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Hay que romper el corsé del sistema educativo para habilitar en las aulas la reflexión, el análisis y la elaboración de proyectos, en lugar de que el alumno caliente la silla, tome nota y repita la lección de memoria para solo obtener una calificación o pasar de año, olvidando lo aprendido a los pocos días.
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Esto opina Pedro Ravela, quien dirigió el Instituto de Evaluación Educativa de la Universidad Católica y coordinó el Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA).
Ravela también imparte talleres en liceos públicos y privados y recientemente presentó el libro ¿Cómo mejorar la evaluación en el aula? Reflexiones y propuestas de trabajo para docentes (Grupo Magro editores, 2017), junto con las maestras Beatriz Picaroni y Graciela Loureiro, que disparó este diálogo con Búsqueda.
—Una de las propuestas que plantean en el libro es que el docente debería revisar la forma de calificar, hoy demasiado centrada en la nota. ¿Por qué?
—Olvidémonos un minuto de las evaluaciones internacionales como las PISA —de cuyos resultados los estudiantes ni se enteran— y concentrémonos en el aula. Al estudiante lo que le pesa, sobre todo en Secundaria, es la nota que le pone el profesor. O sea: si pasa de año, y con qué nota. En el sistema educativo todo gira en torno a la nota. Acostumbramos a los estudiantes a trabajar en función de la nota y no a valorar el aprendizaje, y aún más, a disfrutarlo. El problema es que la mayor parte de las actividades que se les plantean a los alumnos en clase son tareas sin contexto, donde el estudiante tiene que repetir lo que ya leyó o explicó el profesor. Hay pocas evaluaciones que impliquen reflexión, análisis o creación del alumno. Una propuesta es devolver un trabajo sin calificación, con preguntas y comentarios para hacerlos pensar.
—Eso requiere un cambio de cabeza del profesor…
—Sí, lo que más les frena a los profesores es que no lleguen a dar todo el programa, y eso no importa. La noción de que hay que completar el bolillero de temas es del siglo pasado. Si el chiquilín no sabe algo, hoy saca el celular, se mete en Google y enseguida encuentra la información. Eso requiere un cambio de cabeza, un clic.
—¿No le estamos pidiendo demasiado al docente?
—Para no recargar las tintas sobre los docentes, necesitamos un cambio de concepción del sistema educativo, que probablemente requiere también un cambio de política, porque en el esquema institucional de toma de decisiones actual, todos trancan a todos. Hay que romper la estandarización institucional, el modo de hacer las cosas, a todos los niveles, y generar más autonomía.
—¿Qué sugiere concretamente?
—Hay que trabajar mucho en formación docente, pero en lo práctico. En Uruguay no se trabaja la evaluación, por ejemplo, cada docente lo hace con base en su experiencia. Lo dicen los profes que recién empiezan: “Yo evalúo como me evaluaban, porque en el instituto nadie me enseñó”. Hay que revisar las tareas, pensar si la propuesta requiere reflexión, capacidad de producción original, o se trata solo de repetir, de cortar y pegar mecánicamente, sin contexto. Hay que poner ejercicios sobre “situaciones auténticas”: que lo que se enseñe tenga alguna utilidad en la vida diaria o social. Trabajar como se trabaja en las disciplinas sobre casos reales: ningún matemático usa las fracciones para repartir chocolates. Y desplazar del primer plano la nota, porque el consumo excesivo de calificaciones es perjudicial para la salud. Hoy se califica todo y el estudiante se vuelve adicto a las notas, lo único que le interesa es eso. Por eso el docente debe salirse del rol de juez que puntúa sin más, y ponerse en el de entrenador y acompañante, un coach de sus alumnos.