El animador codirigirá el proyecto junto con el brasileño César Cabral y la película contará con diseño de personajes a cargo del artista uruguayo Tunda Prada, a quien Tournier le dio libertad total para proponer una estética original.
La travesía de Pueblo Chico ha sido larga, con una década de persistencia creativa marcada por reconfiguraciones financieras y geográficas. El guion fue reescrito más de 30 veces mientras entraban y salían países coproductores. Argentina estuvo un tiempo, pero terminó bajándose; luego Brasil, a través de Coala Filmes, y España, con Tornasol Media y Abano Producións, llegaron para consolidarse y quedarse. La pata local está a cargo de La Suma y los productores y realizadores uruguayos Esteban Schroeder, amigo y colaborador de Tournier desde los años setenta, y Leandro Barneche.
Según lo explicado por la dupla, la película se financiará en proporciones prácticamente iguales: Uruguay aportará el 35%, Brasil otro 35% y España el 30%. Uruguay está a cargo de la animación de exteriores, Brasil, de la mayor parte de la de interiores y España liderará la posproducción con la supervisión de efectos y el sonido.
El presupuesto proyectado ronda los US$ 2.350.000. La ecuación tiene una paradoja que Schroeder sintetiza en una sola línea. La película es, según explicó, “absurdamente económica para el esquema internacional” y “absurdamente cara para el esquema de fondos y de financiamiento local”.
Un nuevo estudio
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Para trabajar, el equipo se instaló en 2026 en el Espacio Modelo, el edificio del antiguo mercado municipal reconvertido por la Intendencia de Montevideo. Tournier y su tropa ocuparán por dos años un piso previamente desocupado de aproximadamente 300 metros cuadrados en el primer nivel, cedido a la producción como parte de un convenio con la comuna que permite que la película se ruede en Uruguay. El acondicionamiento se hizo con recursos del equipo, que a cambio, y como parte del acuerdo, se comprometió a reformar el local, abrir el taller a visitas guiadas y desplegar actividades educativas junto con Ceibal, entre otras contraprestaciones.
El equipo fijo local de la película es hoy de 23 personas y proyectan llegar a 30 cuando se sumen las áreas de fotografía y animación. Tal como quedó configurado, el estudio funciona como un pequeño ecosistema industrial dividido en cinco áreas: hay un cuarto de soldadura, donde el personal recibió capacitación específica para armar las estructuras internas; un taller de maquetas y escenografía; un área de esqueletos y otra de vestuario y muñecos; un departamento de impresión 3D que asiste transversalmente al resto y cuatro sets de animación donde en pocos meses arrancará la captura de imágenes. “Están uno al lado del otro, entonces, se da un recorrido virtuoso y un diálogo constante entre las partes”, describió Barneche.
Una de las novedades técnicas de esta producción respecto al método de Tournier es la sustitución 3D en los rostros de los personajes. En vez de las cabezas mecánicas que el director venía usando desde hace décadas, ahora se dibujan expresiones en dos dimensiones, se modelan en tres y se imprimen en piezas que se van suplantando fotograma a fotograma.
De acuerdo con Tournier y los productores, faltan unos meses para comenzar a animar, con un plan de comienzo fijado para la mitad de setiembre. La meta es poder animar seis segundos por día, un ritmo que mantendrán durante 10 o 12 meses de rodaje. El montaje arrancará en paralelo a principios de 2027.
El estreno mundial está previsto para mediados de 2028, idealmente en el Festival de Annecy en Francia, “el Cannes de la animación”, como lo definió Barneche. Otro indicio de la estatura regional del proyecto es que diferentes latinoamericanos, entre ellos figuras vinculadas a producciones de Guillermo del Toro y al colectivo argentino Cancán, se ofrecieron a viajar a Montevideo próximamente a animar alguna escena como tributo al uruguayo.
Mientras tanto, Tournier supervisa maquetas, define estructuras de muñecos y decide cómo se harán las manos, entre otros detalles. “Lo estoy disfrutando. La verdad, no es nada fácil, tiene muchos inconvenientes”, confesó. “Se ha armado un equipo donde todos están con mucho entusiasmo, con mucha gana, metiendo lo mejor de cada uno. Eso lo vamos viendo en los pequeños resultados”.
Schroeder describió esa misma energía con crudeza y ternura. “Puede sonar medio demagógico, pero es una emoción diaria verlo acá”, dijo. “Walter tiene 82 años. Hace unos años había una preocupación de que el proyecto no iba a salir adelante de ninguna manera, era una angustia total. Pero desde que esto empezó, sacó una energía devorante. Llega a las ocho y media, ocho y cuarto, y no para”.
Pueblo Chico tiene, además, una dimensión educativa que la producción viene trabajando desde antes del rodaje. La productora firmó en 2024 un acuerdo con el Plan Ceibal, y en noviembre participarán del congreso anual de innovación en educación que organiza el ente.
La idea, que los productores atribuyen a un planteo del propio Tournier, es que la película sirva de disparador para actividades formativas en el sistema educativo, incluidos cursos para maestros sobre el uso del lenguaje de la animación en el aula. Esas actividades se desplegarán entre el segundo semestre de 2027 y el primero de 2028, en el tramo previo al estreno.
Cuando aparece el tema de la inteligencia artificial —una discusión inevitable en el rubro de la animación—, Tournier declaró que la IA está ahí, que es una herramienta, pero que no define su trabajo. Podrían usarla para tareas secundarias, pero optaron por no hacerlo. “Queremos revivir el stop motion como es realmente, no que lo haga otro, o un incógnito sin identidad. Queremos mantener eso”, afirmó.
Su definición del oficio confirmó en qué lado está. “Es una animación que se está haciendo en el momento. Podés planificar todo, pero lo que tiene esta técnica es que el animador va construyendo la acción y la personalidad de cada personaje, paso a paso, fotograma a fotograma”, explicó.
Desde la producción, Schroeder y Barneche defendieron una posición similar. “El alma de esta película es el stop motion tradicional, y la forma en que vamos a proceder es completamente artesanal y apegada a lo que es la disciplina, que es, quizá, la primera forma de cine que existe”, comentó Barneche. “Acá hay una vocación de estar muy comprometidos con esta técnica, que es la que a Walter lo distingue”, agregó Schroeder, y enfatizó que la riqueza está justamente en eso, en que el espectador percibe en la pantalla un rastro del trabajo humano.
Muestra El tiempo en las manos, de Walter Tournier, en el Centro Cultural UTU.
UTU - Dirección General de Educación Técnico - Profesional
Del taller, lo que se precise
El tiempo en las manos, inaugurada en el Centro Cultural de la UTU acentúa esa misma idea. La propuesta partió del equipo de la institución, que buscaba trabajar con Tournier desde hacía tiempo. Cuando finalmente se acercaron, el director estaba metido de lleno en la preproducción de Pueblo Chico y aceptó con una condición: que ellos se encargaran del armado.
Luis Peña, integrante del equipo del Centro Cultural, contó que el proceso llevó más de medio año desde su concepción. Un grupo integrado por técnicos audiovisuales, diseñadores gráficos y conservadores del museo viajó al taller y hogar de Tournier en Buceo para desmontar, restaurar cuando era necesario y trasladar las piezas a la sala. En todo el proceso participaron el director y su esposa, la artista Lala Severi.
Del trabajo del equipo curatorial, el cineasta habló con reconocimiento: “Lo armaron muy bien. Es una muestra muy bien puesta”.
La curaduría, según explicó Peña, se estructuró sobre ejes temáticos que recorren la carrera de Tournier. El primero agrupa contenidos preescolares; el segundo, encabezado por los Tatitos, busca atravesar todas las edades y generar un anclaje afectivo en quienes crecieron con la serie. Un tercer eje se centra en los largometrajes, con Selkirk como pieza central; mientras que el resto explora contenidos de mayor complejidad social y política.
La muestra combina lo colorido con lo crudo. Los muñecos de Selkirk aparecen deshuesados, con la mecánica de titiritero a la vista, y el set del cortometraje bélico se exhibe desnudo. Chatarra, la obra más despojada del director, muestra a sus personajes por lo que son, hechos de materiales tangibles, elementos metálicos, tornillos y herramientas asociadas al taller antes que al divertimento.
Ambos registros conviven en la sala, donde algunos espejos distribuidos expanden lo reflejado y proponen otro ángulo posible sobre lo exhibido. Las paredes de ladrillo y los espacios que forman medio arco generan una disposición natural al traslado del taller de Tournier a este lugar, con la luz blanca de los reflectores dejando los objetos al desnudo.
Se proyectan también capítulos de Los Tatitos, ubicados por decisión curatorial cerca de la entrada para generar un impacto inmediato en el visitante. Peña razonó que, de ubicarlos al fondo, el público habría pasado de largo el resto de la muestra para buscarlos. Una vez satisfecho ese primer reconocimiento, el espectador puede recorrer la sala con mayor atención. La serie, en cualquier caso, funciona como un puente generacional que conecta a adultos y niños.
Al frente de la sala hay dos cámaras cinematográficas: una Konvas soviética de 35 milímetros de 1960, adaptada para animación cuadro a cuadro, con la que Tournier filmó El cóndor y el zorro, Nuestro pequeño paraíso, Los escondites del Sol y Madre Tierra; y otra de 1931 que integra su colección personal, donde atesora aparatos de todo tipo. Ambos objetos, metálicos y pesados, adelantados como guardianes en la entrada, son otra declaración de principios sobre la materia con la que se hace este oficio.
La tipografía símil plastilina del título fue pensada por el equipo del centro junto con Tournier para subrayar el carácter tangible de la obra. Peña recuerda que el nombre surgió porque los muñecos están ahí, presentes, físicos, y porque toda la producción del director gira en torno a eso.
La escultura del propio Walter, que también aparece en la portada del catálogo, no fue creada para la muestra, sino que el animador Pablo Turcatti se la regaló por su cumpleaños número 80. El equipo curatorial decidió incorporarla en la sala, casi como una revelación sorpresiva y entre espejos, de modo que el visitante pueda verse reflejado junto a la obra e incluso sacarse una foto con ella.
El tiempo en las manos estará abierta hasta el 5 de setiembre, de lunes a viernes, con entrada gratuita. Como excepción, y ante la cantidad de solicitudes recibidas, el Centro Cultural de la UTU abrirá también el sábado 8 de agosto de 10 a 16 horas. Ese mismo día, a las 11, Tournier participará de una entrevista pública en el marco del podcast La Cultura en el Centro.
En el prólogo del catálogo, Schroeder captura la constante que atraviesa el trabajo de Tournier con dos frases que sintetizan medio siglo de oficio. “Antes de ser cineasta fue artesano. Y, de algún modo, nunca dejó de serlo. Su relación con la materia, con las formas y con el trabajo manual atraviesa toda su trayectoria. Su legado no se encuentra solamente en sus películas, sino también en la comunidad de creadores que ayudó a formar y en la inspiración que continúa ofreciendo (...). Como él mismo suele decir, animar es dar vida”.