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    ¡No me digan gil!

    N° 2057 - 30 de Enero al 05 de Febrero de 2020

    El tango, que para el historiador Manuel Adet “es el mundo de los mitos y se entiende desde ese lugar”, ha provocado a lo largo de su historia sorpresas insólitas.

    Emile Cioran, que solía escuchar tangos, dijo que Naranjo en flor, uno de sus preferidos, era un tratado filosófico. Usó, para apoyar su opinión, tres líneas del exquisito poema de Homero Expósito: Primero hay que saber sufrir, / después amar, después partir / y al fin andar sin pensamiento.

    Lejos de esta cuasi sublime metáfora, pero afincado en ese mundo de los mitos como arquetipo menos romántico y más realista de una vida que el tango mueve de forma pendular, partiendo y regresando al punto inicial a la búsqueda de lo que ya no existe, está Las cuarenta, la obra ajena más admirada por Enrique Santos Discépolo:

    —Con el pucho de la vida apretado entre los labios, / la mirada turbia y fría, un poco lerdo el andar, / dobló la esquina del barrio y curda ya de recuerdos, / como volcando un veneno esto se le oyó acusar…

    Hay ciertos aspectos en este tango que merecen recordarse. Y apelo al verbo recordar porque el tema, que gozó en tiempos pasados de gran repercusión, hoy navega entre las aguas del olvido.

    Primero, el título. Según la mayoría de los entendidos, al endosarnos la letra el severo reproche de quien vuelve al barrio presa del desencanto, el desengaño y la desesperanza, semeja a aquel que jugando al tute, en una actitud decidida y final, canta “las cuarenta”, arriesgando ganar con las cartas que le han tocado y “jugándose la mano” en un último intento. El habla popular pronto modificó ese significado en la vida cotidiana: desde entonces, “cantarle las cuarenta” a alguien es, aún hoy, ponerlo en su lugar, mostrarle su disgusto, decirle lo mal que le cae.

    Luego —y para demostrarlo anida en el tango un verso: Aprendí en esta vida que hay que llorar si otros lloran, / y si la murga se ríe, uno se debe reír. / No pensar, ni equivocado, ¡para qué si igual se vive! / y además corrés el riesgo de que te bauticen gil…— aparece un vestigio del machismo imperante en la época, sin lirismo alguno. El personaje puede vomitar toda su depresión y puede, incluso, exhibir algún golpe que recibió de la realidad, pero jamás aceptará ese peligro: por desnudar su alma, los otros, mirándolo con pena y quizás sorna, le encajarán ese mote inaceptable para un hombre.

    Parece un tango hecho por veteranos de la vida, que han transitado desde una infancia difícil hasta una existencia llena de baches.

    Sin embargo, fue compuesto por dos veinteañeros, bohemios sí, pero sin demasiados dramas en su camino: la letra es de Francisco Gorrindo, el más cercano seguidor de Discepolín, y la música corresponde al guitarrista Roberto Grela.

    Grela, que siempre tocó “de oído” y fue de los primeros en usar púa de carey en sus ejecuciones, está considerado el mejor guitarrista del tango y, en su efímera reunión con Troilo, el responsable de que Pichuco, y no hay quien contradiga esta opinión, sacara lo mejor, lo más íntimo y conmovedor de sí mismo. Compuso también Viejo baldío, Callejón, A San Telmo, Color gris, Amarga despedida y, con Horacio Ferrer y Raúl Garello, la trilogía Celedonio Bécquer, Tristería y Danzón de la chiflada.

    Gorrindo, hijo de una familia de clase media, nochero y melancólico que siempre andaba de traje y moñita negra al cuello, pasó a la historia del tango, además de Las cuarenta, por un puñado de creaciones como Perdón de muerte —su primera letra, con música del marido de Mercedes Simone, que lo estrenó en 1931—, Vida perra, Triste domingo, Novia, Gólgota, La bruja y Paciencia, que Juan D’Arienzo convertiría en un éxito inmortal.

    Las cuarenta, el tango arquetípico del mito del regreso y del machismo, fue estrenado por Fernando Díaz a mediados de 1936 y a los pocos meses lo cantaron Mercedes Simone y Azucena Maizani. Si bien subsisten dudas acerca de las fechas, se acepta que la primera grabación —y para muchos la mejor versión— fue la de Charlo, en 1938.

    ¡Ha dado para tanto Las cuarenta!

    Cierro con algo divertido, disfrutable, quizás un exceso de imaginación causado por ese arquetipo que dibuja el tango. Manuel Adet no pudo desprenderse de la idea de que la escena inicial —Con el pucho de la vida apretado entre los labios…—, si hubiese pasado al cine, debería haberla interpretado Humprey Bogart.

    O, para no lastimar a los nacionalistas, Alberto de Mendoza o Lautaro Murúa.