Aunque parezca increíble, el primer juicio que recibió Norma Aleandro por su trabajo fue lapidario: “Usted no sirve como actriz”, le dijo una profesora de teatro. En ese momento ella tenía 13 años y venía actuando desde los 9 junto con sus padres, los actores Pedro Aleandro y María Luisa Robledo. “Evidentemente no fue fácil doblegarme”, declara la actriz a Búsqueda al recordar aquella anécdota que califica como “devastadora”.
Actriz, guionista y directora de teatro, es difícil resumir la trayectoria de Aleandro en pocas palabras. Por sus actuaciones en cine y teatro recibió cerca de veinte galardones y reconocimientos, muchos de ellos por su protagónico con Héctor Alterio en “La historia oficial” (1985), primera película argentina en ganar un Oscar, y en “Gaby” (1987) por la que fue nominada al Oscar como mejor actriz de reparto. Aleandro compartió rodajes con famosas figuras de Hollywood, y en teatro tuvo papeles memorables como en “La señorita de Tacna” y también en “Master Class”, una obra de Terrence McNally que fue un éxito hace 16 años. En aquella oportunidad, Aleandro dejó asombrado al público y al propio McNally, quien consideró la suya como la mejor interpretación del personaje de María Callas. Es una lástima que su profesora de teatro de los 13 años no haya podido verla.
Este año, la ganadora del ACE de Oro, del Cóndor de Plata, del Konex de Brillante y del premio a la mejor interpretación femenina en el Festival de Cannes, regresó a “Master Class” y emprendió con esa obra una gira por Argentina que llegará también al Teatro Solís el lunes 5, el martes 6 y el miércoles 7. De esta obra y de algunas curiosidades de su trayectoria, trató la siguiente entrevista telefónica con Búsqueda.
—Eso es lo más interesante: la complejidad de su personalidad y de su vida. Tuvo desafíos importantes desde muy chica, como cambiar lo que no le gustaba de su figura y perfeccionar su voz. Llegó a conseguir técnicamente cosas que parecían imposibles en el canto y llevó adelante una empresa muy difícil en su época, que fue imponer lo actoral en las óperas. Era una gran actriz y lo fue logrando.
—¿Era tan autoritaria como se muestra en “Master Class”?
—Eso es discutible. Una cosa es lo que se sabe de su biografía y otra lo que ha tomado McNally para escribir el texto. No pretendamos ver en una obra de teatro una biografía, porque no es la intención. Pero sí hay ciertas reacciones y cierta manera de tratar a quienes se presentaban para las clases magistrales. Ella llevaba a los cantantes al límite, y eso implicaba a veces un trato cruel.
—Usted sabe de ese tipo de crueldad. A los 13 años tuvo una mala experiencia cuando una profesora de teatro le dijo: “No sirve como actriz”. ¿Cómo lo vivió en ese momento?
—Fue algo atroz, terrible, devastador. No intenté el suicidio, pero lo pensé muchísimo. Cuando lo he contado, ha sido para advertir a muchos estudiantes de teatro sobre profesores que realmente utilizan la crueldad desde el poder que da saber, o suponer que se sabe, algo más que el alumno. Lamentablemente hay muchos que con ese saber ejercen el sadismo, no solo en el teatro sino en otras artes. Un maestro cruel puede destrozar la sensibilidad de un alumno. Salí de esa experiencia con mucho esfuerzo. Evidentemente no fue fácil doblegarme.
—¿Los actores jóvenes se intimidan cuando trabajan con usted?
—Algunos llegan con prejuicios, pero una vez que me conocen, se dan cuenta de que no intimido a nadie. La gente conmigo no solo pierde el temor sino también la seriedad. No soy seria para convivir y mucho menos en el trabajo. Después de un tiempo nadie me toma en serio, y eso me hace feliz.
—Volvió a la televisión con la serie “En terapia” en el papel de una psicoanalista. ¿Cómo hace para estar en proyectos tan distintos a la vez?
—Hacía muchos años que no quería hacer televisión. No aceptaba propuestas porque la televisión no ofrece el tiempo suficiente para poder elaborar los personajes. Como esta serie sí permitía tener ese tiempo, y como aprecio muchísimo al director Alejandro Massi, que es un muy buen escritor de guiones, dije que sí. Me pareció muy interesante todo, el planteo general del programa y los tiempos que daban para ensayar, para grabar, para charlar con el director. Esas condiciones son las que valoro para aceptar un trabajo tanto para teatro, cine o televisión: me tiene que interesar mucho el texto y también la gente que lo va a realizar.
—¿Es cierto que estuvo en una terapia con ácido lisérgico?
—Sí, durante muchos años participé en esa terapia. Primero con el terapeuta Pérez Morales, con el que estuve tres años, y luego con Álvarez de Toledo, unos diez años. Fue interesante para mí, pero con los años le puedo decir que no valió la pena. En su momento me sirvió porque salieron ciertas situaciones que hubieran sido más difíciles de revelar en una terapia tradicional. Pero a través de los años me di cuenta de que no es ese el camino para abrir la mente y poder entrar en charlas sobre situaciones clave. Los resultados no fueron nefastos, pero tampoco fueron los que esperaba. Siempre les digo a los jóvenes que no se les ocurra nunca tomar ácido lisérgico sin tener conciencia real de lo que se está haciendo. Yo he visto cosas rarísimas.
—Es una actriz dramática...
—No soy dramática, me encanta la payasada.
—Le iba a preguntar cómo se lleva con la comedia.
—Es con lo que mejor me llevo. Estoy deseando hacer una obra de calidad que tenga humor, aunque “Master Class” lo tiene.
—Usted estuvo exiliada en 1976 en Uruguay por un tiempo y luego en España. ¿Cómo fue esa época?
—En Uruguay fue terrible porque era el comienzo del exilio, pero por otro lado fue maravilloso porque hice amigos que hasta el día de hoy conservo, y tuve mucho amparo y afecto. Después nos fuimos a España con mi marido y mi hijo y allí fue un exilio duro, tal como lo concebían los griegos: la muerte lenta de la persona.
—En Uruguay publicó cuentos en “El País” y en “Mundocolor”. ¿Le gusta escribir? ¿Lo sigue haciendo?
—Sí siempre, no sigo publicando porque tendría que tener tiempo para sentarme a corregir y no lo tengo. Nunca sé por dónde voy a salir cuando escribo, y lo hago porque me divierte. De pronto me meto en un diálogo y termina siendo una obra de teatro. Para escribir no tengo un género de preferencia, pero para leer sí. Me interesan el cuento y la novela. En este momento estoy releyendo a Felisberto Hernández.
—Cuando regresó a Argentina hizo “La historia oficial”. Tiene que haber sido difícil revivir la tragedia.
—Volví con “La señorita de Tacna”, que fue muy exitosa, y después empezamos a filmar “La historia oficial” con mucho temor porque seguíamos amenazados. No disfruté ningún día el ir a filmar. Iba con pánico y volvía con pánico. Pero me pareció, y esto lo consulté con mi marido y mi hijo, que había que mostrar algo tan terrible como la expropiación de niños y los desaparecidos. Parte de la población no quería reconocer que eso había sucedido.
—Usted trabajó en el exterior con Jeremy Irons, Anthony Hopkins y Liv Ullmann. ¿Cómo son esas figuras fuera de la pantalla? ¿Se encontró con mucha soberbia?
—Con Anthony Hopkins hicimos pareja en una película estupenda que no llegó aquí. Es una persona encantadora. Quienes tienen talento y son buenos en lo que hacen, en general son cordiales y accesibles. Tuve la misma experiencia con Lee Remick, Isabella Rossellini, Joel Schumacher. No sé por qué se piensa que los divos son soberbios. Hay mucha gente que tiene un ego demasiado grande o mal ubicado, pero no son precisamente los buenos actores. Hay quienes pasan por la fama sin por eso cambiar su buena onda con la gente o su personalidad. Otros se creen Dios apenas salen en un programa estúpido de televisión. También hay quienes se creen Dios porque son jefes en una oficina.
—¿Conserva fotos, programas u objetos de sus actuaciones?
—No guardo nada, salvo alguna foto muy especial o lo que conservaban mi padre o mi madre. Un día, mi hijo me retó porque me vio quemando cosas en la chimenea que él quería conservar. Ahora están haciendo un documental sobre mí y me estorba un poco porque me piden cosas que no tengo.
—Lleva más de 50 años de actuación. ¿Disfruta igual que en los primeros tiempos?
—No estaría arriba de un escenario si no lo siguiera disfrutando. No hay trabajo más triste que subir a un escenario sin ganas. Sería más fácil ganarse la vida de otra manera. Por ahora no encontré motivos para retirarme.