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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn el pasado número de Búsqueda, el periodista Raúl Ronzoni, quien suele analizar en su columna episodios relacionados con la Justicia, dirige un ataque a los dirigentes de fútbol en general para sostener que se pretende la impunidad para los actores de los espectáculos deportivos, citando la denuncia que formulé en mi condición de Secretario Técnico del Club Nacional de Football.
El Sr. Ronzoni sabe, porque se lo comuniqué personalmente cuando lo conocí en la presentación de un libro de Hebert Gatto, que su columna siempre me ha interesado y que, a través de ella, me mantengo informado sobre la evolución de la justicia dado que hace varios años que me he alejado de los estrados, pero sus expresiones me obligan a darle respuesta.
Dejo de lado la alegoría sobre los simios, porque dichos seres están mucho más alejados que nosotros de las miserias humanas, sin perjuicio de que hacia allá va el mundo desde mucho antes de que se inventara el fútbol. Por eso es efectista, pero no sustanciosa, siendo la invocación un acto fallido. Como posiblemente lo fue el de Scotti, con comentarios inapropiados a que refiero en el escrito de denuncia, pero ello no tiene nada que ver con que se le impute un delito de riña. ¿Qué relación tiene ello con el objeto del proceso?
Gran parte de la columna está dedicada al jugador, sobre sus declaraciones en radio y sobre su forma de vestir en el juzgado y que con ello agravió a la justicia. Es la misma reacción del señor fiscal, según el tenor de su interrogatorio, pero sucede que si en un Estado de derecho en la valoración de un eventual delito influye en la decisión los comentarios que se hagan o la forma de vestir de una persona, nos acercamos a la teoría de Lombroso, aunque no por el aspecto físico pero sí por las opiniones y el gusto estético. Y sabido es que Lombroso se indignaba con los juristas que se oponían a sus teorías, para sostener que por ellos se dejaba en libertad a los delincuentes más peligrosos. Entonces, ¡prisión por tres meses para el peligroso Scotti que provocó un acto de alarma pública!
De lo que en realidad trata la denuncia es sobre cómo se debe actuar en un Estado de derecho, y no de impunidad ni privilegio para nadie, porque los actores de la Justicia deben percibir los comentarios sobre sus hechos y analizarlos y, si corresponde, hacer un acto de contrición.
El Sr. Ronzoni señala que en la organización del Estado un fiscal penal nos representa a todos y tiene la obligación de defendernos, para agregar: “Si es legalmente enérgico en defensa del interés de los ciudadanos, bienvenido sea. Si se prueban desbordes, será sancionado”. Es decir, admite que puede haber desbordes y, entonces, pregunto: ¿si una institución considera que existió desbordes no es su derecho señalarlo? ¿Qué otra intención tiene el editorial de Búsqueda sobre el fallo de una jueza publicado en la misma edición?
Muy posiblemente el Sr. Ronzoni no leyó ni las actas del interrogatorio ni la denuncia formulada, actuando por reacción y pretendiendo ser irónico en sus argumentos, para pasar a otros aspectos que no tienen nada que ver con el episodio. Y como el argumento sobre la extraterritorialidad es irrebatible, habla del sometimiento de los clubes de fútbol a su patronal extraterritorial: la FIFA. Sí, es cierto, las instituciones deportivas federadas deben cumplir con normas internacionales dictadas por organismos supranacionales privados que es lo que posibilita la competencia deportiva como los Juegos Olímpicos o los Mundiales de Fútbol. Debido a ello los uruguayos y posiblemente entre ellos el propio columnista disfrutarán la próxima Copa del Mundo.
Al entrar en el terreno de los “simios”, se refiere a los actos de violencia en el fútbol o los casos de corrupción, como si esto fuera un elemento exclusivo de los escenarios deportivos, para incurrir en la simplificación de siempre: que los responsables directos son los dirigentes. Este es un problema general de la sociedad que avanza de una manera avasallante y que ha determinado conductas paralelas a las que señalan las propias leyes, como sucede en el caso de las drogas, la violencia juvenil, la violencia doméstica, el racismo, etcétera. Muchos de esos seres que conforman esa parte de la sociedad van al fútbol.
¿Que existen dirigentes espurios? Sí, es cierto. Pero ello ocurre también en la política, en la cultura, en las profesiones liberales, y de ello no escapa el periodismo y hasta la propia Justicia. Uno de los valores más altos en una sociedad es el de la libertad de prensa. Y algunos la ejercen bien, otros regular y otros mal. ¿O acaso no existe la prensa amarillista que ha calumniado y destrozado personas? O campañas desmedidas llevadas a cabo a veces de buena fe, pero obnubiladas por pasiones, o por prejuicios, que causan daños irreparables que hieren a familias. Y si se cree que exagero, invoco a Alfred Dreyfus. Salvo excepciones, la prensa de Francia lo condenó, sufriendo él y su familia durante años. ¿Y por ello se justificaría acallarla? No, se debe intentar corregirla y el uso de la sana crítica en un Estado de derecho es un modo de lograrlo. Como también sujeto a la sana crítica debe estar expuesto un señor fiscal y cualquier magistrado que, como cualquier ser humano, puede incurrir en errores y excesos.
Debe tenerse en cuenta también que los convencionalismos sociales existen. A ello hice referencia en el escrito de denuncia, recordando que uno de los más bárbaros convencionalismos lo practicaba el Uruguay a comienzos del siglo veinte, como lo era el duelo. Entre los grupos de personas, de cualquier índole, existen esos convencionalismos y uno de ellos es que cuando alguien del grupo sufre una agresión los demás participan. Y ese convencionalismo existe en los campos de juego de cualquier deporte colectivo. Sería innumerable la lista que podría citar de personalidades de nuestro país que incurrieron en algún momento en actos de violencia física. En juegos universitarios, en asambleas estudiantiles, en congresos políticos, en el Parlamento y hasta dos premios Nobel en un cine en México. Afortunadamente, uno de esos dos “simios” nos ilustra en Búsqueda a través de sus artículos en “El País” de Madrid.
Si se cree que sobre esto exagero me remito a la opinión de Eduardo Bebekián en “Escribe hoy”. Dice, luego de varias consideraciones y de analizar el artículo 155 del Código Penal: “De esta manera, el fiscal con su estrategia procesal y en forma oblicua, logró lo que pretendía: que no se cumpliera efectivamente la autorización judicial decretada”. Para agregar: “En ningún caso podemos estar de acuerdo con la utilización de las herramientas procesales que nos proporciona nuestro código cuando conculcan derechos y garantías fundamentales de rango constitucional”.
Se trata de una opinión de un tercero, expresada doctrinariamente, que no tiene la subjetividad que le puede atribuir a Nacional. Y esa actitud la confirmó el fiscal cuando llamó a un informativo de televisión para advertir a un periodista que los jugadores viajarían si él lo quería porque tenía los medios técnicos para evitarlo. Eso no es informar: es hacer ostentación de una potestad. Y la demora en un mes para presentar la denuncia es porque la misma se meditó y luego se concretó cuando iban en aumento las actitudes del señor fiscal.
En este país, como en cualquier otro, los gobernantes hablan de culpa de los medios de prensa, los políticos se atribuyen y trasladan responsabilidades entre sí, integrantes del Poder Ejecutivo se refieren al Poder Judicial, los medios de prensa muchas veces no confirman debidamente la noticia y todo ello es propio de una sociedad imperfecta, porque está compuesta por seres humanos, pero afortunadamente democrática que, en medio de tanta confusión, es el valor a preservar. Y así como el Sr. Ronzoni tiene derecho a opinar, Nacional como institución también cree que esos valores debe controlar, por más que alguien sostenga que se pretende la impunidad. Son las actitudes del señor fiscal, a quien no cuestionamos ni técnica ni moralmente, pero que en este caso concreto entendemos que se ha excedido y el contenido de la denuncia, lo que hay que analizar. Y si de ello resulta una crítica bien fundada, el valor de la denuncia, que no tiene otra intención que eso, estaría justificada. No es trayendo a colación hechos que nada tienen que ver con la cuestión en sí como recíprocamente en una sociedad nos podemos comprender y ayudar.
Para terminar, tengo la esperanza de que esta incursión a lo Winchell del Sr. Ronzoni sea esporádica y vuelva a ser el de antes.
Hernán Navascués