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    “Las palabras adecuadas”

    Sr. Director:

    En el semanario del 25 de febrero pasado, el Prof. Rodolfo Fattoruso escribe una excelente columna que titula Las palabras adecuadas.

    Nos dice que Aristóteles nos enseñó a usar debidamente la palabra. Esto es, a pensarlas, y más adelante, que Santo Tomás, al comenzar a tratar la metafísica de Aristóteles, solo con la asistencia de la gramática puede adentrarse en el discernimiento ontológico, es decir, en la teoría del ser y de la existencia.

    Lo que sigue, puede ser tomado como una crítica, pero, aún si lo fuera, las críticas entre dos personas que guardan entre sí una respetable amistad, se vuelven un enriquecedor diálogo, y un punto de encuentro. Y queda aún que los dos estemos situados en distintos universos, en cuyo caso, ambos podríamos tener razón.

    ¿Acaso las palabras se piensan? No, de ninguna manera, así como todos respiramos, nadie piensa en la estructura y funcionamiento del oxígeno.

    Las palabras brotan como aludes sin pausa, una tras otra, sin que el que las pronuncia tenga en cuenta la sanidad idiomática.

    Y en cuanto a Santo Tomás, nada digo, y dejo que el silencio opere como lenguaje suplido, el que, ante la dimensión de su ausencia, oriente al lector en mi posición sobre el punto.

    Considero que debo de situarme, primero, en las disquisiciones del ilustre columnista, que a mi entender consisten en cuestiones predominantemente formales, y luego de ello, exponer mi posición.

    Para abordar el tema, es imprescindible comenzar por lo más general, esto es, la lingüística, que tiene dos ramas especiales: por un lado, la etimología, que trata del origen de las palabras, y, por otro, la semántica, que trata el significado de las palabras. Si bien se ve, la primera de ellas está al servicio de la segunda, en cuanto le ayuda a obtener el significado.1

    A su vez, la gramática no es una ciencia que maneje elementos vacíos, sino que por el contrario ordena, conduce y posibilita la significación misma, pero no está formada por esa significación.

    Las palabras deben adquirir el color ambiental de su residencia, de modo que, si se ubica en el mundo de la literatura, o de la filosofía, asume una proyección, distinta a la que se ubica por ejemplo en el mundo de lo jurídico.

    Hace ya mucho, la Real Academia definió a la gramática como “el arte de hablar y escribir correctamente”, concepto desde hace mucho rechazado, básicamente porque no se trata de un arte, sino de una ciencia.

    Augusto Cortina ofrece desde el laboratorio de su cátedra, una definición de la gramática, diciendo que “es la ciencia que estudia las oraciones y la función oracional de la palabra, como asimismo su flexión y composición”.

    Las normas de la gramática se usan ininterrumpidamente. Pero nadie —o casi nadie—piensa en ellas. En realidad, estas especies del género lingüística operan como una estructura, es decir, como un sistema en el que el valor de uno depende de su relación con los demás.

    Pero ahora la verdadera pregunta es qué provocarán las palabras o la lectura al oído del oyente.

    Por más que el autor domine a la perfección la distinción entre el vocablo unívoco, equivoco y análogo, ¿cómo impactan en su alma?, ¿qué emociones le provocan?, puesto que, si ninguna, falta la comunicación, y, si al contrario, le impactan, se puede establecer el diálogo, que en definitiva es el punto de encuentro, entre el autor y el lector u oyente.

    Al punto nos detendremos en la expresión de un pensamiento: “Decir las cosas bien, tener en la pluma el don exquisito de la gracia y en el pensamiento la inmaculada linfa de luz donde se bañan las ideas para aparecer hermosas, ¿no es una forma de ser bueno?... La caridad y el amor ¿no pueden demostrarse también concediendo a las almas el beneficio de una hora de abandono en la paz de la palabra bella; la sonrisa de una frase armoniosa; el beso en la frente de un pensamiento cincelado; el roce tibio y suave de una imagen que toca con su ala de seda nuestro espíritu?” 2.

    Aquí se nos habla de un requisito de las palabras, que además de pensantes deben tener gracia, ser hermosas y armoniosas. E insiste: “Si nos concedéis en forma fea y desapacible la verdad, eso equivale a concedernos el pan con malos modos. De lo que creéis la verdad ¡cuán pocas veces podéis estar absolutamente seguros! Pero de la belleza y el encanto con que lo hayáis comunicado, estad seguros de que siempre vivirán. Hablad con ritmo; cuidad de poner la unción de la imagen sobre la idea; respetad la gracia de la forma ¡oh, pensadores, sabios, sacerdotes! y creed que aquellos que os digan que la Verdad debe presentarse en apariencias adustas y severas son amigos traidores de la Verdad”.

    Agrega pues que las palabras, deben tener belleza, encanto y ritmo. Exige, o mejor ruega, que las palabras sean usadas con gracia y hermosura. Con ello ingresa al campo de la estética, incursionando en la disciplina filosófica que estudia las condiciones de lo bello en el arte y en la naturaleza.

    Existirá contradicción o complementariedad entre los aspectos que cada uno plantea. No lo sé, pero sí me adviene el recuerdo de Lord Chesterfiel: “Antes de discutirte me han orientado tus palabras”.

    Hugo de los Campos

    Doctor en Leyes y Ciencias Sociales

    1) Introducción a la ciencia del significado, Madrid, 1965, pág. 3.

    2) José Enrique Rodo. Obras completas.’