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    “El tango me atrapó a los cinco años”

    Con Guillermo Fernández, un artista en plena vigencia

    Durante mucho tiempo fue el cantor profesional de tango más joven del mundo. Era un niño y ya actuaba en los escenarios rioplatenses. En ese entonces se lo conocía como “Guillermito Fernández”. Ahora, con 54 años y una exitosa carrera a sus espaldas, vuelve a actuar ante el público uruguayo en la segunda jornada del tercer Encuentro Montevideo Tango. Mañana, viernes 23, estará en la Sala Zitarrosa a partir de las 21 horas con el acompañamiento musical de un trío liderado por el director musical Cristian Zárate para ofrecer parte de sus temas más recientes y un adelanto de los que está grabando en este momento en un espectáculo presentado por la Embajada Argentina que comenzará con una breve actuación del dúo conformado por Valeria Limia y José Ogivieki y cuya recaudación total será donada a la Escuela Número 2 República Argentina, a la Número 14 José de San Martín, a la Número 120 Manuel Belgrano de Montevideo y a la Escuela Rural Número 133 Confraternidad Uruguayo Argentina, de Canelones.

    “Guillermo”, así procede llamarlo ahora, no se limita a cantar: también compone, escribe letras y es arreglador. Alternó con figuras legendarias del género rioplatense en los inicios de “Grandes Valores del Tango”, cuando este programa televisivo lo coconducían Juan Carlos Thorry y Tito Lusiardo. Luego, adolescente aún, comenzó a grabar profesionalmente, ganó un concurso en la cadena norteamericana CBS, realizó giras por Japón con la orquesta del pianista José Colángelo (el padre de su segunda esposa), recibió varios discos de oro y de platino y ganó el prestigioso Premio Gardel. Además, incursionó en el cine, fue protagonista en una gira por Francia de la obra “María de Buenos Aires”, de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, y ocupó un rol fundamental en la opereta “Lo que me costó el amor de Laura”, de Alejandro Dolina.

    El que sigue es un resumen del diálogo que Búsqueda mantuvo con él poco antes de esta nueva presentación para la cual las entradas, en venta en la boletería de la sala y en los locales habilitados de la Red UTS, cuestan $200.

    —¿Cuál fue el primer país donde actuó fuera de Argentina?

    —Aquí, en Uruguay. Veníamos a Montevideo. Cantaba en la tanguería del Hotel Columbia, en lo de Toto Miranda, en el parador del Cerro. Íbamos a comer en el restaurante “Mario y Alberto” y allí nos encontrábamos con dos grandes autores uruguayos: Tito Cabano y Alberto Mastra. Más adelante actué, o compartí actuaciones, con aquel valor que fue Gustavo Nocetti. Debo decir que con él nos llevábamos muy bien y que nunca hubo celos ni rivalidad entre nosotros como las que suele haber en el ambiente artístico.

    —Usted es polifacético, puesto que no solo canta sino que también compone música, hace arreglos y además escribe letras...

    —A escribir y a componer me vengo dedicando en los últimos diez años. Por suerte, hay algunos tangos míos, como “Deseo”, y la “Milonga para Julio Sosa”, que se han hecho clásicos en Buenos Aires.

    —Usted era muy chico cuando murió Julio Sosa.

    —Sí, por supuesto, pero lo conocí... y en qué circunstancias. Jamás me olvidaré de aquel momento. Yo tenía seis años y fui a una prueba en Canal 13 de Buenos Aires. Canté un tango que hablaba de despecho amoroso...

    —¿Qué tango era?

    —Si no me equivoco, “En la vía”. Al conductor del programa no le gustó que un niño interpretara un tema de esa naturaleza, y prácticamente me descartó. Y yo, como todo chico, me puse a llorar. Cerca estaba un señor que, al verme tan afligido, me levantó en los brazos, me secó las lágrimas y me dijo: “No te hagás problemas. Seguí cantando tangos que tenés un gran futuro. Ese tipo manya menos de tango que yo de cohetes espaciales”. Aquel señor era Julio Sosa.

    —¿Y el conductor?

    — Pipo Mancera, y el programa, claro, era “Sábados Circulares”.

    —Si hacemos números, eso ocurrió el mismo año en que murió Sosa. Usted nació en 1958 y tenía seis años cuando pasó lo que acaba de narrar.

    —Totalmente. Habrá sido en abril de 1964, más o menos, y Julio Sosa falleció en noviembre de ese mismo año. Lo recuerdo con un gran cariño siempre, pero también lo admiro como cantor. Era estupendo. Yo lo veía en televisión y lo imitaba, a mi manera y como puede hacerlo un niño que ya está embalado con el tango.

    —¿Tan chico?

    —Lo que pasa es que a mí el tango me atrapó a los cinco años, cuando me regalaron un long play de Gardel. Por eso siempre digo que Gardel me metió en el tango. Aun conservo aquel disco como una reliquia, ya que por él empecé a cantar. Después vino lo de Sosa, y a la par mi admiración, en la infancia, por voces de los años cuarenta como, por ejemplo, las de Francisco Fiorentino y Raúl Berón. Durante la adolescencia fui descubriendo a Roberto Goyeneche, a Floreal Ruiz, a Oscar Alonso, y hoy me duele que a Rubén Juárez estén como olvidándolo.

    —¿Qué puede decirnos de las voces femeninas?

    —Mis preferidas son Ada Falcón y Libertad Lamarque. Y también Rosita Quiroga. A Rosita, que traté personalmente, yo le preguntaba por Gardel y ella me decía sonriente que era un “churro bárbaro”. También conocí a Rosita Moreno, a Isabelita del Valle, la novia uruguaya de Gardel, y en “Grandes Valores del Tango” una vez le cantamos a dúo con Floreal Ruiz una serenata a Azucena Maizani. El tema fue el vals “Palomita blanca”, de Aieta y García Giménez.

    —¿Qué importancia tuvo esa etapa de “Grandes Valores” en su carrera?

    —Mucha, sin duda alguna. Empecé el 13 de octubre de 1969, cuando recién tenía once años, y allí alterné durante bastante tiempo con figuras de primera línea.

    —En ese momento el conductor del programa era Juan Carlos Thorry, ¿no es verdad?

    —Sí, aunque en realidad la conducción la compartía con Tito Lusiardo. Después vino la etapa de Silvio Soldán. Cuando se hacía la pausa, Thorry decía “un corte, una quebrada...”, y Tito completaba la frase diciendo: “Y enseguida volvemos”. Además, Tito Lusiardo bailaba el tango con Beba Bidart. ¡Qué pareja para sacarle viruta al piso!

    —El año que viene van a cumplirse un par de aniversarios importantes de Carlos Roldán, un cantor que se nos fue relativamente joven y que es muy querido en el Uruguay. ¿Lo conoció?

    —Sí que lo conocí, y no solo eso: a fines de los sesenta actué en el mismo local donde él también cantaba. Era en “El Rincón de los Artistas” de la avenida Álvarez Jonte y Boyacá, en Floresta. Al igual que Tito Cabano y Mastra, era un gran bohemio. Ya que mencionamos a Roldán, quisiera recordar a otro intérprete uruguayo que admiré mucho: Carlos Olmedo, quien dejó dos formidables grabaciones con la orquesta de Aníbal Troilo: “El cantor de Buenos Aires” y “Recordándote”.

    —¿Quiénes influyeron más en usted?

    —En el repertorio, Aníbal Troilo y Lucio Demare; en armonía e instrumentación, Sebastián Piana; en guitarra, Roberto Grela, y en canto, Alberto Marino.

    —¿Y en qué está trabajando en este momento?

    —Estoy trabajando en tres proyectos, fundamentalmente. El primero es un libro-disco de tangos para niños, al cual le pusimos el título: “El tango es puro cuento”. En ese trabajo reúno trece cuentos que a la vez son tangos y que están ilustrados por doce dibujantes argentinos y uno uruguayo, todos de primer nivel.

    —¿Quién es el uruguayo?

    —Troche, se llama así. Y firma así, simplemente.

    —¿Cuál es el segundo proyecto?

    —Estoy grabando un nuevo disco doble, “De criollos y tangueros”, que sigue a una realización similar que hice antes, “De gitanos y tangueros”. En uno de los lados, canto con acompañamiento de guitarras, y del otro con mi grupo musical.

    —¿Y el tercero?

    —Es el más ambicioso. Se trata de un musical que escribimos con Luis Longhi y Federico Mizrahi, con la dirección escénica de Claudio Gallardón. Este proyecto lo presentamos hace dos años y pudimos llevarlo a cabo gracias a un mecenazgo.

    —Hay un aspecto de su larga carrera que se discutió bastante. Fue cuando le reprocharon haberse apartado del tango. ¿Qué pasó realmente?

    —Fue un malentendido. Sucedió en 1991, mientras residía en Estados Unidos trabajando como músico y productor. En aquel momento grabé un par de baladas y se las mandé al director de la Sony norteamericana, Tomás Muñoz. Le gustaron tanto que me contrataron para hacer un disco de baladas. A los seis meses, aquella placa era disco de oro. Entonces les propuse a Muñoz y a un productor llamado Roberto Livi grabar un disco de tangos, y les dejé una lista de diez temas. No les agradó la idea. Pero al año apareció un disco de Julio Iglesias cantando justamente los diez tangos que yo había seleccionado, con las firmas de Livi y Muñoz. Todavía hoy Julio Iglesias incluye en su repertorio, en actuaciones en vivo, algunos de aquellos temas.

    —Por último, ¿podría explicar qué es el aplauso para usted?

    —Significa una emoción muy grande. A mí el escenario no me provoca nervios ni preocupación. Pero el aplauso es la culminación. Yo siempre digo que el aplauso es el orgasmo de la canción.