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    “En Uruguay se censura mucho más la imagen”

    “Me Río de la Plata”: libro de caricaturas y muestra de personajes de la cultura, de Fermín Hontou

    Más de cien retratos caricaturizados de figuras de la cultura rioplatense se reúnen en Me Río de la Plata, un libro de cuidada edición de Fermín Hontou (Ombú) que se vende a $ 490 y se financió en parte con Fondo Concursable. Algunos de estos trabajos integran la exposición que ahora está montada en el Museo de San José, que el 19 de setiembre se trasladará al Museo Gallino de Salto y que finalmente llegará a Montevideo, alrededor del 30 de octubre, en la Fundación Unión, con la presencia de Hermenegildo Sábat.

    Como siempre, la selección de figuras puede ser discutible y hasta cierto punto azarosa: “El otro día un amigo me decía que había puesto el doble de uruguayos que de argentinos y la verdad es que no los estuve contando. Puse dibujos que ya tenía e hice otros nuevos, como el de Quino. De Galeano no me gustaba el que tenía y lo dibujé otra vez, lo mismo con Charly García”, dice Ombú. Algunos de los trabajos se publicaron en el suplemento El País Cultural y otros vieron la luz en el semanario Brecha.

    Hace unos años Ombú publicó junto con Tunda Prada un libro de historietas: El manicero. El libro actual se presentó a la categoría Artes Visuales de los Fondos, que implica tres exposiciones y la realización de un catálogo-libro. Pincho Casanova y Rodolfo Fuentes se encargaron de los detalles de diseño. En estas páginas convive un Gardel hecho para Jaque con un Cortázar del año pasado, junto a dibujos hasta ahora inéditos. El libro sirve, además, para apreciar trabajos a color de este artista más conocido por su producción en tinta. En el conjunto se incluye lo que Ombú define como una “licencia poética”: un dibujo a todo color del carioca Vinicius, que no es rioplatense.

    Aquí están Olmedo, Catita, Tita Merello, Leguisamo, Carlevaro, Atahualpa y muchos escritores que Ombú admira, como Arlt, Onetti, Felisberto, Cortázar, Borges y Bioy Casares. El grupo realizador intentará que la edición llegue a Argentina y que se monte una exposición en Rosario, Santa Fe.

    Hontou estudió un poco de arquitectura, trabajó en publicidad, diseñó portadas de libros y revistas y actualmente da clases en su apartamento de la Ciudad Vieja. Recuerda los años 80 como muy fermentales. Trabajó en Jaque y Guambia y creó el logo de la revista El Dedo. El siguiente es un extracto del diálogo que mantuvo con Búsqueda.

    —Una zona grande de su trabajo es la caricatura política. ¿Cómo defiende su independencia?

    —Es difícil. El caricaturista político no tiene que ser un anarquista absoluto, pero no puede embanderarse con ideas o con candidatos de una manera muy evidente, en el dibujo por lo menos. Cuando va a entrar en el cuarto secreto a votar, es distinto. Reivindico mi independencia y no soy militante de ningún partido, ni pienso serlo. Hace poco me llegó un carta muy bien pensada de adhesión política, pero no puedo afiliarme a un partido porque estaría condicionando todo mi trabajo, presente y pasado.

    —Sus dibujos se identifican hoy con la identidad del semanario Brecha. ¿Tuvo alguna dificultad en relación a la independencia?

    —Al principio tuve un poco más de problemas. Era muy joven, un poco inconsciente y peleador. Pero desde hace casi 20 años publico mi espacio “Ojo de Ombú” y a medida que pasa el tiempo se respeta cada vez más mi trabajo. Muchas veces propongo el tema, otras veces no hay tema y me dan “insumos”. A veces me tengo que informar y otras veces me alcanza con lo que escucho en la radio o en la tele. Es mi costumbre, por jerarquía, ir con el secretario de redacción a ver qué tema vamos a tratar. Hace poco fueron las encuestas. Me di cuenta de que el “Sordo” González es un personaje dentro de la política uruguaya: le preguntan qué va a pasar como si fuera un oráculo, hay gente que lo acusa de que influye y hay todo un pedo alrededor de eso. Así que lo dibujé diciéndole a Tabaré que tuviera cuidado con las sobradas y con las hamburguesas sub 20. A veces la imagen sola dice mucho más que cualquier texto, pero también escribo algo. Acá, caricaturistas como Hogue o Arotxa son más de la imagen silente, pura y descarnada.

    —¿Qué sucede con la caricatura en relación al texto que ilustra?

    —Para mí, el dibujo no tiene que ver con el punto de vista del artículo. Eso lo viví en México, donde veía que los tipos que trabajaban en diarios de derecha, tenían opiniones de izquierda y defendían su independencia de opinión. Cuando volví a Uruguay noté que la imagen se censura mucho más que lo escrito. Lo he vivido, he tenido discusiones bizantinas con secretarios de redacción o directores. Por ejemplo, cuando se veía si se aprobaba o no la Ley de Caducidad, dibujé a Mujica con la mochila de la ley, las alpargatas al lado, porque eran las bases del FA y él tenía un vasito en la mano, que podía ser de agua o coca-cola. Entonces me dijeron que estaba bien el dibujo, pero que le sacara el vaso. No sé: podía verse como una burla, pero yo no lo había dibujado con la intención de mostrarlo como un borracho, y tampoco era un vaso de whisky.

    —A veces le toca ilustrar situaciones álgidas, como la del conflicto palestino-israelí. ¿Qué postura toma en estos casos?

    —Hice un dibujo hace poco y creo que lo resolví de una manera sutil. Mujica dijo que era un genocidio. Entonces mi dibujo se trasladaba al uso de las palabras con una calavera mirando un crucigrama que decía Palestina, Sinaí, Colonos, Gaza, Israel. Era duro pero no estaba a favor de uno o de otro. Antes hice dibujos más duros por los que me cayeron bastante. Con esto quiero decir que hay temas que no podés eludir.

    —¿Alguna vez recibió alguna amenaza por su trabajo?

    —No. En Uruguay no se meten mucho en la parte política, capaz que en México es más difícil. Los colegas hacen lo que les parece y le dan a uno o a otro de acuerdo a cómo lo perciben. La caricatura política es diferente al caso de este libro, donde son caricaturas con mucho cariño a personajes que respeto artísticamente y si están ahí es porque de alguna manera los quiero. Obvio que no es lo mismo Catita que Borges.

    —Usted escribe con la mano izquierda. ¿Cómo fue ser zurdo de chico y cómo lo determinó en el dibujo profesional más adelante?

    —En mi generación era difícil. A un amigo de mi edad lo corrigieron: lo obligaron a escribir con la derecha y tiene una letra espantosa el pobre. Yo tuve la suerte de que me dejaran ser zurdo y desde muy chico empecé a escribir con la zurda. Muchos artistas fueron zurdos. Torres García, que era zurdo, en los últimos años de su vida, por gusto, para ser torpe, pintaba con la derecha. Quería no ser tan puntilloso.

    —Cuando era chico, ¿ya se destacaba por su manera de dibujar?

    —Tuve dos cosas muy importantes: una fue mi madre, que nos dibujaba a mis hermanos a mí de perfil. Era muy buena dibujando, aunque no se dedicó a eso y sí a criar a los hijos. Recuerdo que le gustaba copiar a escala muñecas de catálogos norteamericanos. Y después, de chico, me gustó el dibujo, porque veía cosas que me maravillaban, como los trabajos de Molina Campos en los almanaques de los boliches de Melo. Esos dibujos que veía en los 60 me asombraban mucho porque exageraba de una manera tan evidente los personajes que yo podía ver: el negro con ojos saltones, los flacos medio polacos con la cara chupada, los caballos criollos cabezones.

    —Los años de apertura democrática fueron fermentales para la prensa y hubo también revistas de humor. ¿Por qué cree que ahora no existe prensa humorística en Uruguay?

    —No sé. Antes de irme a México, en el 82, fui a visitar la redacción de Humor y el edificio era de diez pisos. Ojo: Guambia tenía su localcito, pero era una revistita; lo de Humor, en cambio, no se podía creer. Ahora sacaron un libro que recopila muchas tapas clásicas de la época. Ahora veo que se vende la revista Caras Argentina, o Uruguay, hablando de la tanga de Jelinek o de que al Papa se le murió un pariente (risas). No digo que esté mal: se ve que es lo que la gente quiere comprar.

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