N° 1971 - 31 de Mayo al 06 de Junio de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo habrá escapado a la sagacidad de nuestros lectores que la evocación de aquel singular episodio del arquero Lehmann, mirando un papelito escondido dentro de una de sus medias en un partido decisivo del Mundial jugado en su país para “adivinar” adónde serían dirigidos los remates de los futbolistas argentinos, no fue sino un pintoresco introito a un tema más profundo, expuesto a grandes rasgos en la parte central de la última columna. Que no fue otro que marcar una radical discrepancia con el actual método que utiliza la FIFA para definir los partidos empatados, que requieren la existencia de un ganador (tal como ocurre, por ejemplo, en los campeonatos del mundo).
Quien esto escribe ha dividido buena parte de su vida entre dos pasiones: el Derecho y el fútbol. Con la curiosa particularidad de que, en el tema antes señalado, ambas actividades tienen un punto en común: la búsqueda de la justicia. Es que si hay algo que caracteriza al vigente modo de desempate (un alargue de 30 minutos y, de persistir la igualdad, una o más tandas de penales) es que el resultado final suele no reflejar, fielmente, los méritos desplegados por ambos equipos durante los 90 minutos reglamentarios de juego que, por lo general, no han sido equivalentes, pese a la paridad final del tanteador. La cuestión es determinar si es justo que la suerte final de ambos contendientes dependa, en definitiva, de lo ocurrido en el alargue o —lo que es aún peor— en ese breve episodio final que es la tanda de penales.
El sistema actual —por el que se definieron varios partidos decisivos de los campeonatos del mundo, desde su implantación en España 82— ha merecido críticas desde diversos estamentos del fútbol, tanto por esa eventual injusticia que conlleva, como por el hecho, bastante frecuente, de que algunos equipos, ante la insuperable paridad del score, opten por tácticas conservadoras en los minutos finales del tiempo reglamentario, especulando con lo que pueda ocurrir en el tiempo suplementario. Con el agravante de que, a menudo, esa tesitura se extiende a los minutos finales del alargue, apostándose por entero a la suerte que pueda depararles la postrera y definitiva ejecución de penales.
Es claro que ello desluce la calidad y atractivo de esos trascendentes partidos, defraudando la legítima expectativa de quienes pretendían disfrutar del despliegue futbolístico de aquellos equipos que, no en balde, lograron acceder a esas instancias culminantes. Por tal razón, la cúpula de la FIFA se propuso instalar una forma diferente de definición, pero lo cierto es que las efímeras experiencias en tal sentido (“el gol de plata” o el “gol de oro”), utilizados en los Mundiales de 1998 y 2002, no dieron el resultado esperado, retornándose al sistema actual en el año 2004.
Y bien. Este columnista, ya en el año 2006, elevó a la FIFA (y acaba de reiterarlo recientemente) un meditado proyecto para implantar un sistema de definición de los partidos empatados que permita arribar a un resultado final que refleje —con la mayor exactitud y justicia— los méritos de orden estrictamente futbolísticos, expuestos por cada equipo, en el tiempo reglamentario de juego (sin alargue ni penales).
¿Cuál es la propuesta? Que, al igual que en el boxeo (donde, además de la drástica definición por knockout, existe otra subsidiaria, a partir de la suma de puntos acumulados por cada boxeador a lo largo del combate), también en el fútbol podrían computarse los puntos obtenidos por cada equipo en los 90 minutos del partido, para el caso de que este no se haya definido por la vía del gol. Ese cómputo se haría de un modo muy simple, y revestido de una lógica y justicia indiscutibles, pues premiará con un mayor puntaje al equipo que hizo más por la victoria durante el partido, aunque no haya podido concretarla en el arco rival.
¿Cómo se adjudica ese puntaje? De modo absolutamente objetivo. Así, habrá hecho más méritos (o puntos) para ser declarado ganador del partido el equipo que haya exhibido una actitud más ofensiva en la cancha. Lo que estará inequívocamente revelado por diversas circunstancias de juego, que tienen asignadas un puntaje determinado: así, los remates al arco (otorgándose un puntaje mayor a los que dieron en los postes o demandaron una intervención decisiva del golero, o aun de otro jugador para evitarlo), los tiros de esquina a favor o las infracciones cobradas en el terreno del rival. Eventualmente, si persiste la paridad, podría apelarse, para dirimirla, al tiempo de posesión de la pelota en terreno adversario.
Como en el boxeo, el cómputo de puntos se hará por medio de un cuerpo de árbitros —como ya ocurre en el VAR— con el concurso de la tecnología de la que hoy se dispone, proclamándose el ganador apenas finalizado el partido. Esa asignación de puntaje no ofrecería mayores dificultades, tanto que hoy es común que, al concluir un partido empatado, la emisión televisiva ofrezca un preciso detalle de esos rubros. Ello sin perjuicio de que los periodistas o los mismos espectadores también tienen su propia clara impresión de cuál de los dos equipos mereció la victoria, y en función de parámetros similares a los ya señalados.
Pero existe un relevante elemento adicional, en apoyo de esta nueva propuesta de definición, y es que su puesta en práctica redundará, inexorablemente, en el mejoramiento del nivel de juego de los participantes en estas instancias decisivas y, por ende, en un mayor atractivo del espectáculo por ellos ofrecido. Es que cada equipo deberá ir acumulando el mayor puntaje posible, minuto tras minuto, desde el comienzo mismo del partido, ante la eventualidad de que este concluya empatado, por lo que necesariamente deberá desplegar un fútbol de características predominantemente ofensivas; lo que habrá de desterrar los actuales esquemas conservadores tan comunes en este tipo de partidos.
Naturalmente que un sistema como el propuesto está expuesto a críticas (y hasta sería deseable que quienes lean esta columna puedan expresarlas en este mismo semanario). Por citar alguna: que el puntaje propuesto no pondera, debidamente, un bien estructurado sistema defensivo ante un rival al que se considera superior. Pero a ello cabe replicar que debe siempre premiarse al equipo que hizo todo “para ganar” y no al que solo jugó para “no perder” .
Probablemente (así lo indica la historia), en Rusia serán varios los partidos que deberán definirse por el actual sistema. Buena ocasión, pues, para comparar —al menos en teoría— la justicia de los resultados surgidos por esa vía con los que hubieran emanado del modelo sustitutivo descrito precedentemente.