En el Museo de Artes Decorativas del Palacio Taranco el movimiento de visitantes es continuo desde que se inauguró su remodelado subsuelo con tres salas, dos destinadas a muestras permanentes, Arte antiguo y Arquitectura, memoria, afecto y espacio, y una tercera para muestras temporarias que se exhibirán una vez al año. Ahora está de estreno con la exposición ¡Estereomanía! Imágenes tridimensionales en Uruguay (1860-2025), que se puede visitar hasta marzo.
Aún el edificio conserva la elegante rotonda donde los carruajes entraban a dejar los pasajeros. Esa era la entrada principal que comunicaba no solo con la casa, sino con el subsuelo donde estaban las salas de gimnasia y los saunas, que usaban solo los hombres. Ese subsuelo albergó desde 1972 la colección arqueológica de antigüedades clásicas y etruscas que ocupaba todo el subsuelo. “La alfombra de moqueta azul y los exhibidores estaban desde 1970”, le dice a Búsqueda la directora del museo, Laura Malosetti, especialista en arte y cultura visual latinoamericana del siglo XIX, quien asumió el cargo en abril de 2025. Desde entones, entre sus propósitos estuvo ampliar el público del museo y vincular su acervo con propuestas de arte contemporáneo. Y lo está logrando.
Ahora la exposición Arte antiguo, con curaduría de María del Rosario Macri, profesora de arte antiguo de la Universidad de Buenos Aires, con colaboración de Mercedes Bustelo, quien desde agosto será la nueva directora del Museo Figari, exhibe una selección de piezas que pertenecieron a la colección de Luigi Andreoni y de María Spangenberg de Pearson. Con importante información sobre el origen y la trayectoria de estas colecciones, la exhibición tiene una propuesta contemporánea y el encanto de la belleza que trasciende las épocas, y que está tanto en sus grandes jarrones como en los pequeños perfumadores.
Pieza de la muestra Arte antiguo.
Santiago Mazzarovich/adhocFOTOS
Las estrellas de esta muestra son un ánfora de figuras negras, que perteneció a la colección Spangenberg, y una crátera (vasija de gran tamaño) de la colección Andreoni. “Las une el sentido de la celebración del banquete y el almacenamiento del vino”, dice el texto a su lado.
El ingeniero italiano Andreoni (1853-1936), conocido por haber construido edificios emblemáticos en Montevideo e impulsado el desarrollo ferroviario, tenía una inmensa colección de cerca de 1.000 piezas procedentes del sur de Italia (área de la Magna Grecia) que había heredado de su padre. Sabina Arigón fue quien hizo la investigación de esta colección que se une a la historia de sus coleccionistas. Las piezas las había conservado el antiguo Museo Nacional de Historia Natural y en 1976 se trasladaron al Palacio Taranco. Por su parte, la colección de Spangenberg, unas 200 piezas adquiridas en París antes de la II Guerra Mundial, fue donada al Estado en 1956.
Tres hermanos
“Un tiempo que no es el del pasado. Es el de la memoria. La memoria hace espacio. Un espacio que recuerda, absorbe el afecto y colapsa al tiempo. La materialidad sostiene lo real, la huella y el recuerdo”. El texto lo escribió Cecilia Tello D’Elia, curadora de la muestra Arquitectura, memoria, afecto y espacio, y es muy elocuente de su contenido. En esta exhibición, se vincula la historia de la familia Ortiz de Taranco con la de la casa familiar, el entorno de la plaza Zabala y con la historia de los inmigrantes que llegaron al Río de la Plata.
La familia Ortiz de Taranco era originaria del Valle de Mena en la provincia de Burgos, España, y luego se mudó a La Coruña. Allí Hermenegildo se casó con Juana Vidal y Souto y tuvieron tres hijos: José, Félix y Hermenegildo. Aunque fueron exitosos en los negocios, la historia de los tres hermanos tiene sus ribetes tristes, que se cuentan a través de cartas exhibidas en la muestra. El padre decidió enviar a sus hijos a América del Sur antes de los 15 años para que no tuvieran que enrolarse en el Ejército, y murió sin ver nunca más a dos de sus hijos.
Tirador en bronce del Palacio Taranco.
Javier Calvelo/adhocFOTOS
Los hermanos comenzaron a abrirse camino con muy pocos recursos, pero tenían gran visión para los negocios. Entonces fundaron la empresa Taranco y Compañía hacia 1885, y llegaron a tener una gran fortuna. A fines del siglo XIX, les encargaron a los arquitectos franceses Charles Louis Girault y Jules León Chifflot la construcción de una residencia familiar en tres plantas en la plaza Zabala, donde habían estado primero el Teatro de Comedias y después el Teatro San Felipe.
La familia vivió en esa casa hasta la muerte de Félix en 1940, que era el único que se había casado y había tenido siete hijos. Su viuda, Elisa García de Zúñiga, fue quien vendió la casa en 1943, con el mobiliario incluido, al Estado, y además donó su importante colección de arte europeo para que integrara lo que fue el Museo de Artes Decorativas, que se inauguró en 1972.
Planos que llegaron de Francia en el subsuelo del Museo de Artes Decorativas.
Javier Calvelo/adhocFOTOS
En la muestra aparecen los planos y las acuarelas que los arquitectos enviaron desde Francia. Hay un catálogo de su compañía, un programa hecho en seda del Teatro San Felipe y una reproducción en 3D, hecha por el artista Fernando Foglino, del Taranco Chico, el palacio destinado a Hermenegildo, quien se enamoró de una vedette francesa casada y convivió con ella en esa residencia. “No se trata de un simple modelo reducido, sino de un artefacto extraño que cambia nuestra relación con el mundo. Toda maqueta supone que el edificio existe en otra parte. Al volver pequeño un objeto lo volvemos poseíble por la imaginación”, escribió el artista en la base de su Taranco Chico.
Hay muchas fotografías de la plaza Zabala en épocas del Teatro San Felipe, de los inmigrantes, de la isla de Flores, donde enviaban a hacer cuarentena por la fiebre amarilla. Es una muestra que con pocos detalles dice mucho de una familia, de una casa y de su época.
A enfocar la mirada
La muestra tiene un gran montaje, a cargo de Niklaus Strobel y Martina Larrea, la coordinación general de Bustelo y la curaduría de Georgina Torello y Riccardo Boglione. El resultado es original, divertido, didáctico y sustancioso en su contenido. Se llama ¡Estereomanía! Imágenes tridimensionales en Uruguay (1860-2025), un verdadero viaje con la mirada a través de los primeros daguerrotipos del siglo XIX, de los dispositivos estereoscópicos que mostraban las imágenes en relieve y de fragmentos de cine en 3D. La muestra reúne parte de la colección de Boglione y Torello, que además de investigadores son coleccionistas, y algunos objetos que pertenecen al Museo Histórico Nacional, como un estereoscopio de mesa.
“Atención: la visión tridimensional requiere unos segundos de ajuste. Al relajar la mirada, las dos imágenes se fusionarán espontáneamente hasta revelarse como una sola escena en profundidad”, dice un cartel que invita a mirar a través de aparatos instalados en la pared. Allí aparece, por ejemplo Diablerie: el banquete infernal, un daguerrotipo de 1873. Una verdadera pequeña obra maestra.
Dispositivos para ver en relieve en la muestra ¡Estereomanía!
Javier Calvelo/adhocFOTOS
“En 1838 el científico británico Charles Wheatstone construye el primer estereoscopio, dando un paso más en la búsqueda de una forma de representación hiperrealista, iniciada con la perspectiva renacentista: gracias a su aparato que ‘obliga’ a los ojos a fusionar en una única imagen dos dibujos o fotos ligeramente diferentes, se crea la ilusión de profundidad”, dice uno de los textos informativos. La estereoscopía llegó a Uruguay en 1850. “Para 1860, el medio conquista al público: todo tiene que verse en relieve. Vendidas por docena o individualmente, las estereoscópicas permiten poseer, en cada hogar, un fragmento de la realidad en tres dimensiones”.
En otro de los carteles se advierte que algunas fotos en 3D que se ven en los dispositivos son eróticas, ese fue de los primeros usos que se le dio a estos aparatos. Otro atractivo: en una vitrina, hay una serie de daguerrotipos que se iluminan cuando la persona se acerca.
Santiago Mazzarovich/adhocFOTOS
Y después está la zona dedicada al cine en 3D. Hay sillas para sentarse y lentes a disposición para ver fragmentos de películas, entre ellas: Bwana, el diablo de la selva (1952), Terror en el museo de cera (1953), La llamada fatal (1954), Viernes 13, parte III (1982), Tiburón (1982), Avatar (2009) o X Men: Apocalipsis (2016).
¡Estereomanía! tiene un montaje apto para trasladarse y posiblemente se convierta en una muestra itinerante que después de marzo de 2027 viaje hacia otros barrios o ciudades.
“Fue un gran trabajo de la Dirección de Infraestructura del Ministerio de Educación y Cultura, con la empresa Molidor y el estudio Collet Lacoste, la misma que restauró la catedral”, dice en el final del recorrido Malosetti, contenta con los resultados.
Hay que ir a visitar el Museo de Artes Decorativas por las nuevas propuestas en su subsuelo, pero también para pasear por su jardín y recorrer sus salones. Para viajar en el tiempo.