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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQuisiera hilvanar algunos comentarios sobre el artículo titulado “El rey del compás”, aparecido en la página 36 de vuestro último número y que apuntan, como único propósito, a rectificar ciertos errores que en él se cometen al evocar la figura de aquel gran director de orquesta que fue el maestro Juan D’Arienzo.
En primer término, la nota comienza con una descripción verdaderamente caricaturesca, lindante en el bochorno, de la persona física del aludido director: “aquel flaco encorvado, narigón, ojeroso, suerte de saco de nervios y amante fiel de la ruleta del Casino Carrasco”. Nada más inexacto y fuera de lugar para comenzar la semblanza biográfica de este gran músico.
Por el contrario, el abundante material fotográfico que documenta la larga trayectoria musical de D’Arienzo —y que está al alcance de cualquiera— abruma con sus probanzas: era un hombre de buena estatura, delgado, de figura espigada, elegante y de vestir atildado; no era ojeroso, sino de mirada límpida y picaresca y muy lejos de lo que pudiera ser un “saco de nervios”, era sereno y afable. Y asimilar su presencia en los Hoteles Municipales con su afición a la ruleta resulta una afirmación tendenciosa en cuanto omite la razón fundamental de esa presencia que, durante 37 años, lo convocaba desde Montevideo: el éxito impar de la orquesta que dirigía.
Más adelante se menciona al pianista Rodolfo Biagi (en la nota figura 3 veces mal escrito: “Biaggi”, por el correcto que es Biagi) como el creador del ritmo vivaz que luego caracterizaría a la orquesta para siempre, lo cual es cierto. Pero se omite decir algo fundamental: que el pianista Fulvio Salamanca fue durante 17 años (1940-1957) puntal y ejecutor de aquella modalidad y quien, con sus solos virtuosos desde el piano, le daría a la orquesta su característica inconfundible.
Luego se incurre en una innecesaria ambigüedad cuando se dice que D’Arienzo, desde los discos RCA Víctor, “grabó cientos de temas”, expresión equívoca toda vez que presupone que el total de sus grabaciones estuvo en el entorno de las centenas. No fue así, pues la documentación del caso registra la friolera de más de mil grabaciones, que empezaron en el sello Electra y continuaron en el RCA Víctor hasta la muerte del director.
Cuando la nota se refiere a los cantores de D’Arienzo los errores se entrecruzan con el juicio despectivo: “La imposición la sufrieron una larga lista de buenas voces, algunas que, pese a todo, alcanzaron brillo propio (en su mayoría ya como solistas)”. Y sigue una extensa mención de nombres, donde resalta la omisión del de Alberto Reynal, el creador de éxitos como “Chirusa” y “El tigre Millán”. Pues bien, aquí hay que rectificar dos cosas: una, que los cantores de D’Arienzo no “sufrían” ningún tipo de imposición respecto a la modalidad de este director, sino que disfrutaban con ella; y otra, que las cosas fueron precisamente al revés: con su orquesta alcanzaron la plenitud de sus éxitos y de su fama y no en sus posteriores actuaciones como solistas. Y el “pese a todo” se diluye en la nada porque uno se queda sin saber de qué se trata.
Finalmente, una observación de carácter general. Se ve que la orquesta de Juan D’Arienzo no está entre los amores musicales del autor de la nota, lo cual es perfectamente comprensible y natural cuando las opciones las dicta la sensibilidad de cada uno. No obstante, es de deplorar que la haya terminado con adjetivaciones totalmente inaceptables en orden a las discrepancias: “Demagogo y chabacano”. La moderación en elogio, aunque más no fuera, de quien lo mereció en el más alto grado, habría puesto una nota de verdadera justicia en la semblanza de aquel triunfador de la música rioplatense.
Jorge W. Álvarez