchos jóvenes (Binelli, Mederos, Penón, Álvarez, Prevignano y tantos más), el éxito lo siguió iluminando.
Pianista excepcional, “Chicharrita” impuso un estilo de base decareana pero, en definitiva, propio: marcación percusiva agregada al “arrastre” usado por De Caro, proveniente de una influencia fuerte del folclore pampeano, y la acentuación del primero y el tercer tiempos, que dio siempre a su música una fuerza especial. Tuvo grandes cantores —Chanel, Vidal, Morán, Maciel, Montero, Belushi, Córdoba y otros— y fue un compositor impar: “La yumba”, “Malandraca”, “Negracha” —trilogía que supuso el antecedente que prefiguró a Piazzolla—, “Recién” (único tema con Homero Manzi), “El japanga”, “La Beba” (dedicado a su hija), “El encopao”, “Adiós, Bardi”, “Cardo y malvón”, “Navidad”, “Corazoneando”, “Una vez”, “Barro” y más.
Fue un hombre bueno, solidario, de fuertes convicciones. Durante el primer peronismo sufrió persecución y cárcel. En su ausencia la orquesta tocaba con otros pianistas (Osvaldo Manzi, Julián Plaza) y se colocaba un jazmín rojo sobre el instrumento. En 1973, al volver, Perón lo llamó: —Maestro, hoy sé que me equivoqué. Le pido perdón. Pugliese no le negó un apretón de manos.
Sí, pero…: —Lo que recuerdo con más cariño es a mi vieja, que cuando yo ensayaba “Recuerdo” se me acercaba y me decía al oído: “¡Al Colón, al Colón!”. Llegué ahí en 1985 y ahora, haciendo un repaso de mi vida, me parece que lo único importante fue no haberles fallado a mis viejos.