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    “Me he dado cuenta de que es el cuerpo el que pone muchas veces en marcha el relato”

    Sus cuentos son de un realismo tan descarnado como atractivo. Por ellos transitan personajes reconocibles por su vida normal y apacible, y también por su anormalidad, sus conductas inesperadas, sus bondades y mezquindades. En uno de sus relatos, una mujer guarda en un frasco el tumor que le extirparon del útero y lo empieza a cuidar como si fuera una planta. Y toda la situación guarda una bella e inexplicable poesía. Otra mujer asume la incómoda tarea de cuidar a su exmarido enfermo, a quien hace 20 años que no ve, y en su interior crecen el desagrado y algo parecido al amor. Una madre y abuela se da cuenta de que sus manos ya no son las suyas, y un abuelo vuelve a su pueblo con su nieto para que conozca la historia que ocultó durante más de 60 años. Los personajes pueden llamarse Ixabel, Arantza, Agnès, Yves, Izadi, Gorka. La autora se llama Eider Rodríguez (Rentería, 1977), nació en el sur del País Vasco, pero desde hace 14 años vive entre dos lenguas y dos países en Hendaya, un pueblo costero y fronterizo, escenario de varios de sus relatos. “Me peleo conmigo misma para no leer solo escritores anglosajones, porque tiendo a ese realismo y esa manera de escribir. Me autodisciplino bastante para leer lo que se escribe en otros continentes y en otras lenguas”, dice Rodríguez a Búsqueda en entrevista por Zoom desde Hendaya.

    Entre esas influencias potentes está Alice Munro y Raymond Carver, pero en la conversación surgen sus relecturas de Julio Cortázar, de Marguerite Duras, de Albert Camus, de Jamaica Kincard. En 2004 Rodríguez publicó su primer libro Y poco después ahora, al que siguió Carne (2007) y Un montón de gatos (2010) y finalmente Un corazón demasiado grande (2017), que en 2018 recibió los premios Euskadi de Literatura y Euskadi de Plata. Este último título llegó recientemente a Uruguay publicado por Literatura Random House. Rodríguez es licenciada en Publicidad y tiene un doctorado en Literatura y Cine, y desde hace 12 años enseña Lengua y Literatura en la Universidad del País Vasco. Escribe en euskera, y ella misma traduce al español sus propios textos. La pandemia la ha encerrado en Hendaya, donde están cerrados bares y restaurantes y hay toque de queda a partir de las 18 horas. Por otro lado, le ha permitido escribir un relato largo, seguramente su primera novela.

    —¿Cómo es Hendaya?

    —Es un pueblito costero fronterizo con España, un lugar muy, muy tranquilo, que está en la parte norte del País Vasco, cerca de San Sebastián, y pertenece a Francia. En verano es muy turístico y llega a tener unos 20.000 habitantes, en invierno está muy desolado. El río Bidasoa es una frontera natural que delimita la parte española y francesa, y también las une. Como todos los lugares fronterizos, Hendaya tiene cierta extrañeza, tiene algo de no lugar. No toda la gente está enraizada, muchos llegaron de paso, pero se quedaron por un motivo u otro. En algún momento el río sirvió como paso de contrabando. Hoy también se concentran en esta frontera muchos migrantes, sobre todo africanos. Es un punto caliente, como lo fue durante la guerra civil cuando la gente se exiliaba aquí. Para los migrantes es un lugar clave porque desde aquí intentan llegar a Europa y quizás estar con su familia que vive en Francia. Pero se les hace imposible, hay una caza de migrantes aquí en la frontera. Cuando voy a trabajar los veo, son chavales y chavalas que llevan tal vez un periplo de un año y medio queriendo llegar a Europa.

    —Vivir entre dos idiomas debe ser otra extrañeza de la frontera…

    —Es curioso, en mi familia, ni mi madre ni mi padre, ahora fallecido, hablaron nunca euskera, salvo palabras sueltas. Mis abuelos paternos sí que lo hablaban. Durante el franquismo la generación de mis padres fue la que perdió el idioma. Después sus hijos lo aprendieron en la escuela. Yo lo aprendí a los tres años, y soy bilingüe. Para mí el euskera es mi lengua literaria, pero vivo en ambas lenguas, y ahora en una tercera desde que vivo en la zona francesa. Pero aquí soy una extranjera, da igual el idioma que hable. Cuando cruzo la frontera a trabajar del lado español soy otra persona. Ando saltando de una lengua a otra, y cuando das esos saltos, te conviertes en otra persona para ti misma y para el resto del mundo.

    —En la breve biografía que aparece en la solapa del libro mencionás a tus padres. ¿Por qué te pareció importante incluirlos?

    —Me parecía interesante nombrar qué tipo de familia tuve. Una familia trabajadora, culturalmente muy básica, pero que apostó a la educación para sus hijas. El mero hecho de nombrar de dónde vengo puede ayudar a entender mejor lo que escribo. Hubo una época en la que se quería matar al autor y solamente quedaba el texto. En otras épocas importaba más la biografía. Ni una cosa ni otra, toda esta locura o mixtura de lo que somos es importante ponerla sobre la mesa para que se puedan interpretar algunas claves de la obra.

    —Entre esas claves está la clase media vasca, un poco venida a menos…

    —La clase media en la que yo he nacido y crecido, con todas sus diferencias internas y contradicciones, es cada vez más difícil de aprehender. Y a mí me interesan las contradicciones en general. Allí hay una cantera en la que se puede entrar con un casco y un pico y extraer una amalgama de situaciones. La pregunta sería: ¿Qué es la clase media ahora?

    —¿Desde el punto de vista literario te genera alguna dificultad traducir tus propios textos del euskera al español?

    —La verdad que ninguna, me ha resultado muy placentero y fluido, salvo con alguna palabra. Busco el español de mi zona, que no sea ni muy elevado ni muy castizo. Tal vez por eso me reconozco completamente en esa traducción.

    —Además de cuentos escribiste ensayos, ¿cómo te resulta ese género?

    —Me considero una narradora, pero a veces se interponen en el camino otros temas que no se pueden tratar en literatura creativa. El ensayo es el género que más me cuesta porque no soy una buena pensadora. Igual me gusta eso de masticar durante mucho tiempo las ideas hasta sacarles todo el jugo. Escribí tres ensayos, pero no tienen nada que ver uno con otro en su temática, y los tres me han aportado mucho a la escritura creativa. Uno es sobre la evolución de las imágenes marinas en las obras de un escritor vasco, Joseba Sarrionandia (El mar es el único camino). También tuve un libro de correspondencias con Belén Gopegui acerca del poder de la literatura en lugares de conflicto. Más que un ensayo, son cartas en las que reflexionamos sobre lo que puede brindar la literatura en esos lugares donde se está matando la gente. El último que he escrito se llama El cuerpo de las escritoras. Intenté dar ejemplos de cómo es diferente escribir desde un cuerpo joven o viejo, desde el cuerpo de una madre heterosexual o desde el cuerpo de un hombre. Es una obsesión mía que volqué a un ensayo. Me interesa indagar cómo el cuerpo se desliza al texto y también a la lectura, a la recepción de la obra.

    Ha sido después de comer. Ha sentido un picor y se ha soltado el último botón de la camisa, es cuando ha visto que tenía el ombligo enmohecido. Moho que aún no es azul, sino una especie de pelusilla blanca, como aquellos dientes de león que nos gustaban tanto de niños. Así ha pasado un minuto, mirándose el ombligo y soplando; pero nada, no se va.

    —Los cambios corporales, la pérdida de algún miembro, el deterioro físico son temas habituales en tus cuentos. ¿Es parte de esa obsesión?

    —Esos temas surgieron como algo natural y me he dado cuenta de ellos cuando en las entrevistas me lo han hecho notar. Sí, el cuerpo está muy presente en mis relatos, incluso cuando algún personaje pierde una parte, como una muela, o cuando otro personaje no reconoce sus manos. Me he dado cuenta de que es el cuerpo el que pone muchas veces en marcha el relato. Tiene que ver con mis obsesiones, con lo que te decía desde donde se escribe y qué repercusiones tiene en el texto y en quien lo lee. Pero también influyen las lecturas que he hecho. Para mí fue muy importante Marguerite Duras, a quien nunca paro de releer. Con ella entiendo realmente lo que es escribir no sobre el cuerpo, sino desde el cuerpo. Al final el texto es como una expansión que está en contacto con otros seres humanos, como un ADN de cuerpos. Sale de mí, pero lo lees tú, te hace un pequeño eco, me haces una entrevista y cuando se publica lo lee otra persona, pasa a otro cuerpo.

    Hoy en día, esos a los que llaman homosexuales se han adueñado de esta parte de la playa; tan pronto extiendes la toalla se tumbará a tu lado algún culo estrecho de pecho adolescente. De cualquier manera, siempre ha sido un lugar sin igual para ver mujeres tersas y sacar provecho de esas que con ojos viscosos y dientes a puñados proclaman “¡Es natural!”.


    —En general el punto de vista de tus relatos lo tienen los personajes femeninos, pero en esta edición de Un corazón demasiado grande se incluye un cuento, Carne, que está narrado por un hombre, en principio bastante desagradable. ¿Tiene un significado especial la elección de ese personaje?

    —Cuando publiqué mi primer libro me preguntaron mucho si lo que yo hacía era literatura femenina. Ahora han cambiado las cosas, pero en ese libro del 2004, en el País Vasco no éramos muchas escritoras, ahora somos unas poquitas más. Entonces me preguntaban mucho por qué los personajes eran femeninos, y yo me ponía muy a la defensiva, no tenía ninguna experiencia como entrevistada y me parecía muy violento hablar sobre mis relatos en público. Lo pasé muy mal, me enfadé con todos los periodistas con los que estuve, los odié (se ríe). Luego en el otro libro de relatos que se tituló Carne, me propuse escribir un relato en una primera persona que correspondiera a un hombre. Fue una reacción, luego se me pasaron esas tonterías. Ahora escribo lo más libremente posible. Me parece genial ponerme en los zapatos de otra persona, en ese caso, en los de un hombre no muy amable ni agradable, porque llegas a materializar ciertos sentimientos. El verdadero diálogo surge con personas que no piensan igual que nosotros. En este caso, este hombre me dio esa oportunidad.

    Golpeé la puerta, dos, tres veces. Silencio. Abrí y la oscuridad se me atragantó: las ventanas y contraventanas estaban cerradas, el ambiente allí no era el del resto de la casa, olía amargo, a no ventilado, a húmedo. Sentí un ligero desengaño. Pero había algo más. Había alguien. En la cama. Fue un golpe de carne.

    —Raymond Carver decía que para él la tensión en el cuento surge de una amenaza, de sentir que en la historia algo va a ocurrir, que algo está dormido y va a despertar. ¿Se aplica esta idea a tus cuentos?

    —Claro, tengo esa idea del cuento y me gusta mucho Carver. Siempre escribo sobre lo que a mí me inquieta, y si me inquieta tengo posibilidades de que le suceda lo mismo a otra persona. Muchas veces lo que busco es entender qué es lo que me resulta turbio u oscuro, lo que no encaja. Mis relatos suelen ser el resultado de esa búsqueda. Trato de crear una sensación en la persona que lee, cierta intriga, incluso doméstica. En mis cuentos no pasan grandes cosas, pero intento que quien los lee se mueva un poquito, que se pueda meter en los pantalones o en las faldas de algún personaje y sentir que algo se desacomoda.

    — “La vida cotidiana volvió como un tanque”, dice una frase hacia el final de Un corazón demasiado grande. ¿Sentís que la rutina es lo peor que les pasa a tus personajes?

    — No somos una rayita entre la fecha de nacimiento y la muerte. Entiendo que el arte es algo que ayuda a discernir entre la vida y la existencia. Estamos siempre en la rueda del hámster dando vueltas, y entonces un relato, un cuadro, una película o una canción tiene que valer para meter un palo en esa rueda que es la rutina, la vida cotidiana, la agenda. En mis relatos pongo el palo en la rueda del hámster. No suceden grandes acontecimientos y mis personajes son muy vulgares, pero en su normalidad son muy anormales. Porque en eso solemos decirnos una gran mentira. ¿Alguna vez has conocido a alguien normal? Eso es lo bonito de la vida y del ser humano, cuando rascas un poquito y sale el caos, las contradicciones, los prejuicios o las extravagancias. Todo eso me fascina y sobre eso me gusta escribir.

    —El cuento Lo que se esperaba de mí está escrito como un diario y más que la vida de la protagonista parece el retrato de una época. ¿Quisiste retratar a tu generación?

    —Intenté que no fuera un retrato personal, sino de una franja generacional del País Vasco, sobre todo del lado en que nací, Rentería, que es otro país, no tiene nada que ver con Hendaya, aunque está cerca. En el cuento hay un cuerpo que va cambiando, es el de una niña que se siente niño, y también va cambiando su forma de pensar y de actuar, y sobre todo cambia la mirada de sus padres, qué espera la generación de sus padres de ella. También hay otros conflictos más velados. Están los otros niños identitariamente diferentes porque no han aprendido euskera. Con ellos teníamos una rivalidad, eran distintos, eran “los otros”. También nosotros éramos “los otros” para ellos. Es la generación que creció en los años 80-90, esos años dejaron un gran pozo, fue muy turbulenta por las drogas, por la política, por la violencia, me pareció una buena manera de retratarla a través de los ojos de una niña.

    Tras mirar a izquierda y derecha, se cubre la cabeza con el palestino que lleva al cuello y sale corriendo de la farmacia. Ha comprado el Gara en el kiosco y lo guarda en la carpeta que lleva para ese fin. Una patrulla de la Ertzaintza realiza su ronda rutinaria, y pasa al lado de Idoia. Ella se refugia en un portal, lee y vuelve a leer los nombres y apellidos de los vecinos en los timbres, como si buscara a alguien.

    —En el cuento Actualidad política, el conflicto en el País Vasco aparece a través de la locura de su protagonista. ¿Es difícil tratar estos temas de forma explícita o es una opción literaria?

    —Me interesa mucho la política, no solo de aquí, sino también la política internacional. No soy ninguna experta, pero he leído mucho. Cuando quise hincarle el diente al llamado “conflicto vasco”, no encontré una manera mejor de retratarlo a través de ecos, tratando las ondas expansivas que provenían de ese conflicto, pero no con los miembros de ETA ni con la policía ni con los políticos. El conflicto vasco nos empapó a todos, pero yo no me siento con la legitimidad de hablar desde un lugar central. Sí puedo contarlo desde un lugar más marginal, que es en el que yo estaba, y que también fue afectado. Me gusta leer sobre ese tema y creo que todavía se puede escribir y complejizar el relato de lo que sucedió porque a veces ha sido muy simplista. La literatura ayudó a complejizarlo.

    Cada vez que hay lentejas o algún potaje o sopa tiene que hacer un esfuerzo tremendo de concentración para evitar mirar a su padre y llevarse la cuchara a la boca. La cuchara viviente, los ojos nublados del padre, y ella allí; oye caer el líquido, y cuando choca contra el plato, imagina la camisa azul del padre salpicada de marrón.

    —Tus cuentos son muy visuales, a veces mostrás a tus personajes a través de gestos o situaciones a través de objetos o detalles. ¿Cuánto influye el cine en tu escritura?

    —Hice un doctorado en cine y más que interesarme como materia de estudio, me gusta mucho disfrutarlo y por supuesto que he visto muchísimo cine. No sé si es por eso, pero cuando escribo primero veo y después relato. Claro que también pienso en las emociones que quiero provocar, pero hasta que no veo en mi cabeza lo que quiero contar no lo escribo. Y no es una técnica, es algo que me surge de forma natural.

    —Uno de tus libros de cuentos se llama Un montón de gatos, y en este libro hay otro llamado Gatos. ¿Los gatos son otra de tus obsesiones?

    —Me gusta tener gatos, pero no sé si soy muy cariñosa con ellos. Me gusta su presencia, tenerlos cerca, que se acuesten donde les dé la gana, pero creo que es algo más energético que de tacto o de piel. No les hago muchos arrumacos. Me atraen en general todos los animales y todo lo que tenga vida. En el cuento que mencionas se ven unos gatos que se aparean y se entienden; sin embargo, sus dueños, un hombre y una mujer, no llegan ni siquiera a comunicarse o tienen dificultades para hacerlo. En mis relatos siempre hay o bien animales o bien plantas. A través de ellos escribo acerca de nosotros.

    Vida Cultural
    2021-02-17T20:19:00

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