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    “Efecto dominó”

    Sr. Director:

    El Editorial de la Búsqueda 2111, titulado “Efecto dominó” referido a los recientes eventos que involucran a las grandes empresas de tecnología es una muestra de la confusión que impera en torno a los conceptos de libre competencia, confusión que abreva en una corriente económica que plantea estados de equilibrio y de competencia perfectos (con información perfecta, perfecta movilidad de factores, precios dados, etc.) que nada tienen que ver con el mundo imperfecto en el que vivimos y que distorsiona gravemente las conclusiones que aplicamos al mundo real.

    Búsqueda relata que Twitter “vetó al expresidente de Estados Unidos Donald Trump sin que siquiera mediara una consulta a las instituciones democráticas” (¿a cuáles debería haber consultado?) y “haciendo caso omiso de 75 millones de votantes”. Más adelante expresa que Google amenazó con bloquear totalmente sus servicios de búsqueda en Australia “sin que le diera un mínimo de vergüenza” y que “Si quedarse con el 80% del mercado publicitario en los medios no es una actividad que deba ser regulada por el gobierno local, entonces ¿qué lo es?”

    Respecto a Twitter. Esta empresa se debe a sus 340 millones de usuarios activos y no a los votantes de Trump, pero lo más importante es que las decisiones que esta empresa toma impactan en sus pérdidas o ganancias. Los que no se ven afectados por los resultados empresariales pueden opinar, pero no deben participar del proceso de decisión. Desde la tribuna es más fácil. Los de afuera son de palo.

    Respecto a la necesidad de regular el mercado publicitario. Evidentemente los medios de comunicación tradicionales se ven amenazados por estos gigantes tecnológicos que se han ganado el favor de sus clientes con base en sus aportaciones de enorme valor para los consumidores e intentan legítimamente seguir aumentando sus beneficios. Entonces aparecen las voces de partes interesadas —no de los consumidores— presionando al sistema político para que detenga el crecimiento de estas empresas en nombre de la “competencia”. Es como si los jugadores españoles le pidieran a la Liga que Messi jugara sin tapones porque si no, está robado. Absurdo.

    El argumento para sostener la posición de los grupos de interés es que el mercado necesita la intervención de un burócrata que, centralizadamente y con información limitada, determine cuándo el mercado está “en competencia” y cuándo no lo está. No intervenir, afirman, podría dar lugar a la aparición de monopolios que produzcan menos y cobren más respecto a una situación de “competencia perfecta”. Así, aparecen conceptos totalmente discrecionales como lo son los de “mercado relevante”, “poder de negociación desbalanceado”, “mercado en competencia”, entre otros.

    Es necesario notar que no es la existencia de un único proveedor para un cierto producto lo que resulta problemático (definición neoclásica de monopolio), sino más bien los privilegios otorgados por el Estado a uno o más productores para impedir la entrada de nuevos jugadores al mercado, cosa que hace posible la fijación de precios de monopolio. Por el contrario, cuando las empresas no gozan de privilegio alguno frente a sus competidores actuales o potenciales, pueden llegar a ser los únicos proveedores de un cierto producto y, a la vez, aumentar la cantidad producida y disminuir los precios por una reducción de los costos marginales para toda cantidad producida. Para ser más gráficos, Ford pudo ser el “proveedor único” de automotores tras su implementación de la línea de ensamblaje, pero aumentó enormemente la cantidad de automóviles fabricados y redujo su precio. Lejos de disminuir el excedente del consumidor, Ford permitió que muchas más personas pudieran acceder a un automóvil. Los proveedores únicos de un producto están continuamente amenazados por empresarios que están dispuestos a entrar al mercado en cuanto vean beneficios extraordinarios. Los competidores potenciales son los mejores guardianes del interés de los consumidores, al menos mucho mejores que lo que puedan serlo Joe Biden o Scott Morrison. Bill Gates pudo haber fijado precios de monopolio para su revolucionario sistema operativo Windows, pero en cualquier caso, fueron los beneficios de Microsoft los que despertaron a Steve Jobs.

    Afectar los derechos de propiedad de las grandes tecnológicas en nombre de una “competencia perfecta” hace que la competencia sea más imperfecta, que aumenten sus costos por la incapacidad de lograr economías de escala y que aumente la corrupción entre políticos y grupos de interés que se encuentran amenazados por estas empresas que impulsan cambios disruptivos.

    Nuestro desarrollo depende en buena medida de que aceptemos que las descoordinaciones del orden espontáneo o del mercado —que las tiene— no pueden ser resueltas por el Estado mediante leyes o decretos, sino que son resueltas por empresarios incentivados por la posibilidad de obtener beneficios.

    Felipe Arocena Vilar del Valle

    CI 2.587.358-3