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    ¿Creen que la gente es tonta?

    N° 1858 - 10 al 16 de Marzo de 2016

    El Frente Amplio tiene un problema serio con el vicepresidente Raúl Sendic y lo peor es que el sábado 5 el Plenario se negó a reconocerlo. Optó por expresar solidaridad con el “compañero” cuya gestión como presidente de Ancap ha sido cuestionada por toda la oposición, pero también por dos de sus ministros de Economía, por el déficit de U$S 800 millones registrado en los últimos cuatro años. Con el que todos tendremos que cargar por un buen tiempo. Ahora mismo, lo pagamos con el precio de los combustibles porque hay que fortalecer la economía de la empresa.

    Grotesco resultó el aplauso que el Plenario, controlado por el MPP y afines, le rindió a Sendic aun cuando este reconoció en sala que carece del título universitario que consta en su currículum y que luce al pie de su firma en varios documentos oficiales. ¿Qué aplaudieron? ¿El reconocimiento del engaño?

    La declaración podía entenderse como expresión de compañerismo. Al fin y al cabo no era la primera vez que algo así ocurría en política, alguien que se presentaba, o que era presentado, como lo que no es. Pero cabía esperar algún acto de contrición. No solo no lo hubo, sino que el Plenario asumió la farsa al fundamentar, con tremendismo y falsedad, su solidaridad con el correligionario.

    Porque la acusación genérica, al barrer y sin prueba alguna, sobre la existencia de una “campaña desplegada por la oposición y diferentes medios de comunicación destinada a menoscabar la imagen y credibilidad” de miembros del gobierno y a “debilitar la institucionalidad democrática del país” resulta ridícula. Tanto, que legisladores, dirigentes y simpatizantes frentistas han tomado distancia públicamente de un brulote que les avergüenza.

    Porque la elevación del nivel de críticas frente a un primer año de gobierno caracterizado por permanentes disputas en filas oficialistas y enfrentamientos de sectores sindicales desmadrados del frenteamplismo (lo cual también forma parte de sus disputas internas) poco tiene que ver con una campaña de desestabilización institucional. En todo caso así es el “juego político” que tan bien supo practicar el FA cuando fue oposición.

    La acusación del Plenario no solo es ridícula. Es de una enorme gravedad, porque expresa una concepción autoritaria de la política que en nada contribuye a mejorar el diálogo y la convivencia que dan sustento a una vida democrática sana.

    Sorprende, por otra parte, por cuanto la acusación es sostenida por una izquierda que, en el pasado, desde su supuesta superioridad intelectual, moral y ética, desarrolló, como parte de una estrategia de “acumulación de fuerzas”, una oposición tenaz, intransigente, que una y otra vez denunció actitudes deshonestas, actos de corrupción y manejo irresponsable de los recursos públicos por parte de los gobiernos de turno. ¡Qué pronto se olvida el pasado reciente! Para el caso, aplica bien, y descalifica lo ahora actuado, el dicho: “calavera no chilla”.

    El nerviosismo que pone de manifiesto la resolución del sábado 5 puede entenderse. Gobiernos de la región ideológicamente “amigos” están en retirada o enfrentan serias dificultades. Se acabó el tiempo de vacas gordas y ahora toca gobernar sin holguras. Los registros del déficit fiscal (3,8% del PBI, con gasto rígido y recaudación estancada) y de la inflación anual (10,2%) son los más altos en años. Se reduce el comercio exterior, se pierden puestos de trabajo y los sindicatos, ajenos al nuevo contexto económico, presionan por mejores salarios (inflación más “recuperación”). Es el fin de un tiempo de confortabilidad. Y, como si todo esto fuera poco, las encuestas no le dan bien ni al gobierno ni al presidente. El problema es que el gobierno tiene aún cuatro años por delante.

    Luego de tres victorias electorales con mayoría legislativa propia, pese al nerviosismo producto de la nueva coyuntura económica y política, sectores del oficialismo llevados por su habitual maniqueísmo, proceden con voluntarismo y exhiben un sentimiento de impunidad. Creen que la ciudadanía les otorgó un cheque en blanco, que se puede todo lo que se quiere. Ocurre cuando el fervor se impone a la razón.

    En ese clima fervoroso, curiosamente, nadie en el Frente Amplio se atreve a preguntarle al vicepresidente lo elemental. ¿Cómo, quién y con qué propósito incluyó en su currícula la inexistente licenciatura? ¿El interesado no había advertido tal irregularidad? Y si lo advirtió, ¿por qué nunca hizo nada para aclarar la situación y ponerle fin a un equívoco que tarde o temprano se descubriría y dañaría su reputación y su carrera política?

    Porque su reputación y su carrera política salen seriamente golpeadas de todo este episodio.

    ¿En el entorno del vicepresidente nadie sabía de la currícula inflada? Y cuando saltó la liebre, ¿nadie le asesoró cómo salir dignamente del embrollo? ¡Vaya colaboradores tiene el vicepresidente!

    En 2011, la canciller alemana Angela Merkel obligó a renunciar a su ministro de Defensa (Karl-Theodor zu Guttemberg) al saberse que había plagiado su tesis de doctorado. Dos años después, la ministra de Educación (Annette Schavan) siguió el mismo camino. A ambos, correligionarios de Merkel, las universidades de Bayeruth y Dusseldorf les retiraron sus Phd. Así se procede en un país en serio. Aquí, quienes se solidarizan y aplauden, proceden como barra brava de tribuna: ganar a como dé lugar.

    Lo actuado y resuelto por el Plenario del Frente Amplio fue, incomprensiblemente, un acto de fe. La verdad es lo de menos.

    Afortunadamente no todos los frenteamplistas reaccionaron igual. Las redes sociales fueron testigos en estos días de avergonzados comentarios de militantes y simpatizantes frentistas.

    Vista en perspectiva, la declaración del sábado 5 fue un daño superlativo que el Plenario le autoinfligió a la credibilidad del Frente Amplio. Un daño que quizás no se advierta en lo inmediato, pero que, sumado a otros hechos, debilita el capital político de la coalición gobernante, su capacidad de convocatoria y de movilización. Porque daña una imagen de fuerza superior en lo moral y en lo ético que proclamó desde su fundación.

    Tabaré Vázquez se reunió la semana pasada con Sendic. El domingo 6, en Rivera, un abrazo entre ambos documentó la solidaridad que públicamente el presidente le extendió a su vicepresidente. “El señor vicepresidente de la República tiene toda mi confianza y todo mi respaldo”, declaró. No otra actitud podía esperarse del mandatario, que es consciente que toda otra alternativa será peor para él.

    Vázquez cuestionó la cobertura de los medios pero lo hizo en un tono muy diferente a la declaración del Plenario. Se quejó, como lo han hecho y lo suelen hacer gobernantes y políticos en todo el mundo, de que los medios destacan los conflictos y no jerarquizan, como cree que deben hacer, los logros y realizaciones del gobierno. Sostuvo que “hay que buscar equilibrar la información que recibe la población” y anunció que planifica “algún otro tipo de actividad” para “trabajar en profundidad el tema informativo con la población”.

    En reconocimiento de la incomodidad que todo este episodio le plantea, el Frente Amplio decidió dar por cerrado el “caso Sendic”. Pero en política estos episodios no se cierran cuando se quiere. Seguirá repercutiendo por un buen tiempo.

    Porque, como lo señaló el senador del Partido Independiente, Pablo Mieres, el martes 8 en el Senado: ¿creen que la gente es tonta?