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    ¡No podemos!

    Durante mas de 300 años, la historia de Hispanoamérica estuvo directamente ligada a la de España, que representaba el poder en todas sus dimensiones. Luego se produjeron las llamadas “revoluciones independentistas”, que según la opinión dominante significaron un corte tajante en las relaciones entre ambos mundos.

    Sin embargo no fue así. Basta con estudiar la historia de Hispanoamérica y la de España a partir de ese “corte” para comprender que las mismas siguieron cauces similares, caracterizados por la inestabilidad política, el atraso económico y el empantanamiento cultural.

    A la muerte de Fernando VII, en 1833, siguió en España un período caracterizado por varias guerras civiles (las guerras carlistas). En diez años (1844-1854), el país tuvo trece gobiernos. Sería la regla, no la excepción.

    El 19 de setiembre de 1868 estalló la Revolución Gloriosa. Isabel II fue despedida por una oleada de juntas revolucionarias, se formó un gobierno provisional, se llamó a elecciones generales y se aprobó la monarquía constitucional. Luego se importó un rey italiano (Amadeo de Saboya), quien después de repetir non capisco niente cada cinco minutos renunció en 1873 y se volvió a Italia, convencido de que España no tenía solución.

    En su abdicación, que comenzaba con el lúcido “conozco que me engañó mi buen deseo”, Amadeo insistió en que el principal problema de España eran los españoles y su incapacidad para ponerse de acuerdo en todos los temas.

    A esa altura, en el país había dos reyes enfrentados, partes del territorio estaban gobernadas por juntas revolucionarias y en el resto se libraba una tercera guerra civil.

    Hubo nuevas elecciones, se eligió nuevo Parlamento y se estableció la República federal. Los opositores proclamaron cantones independentistas, pasando España a sufrir tres guerras paralelas: una contra los cantonalistas (fuertes en Andalucía), una contra los carlistas (fuertes en País Vasco y Navarra) y una contra los rebeldes en Cuba. La Primera República duró menos de un año. El 3 de enero de 1874 la mató un golpe de Estado, volviendo al poder el general Serrano. Pero tampoco él pudo dominar la situación y se llegó a un compromiso: en diciembre de ese mismo año regresaron los Borbones en la figura de Alfonso XII, hijo de Isabel II.

    Durante El sexenio (1868-1874) España estuvo gobernada por tres monarcas, dos dictaduras, una Junta, el Parlamento, varios cantones revolucionarios y una república. Agobiado, Antonio Cánovas del Castillo, el principal político de la época, decía que españoles eran todos aquellos “que no pueden ser otra cosa…”.

    Y mientras en Hispanoamérica la política estaba dominada por el caudillismo (palabra de origen latino), en España regía el caciquismo (palabra de origen indígena). A ambos lados del mar dominaba el clientelismo, el fraude electoral, los arreglos bajo cuerda y el tráfico de influencias.

    La independencia política y la desconexión económica entre ambos mundos no pesaban. Lo que sí pesaba era la comunión cultural, es decir el hecho de que tanto en España como en Hispanoamérica regían los mismos valores culturales.

    En 32 años (de 1875 a 1907), España tuvo 38 gobiernos. Era una Bolivia cualquiera. En 1910, la mitad de su población adulta era analfabeta, dos de cada tres habitantes trabajaban la tierra y junto con Portugal, Italia y Grecia marchaba a años luz de Europa del Norte.

    Esta semana, los españoles vuelven a las urnas. La segunda fuerza del país es un grupo llamado Podemos. Podemos se inspira en el modelo bolivariano (sus líderes fueron consejeros de Hugo Chávez y recibieron más de ocho millones de dólares en honorarios) y en el peronismo argentino.

    Uno de sus dos máximos líderes, Íñigo Errejón, reconoció públicamente que se emociona “viendo el retrato de Evita” mientras que el otro, Pablo Iglesias, ha declarado varias veces que, para él, la doctrina de Perón es una gran fuente de inspiración.

    Para entender la historia es necesario dejar de lado los horizontes falsos que imponen las categorías políticas, institucionales y económicas. Una sociedad no crece y se desarrolla por sus estructuras políticas o sus riquezas naturales. Una sociedad solo se puede desarrollar si en su seno dominan los valores culturales que impulsan el crecimiento. El desarrollo está en la mente.

    El subdesarrollo también está en la mente. Basta con estudiar y comparar las historias paralelas de España e Hispanoamérica para comprenderlo.