Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQuiero compartir el contenido de estas líneas con Ud. y con los lectores del semanario, en un tema social y cultural, en fin, político, que puede contribuir a develar, a despejar oscuridades, encerronas, muros que limitaban mi sentir y mi pensar. (Y esto puede pasar con otros muchos). Esos efectos indeseables me afligieron, oscurecieron mi intelecto, no encontraba forma de salir del atolladero y mi alma aún se muestra opacada con esos contenidos.
Estas líneas procuran dar noticia de una lectura, Se trata de un libro de Theodor W. Adorno, su título “Introducción a la dialéctica”. En él, recién leídas solo cincuenta páginas, encontré líneas esclarecedoras para vislumbrar algo nuevo en materia de ubicación política y cultural, llaves para entrarle a una realidad nacional espinosa y desalentadora.
El autor pertenece al círculo marxista de Fráncfort, donde escribieran Horkheimer, Adorno, Marcusse y otros ensayistas.
Transcribo del Prólogo: “En 1949, después de largas discusiones y consultas y unos quince años de exilio, Max Horkheimer viajó de Estados Unidos a su país natal. (…) De regreso a Los Ángeles, en el barco, escribió a su más estrecho colaborador, Theodor Adorno: ‘Los hombres deben forzar a los hombres a forzar la naturaleza, de lo contrario la naturaleza forzará a los hombres. Este es el concepto de sociedad. Nuestra tarea específica es la de reconocerlo con precisión en sus condicionamientos, pero sin el espíritu postulado por Hegel’”.
Hegel, arrastrado por la noción de espíritu absoluto, de saber absoluto, disloca la dialéctica como instrumento dinámico, flexible, que procura “mover los conceptos” y no quedar embretado en ellos, como entre muros de confort intelectual que Adorno cuestionó desde la necesidad de una dialéctica “abierta”, no machimbrada en la identidad, en el borramiento entre sujeto y objeto, en una sofística que culmina en un ojo divinizado y místico, como paradigma de pensamiento. Esto es: una “dialéctica no idéntica”.
“En Hegel el tránsito al espíritu absoluto había puesto en entredicho la supervivencia de esta dinámica y, en última instancia, de la dialéctica misma”
“Desde entonces y hasta su muerte en 1969, Adorno nunca dejó el trabajo de la docencia. Estética, Filosofía Moral, Idealismo, Nietzsche, Bergson, Husserl, fueron parte principal de sus temas”.
“Las lecciones completaron el abanico de su reinserción filosófica en la Alemania post Hitler”.
“El camino de la influencia planeada sobre los estudiantes alemanes terminaría no siendo el imaginado y desde entonces ha recibido gran cantidad de interpretaciones. Quedan en el pensamiento de Adorno varias huellas políticas que lo señalan, y hay quienes las pisan y quienes no”.
“En numerosas variaciones vuelven los mismos ejes: la dialéctica como el modo de un dar cuenta de lo no-idéntico en el pensamiento, el enfrentamiento con el positivismo y la metafísica, la totalidad que hay que negar por ser agente del sistema y espejo de la totalidad social, la desarticulación de toda posibilidad de una filosofía primera…”.
Evocaba al leer estos conceptos nuestros vaivenes políticos en que se procura alcanzar una suerte de identidad totalizante, donde hay una exhortación a alinearse en el bando de los hombres nobles y buenos, que son quienes detentan el saber y el poder. En esa convergencia, Adorno rechaza la ideología como instrumento no útil para un mayor avance en el conocimiento.
Con estos presupuestos teóricos Adorno chocaba, chocó, con el materialismo histórico y dialéctico, credo vigente en la Unión Soviética, en un tiempo de juventud sesentista, tiempo de un aromar idílico que empieza a oler a naftalina ya, y que no obstante pervive en muchas izquierdas que se han hecho gobierno en América Latina. Esos pensamientos que dan sustentabilidad doctrinaria a esos gobiernos (también al nuestro) dan muestra de una segunda versión de la dialéctica, la materialista, que enuncia que las condiciones materiales de la existencia son convertidas en un “primero absoluto”, en un embuste propagandístico, “pues en ese discurso ya está negado el principio dialéctico del devenir”, de la dinámica que recorre a la verdad, de atender a lo que altera el concepto de absoluto, de eterno, de divino, divisa de los poderosos que recusan el devenir… y que descalifican a quienes se ocupan de las tonterías, que son precisamente quienes atienden a las exageraciones que apuntan a la negatividad dialéctica del ser.
Juan Carlos Capo