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    ¿Con qué sueña la chica del escaparate?

    En 1968, el escritor norteamericano Philip K. Dick publicó ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, una novela de ciencia ficción y al mismo tiempo filosófica ambientada en un mundo postapocalíptico y protagonizada por androides con sentimientos tan humanos como los de los seres humanos. En 1982, Ridley Scott se inspiró en esa historia para dirigir Blade Runner, y sus replicantes rebeldes y reflexivos se volvieron personajes memorables. Por eso es inevitable que se los recuerde al leer Klara y el Sol (Anagrama, 2021), que tiene un androide como protagonista y narradora. La novela es la última publicada por Kazuo Ishiguro después de recibir el Premio Nobel de Literatura en 2017.

    Ishiguro nació en Nagasaki en 1954, pero desde 1960 vive en Inglaterra. Se hizo famoso por su novela Lo que resta del día (1989, Premio Booker), que fue llevada al cine por James Ivory en 1993. Los recuerdos, la soledad y los sentimientos insinuados son los temas que generalmente aparecen en sus narraciones.

    Pero en 2005, su narración tomó otro rumbo con Nunca me abandones, una novela futurista sobre la clonación y la donación de órganos. “Algo cambió en mis libros a partir de Nunca me abandones. Antes, tendía a representar un mundo estable, cómodo y bello en el que el conflicto aparecía porque la debilidad de la naturaleza humana condicionaba a los personajes. Desde entonces, mis historias suelen tener un trasfondo distópico y angustioso, pero reflejan un contenido humano optimista”, dijo el autor en una entrevista.

    Klara y el Sol sigue en esa misma línea. La protagonista es una AA (amiga artificial) llamada Klara, que fue creada para ser compañía de algún niño, una especie de mascota con capacidad de hablar e interactuar. Cuando comienza la novela, Klara está a la venta en una tienda con otros androides. Ella no es un modelo nuevo y por eso solo de vez en cuando le toca estar en la vidriera que da hacia la calle. Allí la sientan en un sillón a rayas con Rosa, otra AA que es su compañera de tienda. El lugar les gusta a las dos porque pueden observar el movimiento del mundo exterior y recibir directamente el sol, que es su nutriente y único alimento.

    Las dos AA no pierden la esperanza de que algún niño las elija, pero saben que no pueden competir con los B2 y B3, los nuevos modelos con atractivas prestaciones. Pero un día una niña llamada Josie se para frente a la vidriera, queda fascinada con la belleza clásica de Klara, y se las ingenia para mantener con ella un diálogo a través del vidrio. Después de mucho insistir, Josie logra que su madre se la compre. “Klara posee tantas cualidades únicas que nos podríamos pasar aquí la mañana repasándolas (…). Su habilidad para absorber y relacionar todo lo que ve a su alrededor es asombrosa. Como resultado, ahora mismo posee un entendimiento más sofisticado que cualquier AA de esta tienda, incluidos los B3”, le dice la gerenta a la madre para convencerla.

    La narración adopta el punto de vista de Klara y ese es su aspecto más atractivo. La AA ve el mundo dividido en bloques o cuadrantes y a través de ellos percibe sentimientos, cambios de ánimo o situaciones de tensión o de felicidad. Por ejemplo, en un cuadrante puede ver los ojos de una persona “que reían con crueldad, pero en el contiguo rebosaban tristeza”. Ella es amable y tiene la ingenuidad de una niña, pero aprende rápido y muy pronto podrá sentir algo parecido a la tristeza o a la solidaridad y entender las conductas humanas. “No solo aprendí que los ‘cambios’ formaban parte de Josie y que debía estar preparada para adaptarme a ellos, sino que también empecé a entender que no era un rasgo exclusivo de ella; las personas sentían a veces la necesidad de mostrar una cara diferente de sí mismas ante los demás —como harían ante los transeúntes si estuvieran en un escaparate—, y esa cara particular no tenía por qué tomarse en serio una vez pasado el momento concreto en que se había mostrado”.

    El núcleo de la novela es la enfermedad de Josie, que se debilita con facilidad y camina con gran torpeza. En su familia ya hubo alguna muerte desgraciada y también un padre que perdió su trabajo de ingeniero por las nuevas tecnologías y que ya no vive más en la casa. A través de la mirada cuadriculada de Klara, van apareciendo aspectos de ese mundo que está enfermo por la competencia entre los seres humanos: hay niños “mejorados” que serán los futuros universitarios y hay niños marginados porque no modificaron su naturaleza. Hay madres que harían lo que fuera necesario, incluso traspasar los límites de la ética, por mantener con vida a sus hijas o para que alguno de sus hijos acceda a estudios superiores.

    “La inteligencia artificial va a eliminar los empleos a la mayoría, incluso a la élite intelectual y académica”, comentó Ishiguro en una entrevista a propósito de esta novela. “Habrá un desempleo masivo. Puede que se creen nuevos trabajos, pero hay que pensar cómo dirigir nuestras sociedades. A lo mejor tenemos que abandonar el paradigma de ganar dinero igual a alimentar. ¿Cómo va a sobrevivir la gente cuando desaparezca la idea de capitalismo y este sistema ya no funcione?”.

    La tensión mayor en Klara y el Sol aparece cuando Josie se agrava y la madre comienza a fantasear con la idea de que la AA aprenda a hablar, moverse y hasta a pensar como su hija para que pueda representarla cuando muera. En medio de todo ese dilema, Klara tiene la esperanza de que el Sol salve a la niña y a su manera hace todos los intentos para lograrlo. Son muy atractivas las imágenes que describen el campo iluminado al atardecer, las habitaciones color naranja o los círculos luminosos sobre los rostros de los personajes.

    Pero a pesar de sus momentos de descripciones poéticas esta no es una novela apasionante. La narración morosa se detiene en detalles que parecen insinuar algo que nunca termina de llegar, o por lo menos no se presenta de forma contundente. Tal vez el ejemplo más claro sea la promesa de un mundo altamente tecnificado que en realidad no es muy diferente al actual, con niños que reciben clases a través de pantallas y adultos sustituidos por máquinas. Claro que por ahora los androides no se venden en el supermercado.

    Esa indefinición se vuelca también a los personajes que no son ni del todo complejos ni del todo impredecibles. Incluso Klara, que tiene todo para ser querible, va perdiendo fuerza y termina siendo un personaje funcional a la historia. Entonces es inevitable recordar al Roy Batty de Blade Runner, con sus recuerdos de naves en llamas más allá de Orión cuando llega su hora de morir, para entender que a Klara le falta su propio sueño, o su propia rebeldía, para ser memorable.

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