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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa costa del departamento de Canelones tiene varias zonas pintorescas; entre ellas, destacan los acantilados de La Floresta (“el barranco” para los locales), que alcanzan hasta 10 metros de altura. Ahora bien: resulta que esas majestuosas atalayas naturales se están desmoronando. De repente viene pasando así desde el Pleistoceno; pero con plena certeza, según me consta directa y personalmente, ocurre desde hace más de 50 años (conservo la casa que construyó mi abuelo en 1954 y yo soy del 57). Siendo niño, recuerdo el desconsuelo que provocó el primer derrumbe de la escalera de “mi” bajada, a cuadra y media de la Prefectura hacia el oeste (era de madera; tras el colapso, construyeron una de hormigón, que duró unos años y también se derrumbó; después otra de madera, y lo mismo; al fin, no hubo más bajada por ahí, ambientando hasta el presente un espacio de tres cuadras de playa vacía). Recuerdo cuando en la década del 70 construyeron los primeros espigones (“murallones” para los locales), originalmente incrustados en el barranco, hoy despegados, a 20 metros de distancia (“descalzos”, se dice en la jerga académica). Desde entonces hemos sido testigos de múltiples esfuerzos tan miserables y torpes como inefectivos para detener la erosión del barranco: tirando en su base precarios gaviones, raíces de eucaliptus, arena voladora, plantaciones, escombro, cualquier cosa. Un estudio de 2008 del Instituto de Mecánica de los Fluidos e Ingeniería Ambiental (IMFIA) de la Facultad de Ingeniería estableció que el barranco “retrocede” en promedio un metro por año. Sin desmentir al anterior, en 2017 el Instituto de Ciencias Geológicas de la Facultad de Ciencias informó que, “No obstante, se constató en un punto un retroceso de 4,0 m en un año”. El embate de las olas en los temporales no sería la causa principal, sino el drenaje de las pluviales, que también cuenta con fracasados intentos de canalización y control. Al cabo, desde que tengo memoria, se desmoronaron decenas de metros de barranco, llevándose con ellos tres cuadras de rambla (en todito su ancho: la calzada —pavimentada— y sus dos veredas —con caños y todo), y dejando intransitables otras tres cuadras. Por añadidura, el barranco “se metió” en el jardín de varias casas (edificadas en la acera norte de la rambla, en riguroso cumplimiento de centenarias normativas), y no pasará mucho tiempo antes de que se derrumbe la primera (muy probablemente “la del alemán”, a la que seguiría “la de los curas”). Quien tenga inquietudes científicas, podrá bucear en la abundantísima bibliografía sobre el caso disponible en Internet, incluyendo fotos y videos. Googleando, se topará con consultorías, estudios, proyectos, convenios interinstitucionales y licitaciones, junto con reclamos de los vecinos ante la prensa, las autoridades, la Justicia, y un interminable collar de declaraciones de jerarcas de la Intendencia de Canelones y del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, ejemplos de la praxis política más berreta que el subdesarrollo tenga registrados. Por cierto, otros crímenes se perpetran a todo lo largo y ancho de la geografía nacional. Su generalización solo evidencia que la ineptitud, la indiferencia, la incuria atraviesan las décadas y los partidos políticos.
Gerardo Santos
CI 1.337.437-7