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    “Hay una cultura de imbéciles, de necios y de bestias que desprecia el estudio”

    Con Tomás Abraham, un intelectual en serio

    Es difícil encontrar en la Argentina de hoy a un intelectual que tenga la honestidad, la valentía y el peso académico de Tomás Abraham. En ese sentido, quizá podamos compararlo con Beatriz Sarlo.

    Pero Abraham posee una carrera y un estilo propios y es, antes que nada, un filósofo de primera categoría. Lo que no le ha impedido, desde sus columnas de “Perfil” y de “La Nación” o desde los programas del canal Todo Noticias a los que es invitado, espetar conceptos como este en la cara de “intelectuales K” como la decana de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad de La Plata, Florencia Saintout: “Yo vivo del conflicto. Amo el conflicto. No hay ningún problema con el conflicto. Mi problema es con el poder que está ocupando el Estado, no con la sociedad. No me gusta el fascismo”.

    Ciertamente, no es sencillo ejercer esta tarea crítica en una nación donde el autoritarismo ha dejado de ser político para convertirse en un asunto cultural por causa del cual una buena parte de la sociedad siente miedo. Pero a Abraham, un señor serio que a primera vista parece cínico, seco y neurótico, no le importa.

    Profesor grado 5 de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires (UBA), profesor honoris causa de la Universidad de Salta, licenciado y master en Filosofía y Sociología en las Universidades de la Sorbonne y de Vincennes, acreedor de un Diploma de Honor conferido en 2011 por el Rectorado de la UBA y ganador del Premio a la Obra Filosófica 1993-2003 otorgado por la prestigiosa Fundación Konex, Abraham nació en el año 1946 en Timisoara, Rumania.

    Y el lunes 8 por la tarde, en el hotel Four Points de la calle Ejido, Búsqueda mantuvo una larga conversación con el autor del blog “Pan rayado” y de los libros “Pensamiento rápido”, “Tensiones filosóficas” y “El último Foucault”. Allí, este invitado especial de la edición número 35 de la Feria Internacional del Libro disparó varios dardos sobre la actualidad desde una óptica profunda y fundamentada. Y, vestido con un vaquero y con una remera Lacoste hipercolorida, respondió a cada pregunta mientras dibujaba garabatos, algunos más infantiles y otros más arquitectónicos.

    El siguiente es un resumen de esa charla en la que Abraham también dijo que en su país “nadie cree en la honestidad ni en la autoridad moral” y que el filósofo oficialista José Pablo Feinmann es “un intelectual mediocre y un ideólogo panfletario de la derecha peronista”.

    —¿Es difícil ejercer la tarea docente en la Argentina cristinista, o no hay interferencia entre lo que los liberales ven como un sistema autoritario y la libertad de cátedra que efectivamente usted ejerce?

    —Hay libertad académica, hay garantías a la libertad de enseñanza consagradas en la Constitución, en la ley y en la reglamentación de la Universidad de Buenos Aires. Sin embargo, desde 1984, cuando entré a la universidad, hasta el día de hoy, cambiaron muchas cosas: el tipo de alumnado, la situación del país, etcétera. Pero nada que pueda entorpecer mi labor docente, mi cátedra ni nada por el estilo. He pasado todos los concursos que me han hecho hacer, soy profesor y la universidad tiene autonomía. Así que puede haber cristinismo y camporismo fuera del aula. Pero dentro del aula hay que estudiar.

    —Esto de venir a la Feria del Libro, hacer una rueda de prensa y estar en contacto con el público, ¿lo reconforta o es solo una obligación profesional? Se lo pregunto porque, cuando cierta gente lo ve por televisión, tiene la impresión de que usted es una persona muy seria.

    —Yo soy permeable a las reacciones de la gente. Si me paran en la calle y me felicitan, me agrada y lo recibo con amabilidad. Y si me insultan, me desagrada y lo recibo muy mal. Pero lo que sucede es que, en general, cuando uno va a un set de televisión no está totalmente distendido. Y cuando hablo de política argentina, la verdad es que no me divierto mucho.

    —¿Porque lo sufre?

    —No solamente por eso, sino porque son temas irritantes en general. Argentina está viviendo climas que generan un alto grado de irritación, y yo formo parte de eso. Ahora, respecto a mi agenda ajetreada, la tengo porque me interesa difundir mi trabajo, lo hago con placer y siento que es un halago el hecho de que la gente se interese en mi trabajo, ya que podría no interesarle a nadie lo que digo.

    —¿O sea que esa imagen televisiva de persona solemne y poco sociable es falsa?

    —Bueno, lástima que usted no leyó mis libros.

    —¿Quién le dijo que no leí sus libros?

    —¿Y entonces?

    —No tiene nada que ver.

    —¿Pero dónde está la solemnidad de mis libros?

    —No empezamos a hablar de sus libros. Estamos hablando de la actitud que tiene cuando lo entrevistan en televisión.

    —Bueno, pero eso no es muy importante cuando uno escribió 20 libros y dedica todo el día a escribir y a dar clases, dado que la entrevista televisiva no es lo que lo define. En la televisión la situación suele ser tensa, hay que decir todo lo que se piensa rápidamente y hay veces en que estoy relajado y otras en que no. Así que, dependiendo del periodista y de qué y cómo me hagan las preguntas, puedo estar serio o enojado y hasta puedo ser un gran bromista. Pero no soy solemne.

    —Hablemos un poco de su libro “La lechuza y el caracol”. Creo que hay allí dos pasajes notables. El primero: “El peronismo es una moneda, un circulante social que permite el funcionamiento del mercado político. Pero la pregunta que plantea si es posible gobernar nuestro país sin el peronismo manifiesta una inquietud. Es la que siente aquel que se da cuenta de que nuestro país no tiene futuro y de que solo es espectador de su destino”. ¿Qué represalias sufrió por haber escrito esto y por qué piensa que el peronismo, a diferencia de lo que ocurre en Argentina, es visto en buena parte del mundo como un movimiento populista, fascista y antidemocrático?

    —Primero: yo entré a la Universidad de Buenos Aires en 1984, con el régimen democrático que se inició bajo el gobierno de Raúl Alfonsín. Y en 1985 quisieron echarme porque tenía un modo de enseñar, un plan y un programa que irritó al Consejo Superior. Así que he sufrido represalias desde que entré. Y no es porque sea masoquista, pero cuando uno dice ciertas cosas desde un lugar minoritario, las mayorías no son tolerantes sino aplastantes, y entonces hay reacciones. Por eso estoy acostumbrado a no recibir aplausos unánimes. Hay gente a la que le interesa lo que hago, hay gente que me odia por lo que hago y realmente no escribo para ser aprobado. Aunque a veces me gustaría vivir en un ambiente más amable, sé que cuando digo ciertas cosas de las que no se suele hablar, voy a provocar reacciones negativas. Así que este libro no agregó gran cosa en ese sentido a las reacciones que producen mis columnas semanales, además porque la gente que me tiene crucificado, ya me ha crucificado hace tiempo. Lo que hace “La lechuza y el caracol” es sintetizar un poco mis posiciones de los últimos años.

    Respecto a la segunda parte de la pregunta, pienso que el peronismo fue un fenómeno militar y obrero. Cuando Perón subió, era el coronel Perón, y por lo tanto representaba a un sector del Ejército. Y en 1945 tuvo una política novedosa en la Argentina. Pero antes de las elecciones en las que fue nombrado presidente, en el gobierno de facto que hubo durante la II Guerra Mundial, pidió las carteras de Guerra, de Trabajo y de Radiodifusión, es decir que pidió ocuparse de los medios de comunicación, de los gremios y de la defensa: no era tonto. Entonces, una vez que llegó al poder, creó su propia central de trabajadores, reprimió a todos los sectores laboristas, radicales, socialistas y progresistas que lo habían apoyado, fundó el partido peronista y puso a su propio sindicato adentro del Estado. Así que, por las condiciones en que Argentina salió de la II Guerra Mundial —y era un país simpatizante del Eje— tuvo las arcas del Estado llenas y estuvo repleto de recursos, con lo cual Perón realizó una redistribución e incrementó los salarios, por lo que también hubo un boom de consumo. Eso benefició a las capas medias y obreras y quedó como el recuerdo de una edad dorada. Pero ese peronismo no es el de hoy. El peronismo de hoy es un peronismo de clase media: los obreros no son peronistas y votan de acuerdo a las condiciones de vida que tienen, es decir de acuerdo a su supervivencia. Por lo tanto, el peronismo ha quedado como un discurso cultural. Hoy peronistas son personas de capas medias y a veces de capas altas, los intelectuales, los actores, algunos periodistas y hasta algunos empresarios. Por ello es que el peronismo tiene todos los rasgos que puede tener una ideología de pequeña burguesía y de burguesía, es decir lo que llevó al trono a los fascismos europeos. Así que el peronismo obrero es un símbolo anacrónico. Estos no son peronistas de “alpargatas sí, libros no”. Estos son peronistas de “libros, sí”, aunque no los lean, porque son brutos (risas). Por eso es que tienen un fuerte espíritu de venganza, además de resentimientos, rencores y nostalgias que caracterizan a ciertos sectores de la clase media, incluso la autoinmolación.

    —¿Cómo es eso?

    —Es típico de la clase media odiar a la clase media. Un obrero no odia a la clase media. Un obrero quiere formar parte de la clase media, quiere educación, buenos hospitales, irse de vacaciones y tener un auto. Y, como Argentina es muy proclive a la violencia y el peronismo es un fenómeno cultural, hay que romperle el alma a alguien, no importa que se llame “Clarín”, “Macri”, “neoliberalismo” o “el campo”. Además, pienso que el kirchnerismo se destaca por ser psicópata.

    —¿Por qué?

    —Porque cada vez que le tocan algo, avanza más y redobla la apuesta.

    —¿Cómo se manifiesta eso, por ejemplo, en el caso Boudou?

    —Estatizando a Ciccone y sacando el billete con la cara de Evita. Eso es psicópata. Yo no sé si usted vivió alguna vez con un psicópata, pero son así.

    —¿Y por qué piensa que en Argentina, más allá de la política, causa tanta simpatía el presidente José Mujica?

    —Porque es simpático, porque es campechano y porque los guerrilleros quedan bien cuando se vuelven buenos, quieren tomar mate y dicen que quieren que su país se parezca a Dinamarca y no a Cuba, es decir a un país socialdemócrata exitoso, con alta tecnología agropecuaria y donde toda la gente se mama. Sin embargo, aunque no digo que sea falso, sí opino que no es ingenuo y que tiene un asesor de imagen.

    —Volviendo a “La lechuza y el caracol”, usted realiza un crudo diagnóstico sobre la educación en Argentina, el cual termina con estas palabras: “Utopías de la mentira les ocultan (a los estudiantes) que vivimos en un mundo competitivo, muchas veces cruel, y que probablemente para un lugar disponible se presenten diez candidatos”. ¿En base a qué lo elaboró?

    —Bueno, no es un diagnóstico solamente mío, porque es general. Además, yo soy profesor. Lo que noto es el problema de la adolescencia, porque los niños chicos necesitan cuidado. Pero los adolescentes tienen un problema que no está relacionado con la pobreza, pues cuando existen condiciones mínimas para escolarizarse y estudiar, siempre hay una excusa para no hacerlo, una excusa que proviene de la corporación docente, que en Argentina, como en Uruguay, es muy fuerte, y que dice: “Tenemos que pensar en los pobres y en los humildes y, por lo tanto, en incluirlos”. Así que toda la escolaridad debe estar en función de la pobreza, siguiendo ese discurso de tipo caritativo, pastoral y cristiano.

    —¿Se iguala para abajo?

    —Sí, pero los docentes lo hacen justamente para no capacitarse para arriba. En definitiva, el problema es que se habla de cualquier cosa menos de algo que para mí es fundamental, que es estudiar. Acá hay una cultura de imbéciles, de necios y de bestias que desprecia el estudio. Pero estudiar es extraordinario, estudiar es investigar, investigar es la curiosidad, es aprender cosas, es experimentar, es una aventura con los medios tecnológicos de hoy en día. Las clases de biología, de historia y de física pueden ser festivales en los que los estudiantes no deberían aprender los conocimientos de memoria. Si se renovaran los programas, esto sería posible. Los pibes, a los 16 y a los 17 años, tienen todas las energías para la exploración del conocimiento: no solamente para coger con sus novias sino también para cogerse el saber, es decir para ir a las bibliotecas, traer, hablar, discutir, descubrir el mundo, ver de dónde venimos y averiguar cosas sobre la astronomía y la astrofísica y sobre cómo se crea un ser humano. ¿A nadie le interesa eso? ¿Lo único que interesa es hacer un tuit y conectarse con un primo hermano por Skype? De parte de los adultos, de los docentes y de los políticos hay un acuerdo según el cual estudiar es aburrido. Estar en silencio, desconectado y concentrado es feo. El clima general cultural apunta a la pavada y, por lo tanto, al sometimiento. Pero el estudio, y voy a decir algo que hasta a mí me parece raro, en cierto sentido nos hace libres, pues nos da opciones y nos permite descubrir mundos. Y también permite la reflexión, la información y la crítica. Eso es precisamente lo que llamo “educación”, una educación verdadera que excede el protocolo.

    —Para terminar, ¿usted tiene un Dios que le dé consuelo?

    —No. El consuelo me lo dan mis seres queridos, y después trato de dármelo un poquito a mí mismo.

    —¿De qué manera?

    —Invocando muchas veces a un Dios que no conozco.

    —Y que sería, ¿cómo?

    —Si no lo conozco, ¿cómo se lo puedo decir?

    —Usted es el filósofo con imaginación, no yo.

    —Es que yo no lo conozco: simplemente lo necesito.