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María Elena nació en Buenos Aires en 1930 y murió en la misma ciudad en 2011. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes argentina y a los 15 años empezó a publicar poemas en medios de prensa. Otoño imperdonable fue su primer libro, publicado en 1947. En España cantó en el dúo Leda y María, junto a la folclorista Leda Valladares, y grabó discos en París.
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En los años 60 se dedicó a escribir guiones para cine y produjo música que se empleó en películas de la época. Escribió obras teatrales, como Canciones para mirar (estrenada en 1962 en el teatro San Martín), Doña Disparate y Bambuco. Esa década fue floreciente y le permitió publicar sus obras clásicas: además de las cuatro que se reeditaron este año, Cuentopos de Gulubú y Versos tradicionales para cebollitas. Más tarde llegaron Chaucha y Palito, Manuelita ¿dónde vas? y Canciones para Mirar.
El escritor Leopoldo Brizuela elogió la obra de Walsh: “Lo escrito por María Elena configura la obra más importante de todos los tiempos en su género, comparable a la Alicia de Lewis Carroll o a Pinocho; una obra que revolucionó la manera en que se entendía la relación entre poesía e infancia”.
Ciudadana Ilustre de su ciudad desde 1985, entre los premios que recibió figuran el Municipal de Poesía, el Gran Premio de Honor del Fondo Nacional de las Artes y el Highly Commended del Premio Hans Christian Andersen, así como el Gabriela Mistral de Chile. Su obra se tradujo al inglés, francés, italiano, sueco, hebreo, danés y guaraní.
Walsh defendía con fuerza sus ideas y llegó a salir en defensa de una letra: la eñe. Fue en 1996, en el diario La Nación. “¡No nos dejemos arrebatar la eñe! Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación y admiración. Ya nos redujeron hasta el apócope. (...) Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño, pero menos ñoño de lo que parece. (...) La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos para no añadir más leña a la hoguera donde se debate nuestro discriminado signo. (...) La eñe también es gente”.