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    “La batalla cultural en la empresa” (II)

    Sr. Director:

    Las columnas de Guillermo Sicardi son extraordinarias, algunas de ellas joyas para guardar. En gran parte por estar muy bien escritas, pero principalmente por el formidable coraje y vigor que despliegan para expresar lo que muchos piensan, pero muy pocos se atreven a decir en voz alta por la patética pleitesía a la corrección política.

    Lo que más llama la atención al leer sus columnas es que exista la necesidad de proponer como ideas originales aquello que no solo tiene coherencia y solidez teórica, sino que está palmariamente laudado por más de 100 años y 1.000 casos de incontrastable realidad.

    Es una verdad innegable que el empresariado nacional (y latinoamericano) le ha sacado el cuerpo a su misión histórica de contribuir al cambio cultural, tal como lo desarrolla Sicardi en su columna de la semana pasada.

    Hace unos cuantos años, siendo vicepresidente de la CIU, junto con Diego Balestra en la presidencia, en varias oportunidades discutimos la necesidad de “dar la batalla ideológica” (entiéndase: no partidaria, sino cultural), pero nunca pasó a ser una iniciativa concreta por la inercia intelectual de nuestros colegas, muchos de ellos conformes con el status-quo a pesar de la permanente actitud pública de queja.

    Con esa idea en mente —tal como apunta Sicardi— fue que Balestra planteó y logró la constitución de la Confederación de Cámaras Empresariales. Todavía no hemos visto nada en esa dirección y lo más probable es que no lo veamos nunca.

    Somos pocos los valientes (o inconscientes) dispuestos a ser mal vistos, a perder amigos, a arriesgar vínculos familiares para defender la idea de que el capitalismo es algo muy bueno, responsable principal del progreso humano, y que el socialismo es una idea perniciosa que solo conduce a la miseria material y espiritual. Y esto —Sicardi, yo y unos pocos más— estamos dispuestos a defenderlo con argumentos. El capitalismo (por supuesto, liberal, en un contexto de democracia y libre mercado) no solo es infinitamente más eficiente en la consecución de los fines sociales, sino también —y esto casi nunca se ha debatido— muy superior en la dimensión moral.

    Latinoamérica ha perdido varios trenes para subirse al verdadero progreso y los seguirá perdiendo mientras no cambie su equivocada visión del mundo.

    Las posiciones de los países en el tablero económico mundial dependen en principal medida de qué visión de mundo tiene la mayoría de su población, la cantera donde se genera el empresariado que tirará del carro con más o menos fuerza.

    Europa inició la revolución capitalista y la aprovechó hasta que el Estado de bienestar los adormeció de tal manera que hoy ya casi no juegan el partido. Estados Unidos estuvo largamente a la cabeza de la innovación y el poder empresarial que todavía dura, pero ya se nota un viraje de largo plazo hacia ideas que antes eran tabú y que señalan el inicio de la decadencia.

    En conversaciones con empresarios chinos, hablando sobre la mentalidad de nuestros países, me miraban sorprendidos y preguntaban: “¿Qué les pasa a ustedes? ¿Todavía creen en el socialismo?”.

    Es la hora de los empresarios chinos, coreanos e indios exactamente por esa razón. Tienen claro cuál es el motor que mueve el mundo.

    En Uruguay todos, aún los no votantes del FA, somos de alguna manera socialistas. Lo tenemos en los huesos. Nos han enseñado desde chicos que el socialismo es algo intrínsecamente bueno y el capitalismo algo deleznable. Y nos lo creímos. Décadas de evidencia en contrario no nos mueven un milímetro las convicciones.

    Estamos compitiendo contra nadadores olímpicos que se zambullen de cabeza y antes de tocar el agua ya están braceando con entusiasmo, mientras nosotros ponemos un dedito del pie en el agua a ver si no está demasiado fría.

    Hacemos lo que hay que hacer, es cierto —no se puede ignorar totalmente la realidad—, pero a regañadientes, con 1.000 peros y tratando de buscar excusas que nos justifiquen si, horror de los horrores, llega a irnos bien y hacemos algo de dinero.

    Reconozcámoslo de una vez, amigos. Si no abrazamos el capitalismo liberal con entusiasmo, siempre vamos a perder la carrera. No se puede ser exitoso en algo en lo que no se cree. Es así de fácil. Esa es la transformación cultural que necesitamos.

    Hugo Donner

    CI 1.224.202-6