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Está ese lugar común que dice que segundas partes nunca fueron buenas. Sin embargo, se trata de un lugar común que el cine ha desmentido varias veces, ahí están El Padrino II y Terminator 2, por ejemplo. Lo que sí es cierto es que hacer la segunda parte de una obra que en la primera fue excelente presenta dificultades. La más evidente: ahí estará siempre la primera parte (o temporada, que es lo que nos interesa en esta nota) para recordarnos todo aquello en lo que la segunda puede fallar o resultar peor. Y contrastar una y otra siempre será de recibo.
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En Este mundo no me hará mala persona (en italiano original Questo mondo non mi renderà cattivo), la nueva serie del historietista italiano Zerocalcare, ocurre algo de eso: los mismos personajes de la maravillosa Cortar por la línea de puntos aparecen ahora en una situación completamente nueva, con otros amigos, otros antagonistas y otras preocupaciones. Y a pesar de que la serie es excelente, en la retina del espectador (de este espectador al menos) quizá falte la sorpresa y algo de encanto absoluto que tenía la anterior.
Otra vez el protagonista es el verborrágico Zero (alter ego del autor, cuyo nombre real es Michele Rech), quien, como siempre, carga con su conciencia-armadillo a cuestas. La diferencia esencial es que este Zero ya es un reconocido autor de historietas cuyo trabajo fue comprado por Netflix y ahora da entrevistas en la televisión. Eso lo convierte en alguien mucho más “exitoso” que el resto de sus amigos y compañeros del barrio de clase media baja en el que se crio, lo que crea una distancia que plantea nuevas tensiones.
Dos elementos hacen aparición en esta segunda temporada: el regreso al barrio de Cesare, un viejo amigo de Zero, y la instalación de un centro de refugiados en la zona, que pronto será blanco de los ultraderechistas. A diferencia de la primera temporada —que aunque llevan nombres distintos y no se plantean como temporadas de hecho lo son—, en donde Zero y sus amigos iban develando las distintas capas de su personalidad y sus conflictos, en un proceso rico en matices y de alto vuelo poético, en esta ocasión el elemento aglutinador es externo, político.
Muy pronto se revela que Cesare, antiguo bully que entonces tomara a Zero bajo su protección, ya que con él se podía mostrar sensible, estuvo ausente por estar rehabilitándose de su consumo problemático de heroína. Además, como el buen abusador que fue, Cesare será pronto captado por los neonazis del barrio. Esto lo colocará literalmente en la vereda de enfrente de Zero, quien es parte de los grupos antifascistas. Ese es el momento en que la serie conecta con el tono de la temporada previa. Porque es allí cuando los matices en las razones de cada uno para posicionarse ante el conflicto son planteados con fineza y precisión.
Esto no quiere decir que la serie se coloque en un punto equidistante entre los ultras que quieren expulsar a los refugiados y los que no quieren que eso ocurra. La perspectiva de Zero es estar, sin dudarlo, con los antifascistas. Lo interesante es que: a) los antifascistas tienen un montón de razones propias y distintas para pararse donde se paran —salvo su intención de preservar el centro de refugiados, sus motivaciones son variadas—, y b) los hechos que hicieron que Cesare se alineara con los ultras son expuestos sin ser juzgados por Zero, quien en cierto momento se pregunta si, dadas las cartas que le tocaron en la vida (sin amigos, pobre, poco educado y adicto), él no habría terminado en su mismo lugar.
Zero tiene muchas y profundas convicciones y se extiende a lo largo de la serie en ellas. Es antifascista, es pacifista, entiende que a pesar de su origen de clase media su éxito profesional lo convierte en un privilegiado si se compara con las alternativas que vislumbran los amigos que lo rodean. Tiene esas ideas porque cree tener la razón y porque entiende que son mejores que otras. De lo contrario tendría otras. Pero lo más interesante es que a pesar de la firmeza de sus convicciones respecto a su barrio y el conflicto que lo va envolviendo, Zero se cuestiona y muestra dudas sobre qué hacer y por qué hacerlo.
Lo más destacable del arte de Zerocalcare es su habilidad para combinar humor y drama a partes iguales. Eso se suma a su capacidad de introducir cientos de citas, conceptos e ideas a la velocidad de ametralladora con la que habla y piensa el protagonista. Quizá por tener como argumento un tema político y no uno centrado en los procesos de maduración personal de la primera temporada, se echan un poco en falta los ricos monólogos internos de Zero. No es que ahora no estén presentes, pero de alguna manera, por tratar de un asunto que involucra de manera muy clara el contexto exterior, aquí los monólogos interiores de Zero son más breves y quizá no tan densos y profundos. En cualquier caso, los que tiene son espléndidos y por sí mismos justifican mirar la serie.
La animación es excelente, dinámica y combina de manera arbitraria escenarios naturalistas con personajes de caricatura. Los capítulos fluyen casi a la misma velocidad que muestra Zero a la hora de exponer sus interminables y siempre derivativas diatribas personales. Zerocalcare tiene tiempo para ironizar, incluso sobre los empleados que hacen sus series para Netflix, mostrados como casi esclavos en un taller, y deja en claro que su crítica es capaz de no dejar títere con cabeza, aunque sea la suya.
Pocos programas televisivos son capaces de poner a pensar de manera tan honda al espectador como las series de Zerocalcare. Algo que logra, además, sin resultar nunca pretencioso o snob, manejándose siempre en esa breve distancia que existe entre ser capaz de exponer con precisión y riqueza creativa lo que uno piensa y saturar al espectador con un espectáculo narcisista. Sin nada de esto último, es capaz de ser profundo en su reflexión, sin perder la capacidad de entretener en el proceso. Lo hace además con una delicadeza única, sin subestimar jamás a su audiencia.
De alguna manera, el código creativo de Zerocalcare parece ser el mismo que tenía Neil Peart, baterista de la banda canadiense Rush, conocida por la complejidad de su música, cuando decía: “Si a nosotros nos cuesta un montón componer y tocar nuestras canciones, no veo por qué al público debería resultarle fácil escucharlas”. En esta serie, el tano no escatima argumentos creativos y narrativos para mostrarle al espectador todo aquello que ronda en su cabeza de la forma más rica posible. Y lo logra construyendo un objeto artístico de primer nivel. De lo mejor que se puede ver en plataformas, sin duda.