En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Mohammed Alí y Marlon Brando reciben a los visitantes en el zaguán. Sus dos máximos ídolos tienen reservada la mejor ubicación en las paredes de su casa del barrio Atahualpa. En las bibliotecas y sobre la mesa, libros, revistas y un par de guantes de boxeo, una de sus grandes pasiones, además del cine y el teatro. “Ahora estoy leyendo la vida de John Cassavetes, uno de mis directores preferidos, un maldito que excedía las reglas de todo, hacía una película con nada, como Rostros y Maridos, que son extraordinarias”. En su casa es todo muy old school: en los estantes, cientos de CD, vinilos, DVD e incluso VHS. Sobre la estufa, una imagen de El Jardín de las delicias, del Bosco. “Hace tiempo que estoy formando esto, porque sabía que se venía la vejentud”, dice Julio Calcagno, un actor que más allá de los achaques, a los 82 años conserva su garra y vigencia. Y sigue dando pelea en las tablas.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
“Más que nada miro cine negro del 40 al 50. Todo. Viendo eso te das cuenta de que después de ahí no se inventó nada. Siempre le preguntaron a Orson Welles qué director le gustaba más. Y dijo: John Ford, John Ford y John Ford. Yo te digo lo mismo. Es un poeta del western, una cosa muy seria”.
En cada reportaje este montevideano criado en el Barrio Sur recuerda que se transformó en actor por accidente. Además de boxeador, de chico también quiso ser futbolista y llegó a inscribirse en las inferiores de Nacional. Pero la biología impuso sus condiciones: “Me vino asma y tuve que dejar el fútbol y parar toda mi vida. Me deprimí mucho y cuando me enteré de que existía la EMAD me inscribí para hacer algo, porque si seguía en mi casa mirando por la ventana los partidos que jugaban mis amigos, me pegaba un tiro”.
Más de 30 años después de la primera versión (1987), el año pasado volvió a hacer Potestad, una obra del argentino Eduardo Pavlovsky que deja sin aliento al espectador. Una historia atrapante y divertida que se oscurece hasta desembocar en una tragedia que excede cualquier palabra. Tiene el mismo montaje original de Walter Silva, y Calcagno está acompañado en escena por Renata Denevi.
En el último verano protagonizó El padre, una comedia dramática sobre un anciano con demencia senil, éxito mundial estrenado en toda Europa, que se repondrá el próximo verano.
Dos obras antagónicas con dos personajes antagónicos: uno se olvida de lo que acaba de decir y el otro recuerda todo y lo cuenta con lujo de detalles. Calcagno acaba de volver a la cartelera con Potestad, los días sábado y domingo (salvo el domingo 30) en la sala Atahualpa de El Galpón. “Que me llegaran a esta altura de mi vida dos papeles como Potestad y El padre fue mucho, y me metí con todas mis fuerzas, y me di cuenta de que podía. El padre tiene mucha letra y mucho despliegue, pero me sentí muy bien acompañado por El Galpón. Y la obra fluyó”.
En Potestad compone a un personaje espeso, turbio, que hace viajar al público por un túnel oscuro de emociones. “Tengo 82 años, y una obra como Potestad es muy desgastante para mí. Estoy solo ahí y es un fangote de emoción, de tensión y tecnicismo. Al principio estaba muy inseguro con toda esa letra, sufría mucho en los ensayos. Un día me crucé con Osvaldo Reyno y me dijo: “No jodas, Julio, meté a alguien en el escenario, quien sea, y que te pase la letra”. Y se fue. Y esa solución fue doblemente buena, porque el personaje que hace Renata, moviéndose a mi alrededor, es una especie de conciencia de mi personaje, es casi una coprotagonista”.
Hacer esa obra en esa época, con las heridas abiertas debe haber sido muy complejo. “Cuando leí el libreto quedé duro. Era monstruoso. ¿Ese tipo está o no está loco? Y en esa época el tema estaba en el tapete. Recién volvíamos a la democracia. La obra fue una bomba muy fuerte. La diferencia es que ahora elegí hacerla porque sigue siendo muy actual. Y lo fundamental: no es un panfleto. Creo que el hallazgo de Pavlovsky fue poner la voz en este tipo, con ese grado de ambigüedad, que cuenta la historia desde todos los ángulos, con sus recuerdos, sus pasiones, sus contradicciones. Fue muy fuerte para el público, y lo sigue siendo”.
Calcagno describe el crossover de Postestad entre la comedia y el drama. “La primera media hora tiene mucho humor, la gente se caga de la risa. Y de repente, pácate, cae algo raro. Desde el escenario me doy cuenta del silencio impresionante que se produce. ‘¿Qué fue eso?, ¿qué está pasando acá?’, parece decir el público. Y el final es un golpe en las canillas. Yo mismo me estremezco. Se me pone la piel de gallina solo de recordar cuando habla con la hija por teléfono y le dice: ‘Rezá y tené paciencia porque si todo sigue así, dentro de poco vamos a estar juntos otra vez los tres, Adriana’. Termina la obra, se apaga todo y queda ese silencio tremendo. Nadie se mueve, no hay aplauso, ¡no hay nada! Y después, la sala revienta. Termino hecho mierda. Encima, en el Circular estoy a dos metros de las butacas. No puedo disimular nada, como en El Padre, en El Galpón, que es enorme y tenés que actuar para la última fila, gesticular y salirte del tono para que te oigan. Pero en una sala chica no hay truco. Lo de Potestad es todo auténtico, íntimo, desde que entrás hasta que salís. Entonces tengo que vivirlo. Al final me tiemblan las piernas. Solo pienso en llegar a casa, pegarme un baño y acostarme, porque quedo de cama”.
Esa cercanía, tan típica del teatro contemporáneo, le da miedo y al mismo tiempo le gusta: “Les veo las caras a todos y me doy cuenta de lo que les está pasando. Esta obra es dura, tensa, pero en comedias como Aeroplanos, que hice con Pepe Vázquez hace poco, gozás como loco con la risa del público. Al tenerlos al lado, comprobás cómo se están divirtiendo. El teatro de cerca es como hacer cine, es como tener la cámara al lado tuyo, y eso a mí me encanta”.