En 1975 se subió a un barco rumbo a Francia y nunca más regresó. Esa es la forma más breve y rotunda de contar el viaje de ida de Gustavo Lanzaro (Montevideo, 1949), que tuvo, sin embargo, la riqueza de la aventura hacia un futuro desconocido. “No tenía problemas políticos, sino pulmonares, me ahogaba en Montevideo”, dice ahora al recordar las situaciones que veía a su alrededor en la dictadura y a las personas que escapaban por su militancia política. En París tuvo trabajos de todo tipo, se licenció en Literatura y Filosofía, enseñó español y escribió artículos sobre el fin de las ideologías, que publicó en el semanario Jaque de Montevideo y La Jornada Cultural de México. Su vínculo con Uruguay siguió siendo continuo a través de la familia y de los amigos escritores. Su primera incursión en literatura fue a través de la poesía y en 1992 publicó su novela El visitante (Arca). En 2007 apareció la segunda, El cantor de serenatas sin alma, que fue Premio Nacional de Literatura en 2007. Nunca se había publicado en Uruguay hasta que, en 2025, Alter Ediciones lo hizo con una preciosa edición. Su protagonista es un ser que llega a París, vive situaciones angustiantes, mientras se arma y se desarma a medida que conoce a otros seres tan rotos como él. En 2022 la misma editorial publicó su libro Los dones y otros cuentos. La literatura de Lanzaro transita por mundos reconocibles, pero no tanto, como si la realidad se hubiera movido unos grados e hiciera surgir lo extraño, a veces con momentos dramáticos, que se mira con curiosidad e ironía. En su breve pasaje por Montevideo, Lanzaro conversó con Búsqueda sobre su trayectoria y sus libros.
El cantor de serenatas del alma
—¿Cómo fue tu llegada a París?
—No fue nada fácil, sin embargo, con toda la mala fama de malhumorados que tienen los franceses, algo totalmente cierto, los gestos de humanidad que recibí desde que puse un pie allá no los olvido. También estaba mi hermano Jorge, que me apuntaló mucho. Pero los desconocidos que me veían solo y sin un mango, sin preguntarme nada, me ayudaron. El ambiente no estaba tan polarizado como lo está ahora, que es terrible. En 1975 a nadie en Francia se le pasaba por la cabeza poner en tela de juicio el principio de democracia, y lo que estaba pasando en América Latina los afectaba. Tenían anclado que la democracia y la República había que defenderlas. Y al ser humano.
—¿Tus primeros trabajos cuáles fueron?
—Cuando me fui había trabajado acá dos años en un juzgado, no tenía ninguna formación en particular. Entonces hice de todo, agarraba lo que fuera, hasta repartir panfletos o arreglarle el sótano a algún vecino. Iba tirando y podía vivir con eso. Después me dijeron que en verano había que irse a Suecia, que trabajabas en verano de lo que fuera y con lo que ganabas vivías seis meses en Francia sin trabajar. Entonces me fui a Suecia y trabajé de todo un poco.
—¿Sabías francés?
—Pensaba que sí sabía (se ríe). Había ido dos años a la Alianza Francesa, pero al llegar no entendía. Con una señora que me vendía cigarrillos en la esquina de mi casa había establecido un mínimo contacto, y me asombraba el discurso estructurado que tenía. Yo hablaba poco, pero me hacía entender. Fue un momento complicado.
Los dones y otros cuentos
—¿Te volcaste a los artículos como forma de entender la realidad?
—Cuando llegué a París estaba paralizado por el miedo, veía un policía y cruzaba la calle, veía una manifestación y corría. Me costó mucho tiempo darme cuenta de que no estaba en Montevideo, donde me había convertido en un hombre invisible. Cuando empecé a existir, salieron otras cosas. Retomé los estudios y empecé a investigar en la universidad. De noche trabajaba en un hotel y allí leía la revista Le Figaro Magazine, que tenía un suplemento donde escribía análisis políticos Alain de Benoist. Un día no escribió más de política, sino de televisión porque sus opiniones molestaban a algunos dirigentes. Él era un antimperialista, pero de derecha, pero no como la extrema derecha de ahora. Una de las teorías que tenía De Benoist era que las ideologías habían remplazado al fenómeno religioso. Empecé a darme cuenta de que algo estaba cambiando, y en el primer artículo que escribí dije que se venía la muerte de las ideologías. Después escribí otro sobre la desaparición del Partido Comunista en Francia, fue antes de que cayera el Muro. Cuando llegué era el primer partido político del país, y cuando empecé a interesarme andaba por el 17%. Ahora tiene el 2%.
—¿Te cansaste de escribir artículos y comenzó la literatura?
—Los artículos me llevaban mucho tiempo, no me pagaban un mango y realmente me consumían, me lo tomaba como una vivencia, no solo como una curiosidad intelectual. Yo había escrito poesía antes de irme. Me presenté al concurso de la Feria de Libros y Grabados, pero mis poemas eran insoportables, llenos de buenos sentimientos, para llorar. No sabía lo que era la poesía. Resulta que me gané una mención en el concurso. Pero todo lo que yo he escrito, incluso lo peor, me ha dado amigos entrañables. A Nancy Bacelo la vi cuatro veces en mi vida, ella debió odiar mis poemas, pero cuando me fui, me hizo una lista de amigos con cartas de recomendación dirigidas a ellos.
—En la dedicatoria de El cantor de serenatas, aparece Jorge Varlotta (Mario Levrero) y hay algunos guiños a su literatura, como la aparición del detective Nick Carter. ¿Cómo fue tu relación con él?
—En qué medida me influenció en mi escritura no puedo decírtelo, pero la primera vez que lo leí pensé: “¿y este de dónde sale?”. Fue Levrero quien hizo el informe de lectura para Arca de El visitante y recomendó que se publicara. No nos conocíamos, yo estaba en Francia en ese momento, pero después comencé a visitarlo cuando venía a Uruguay. Un día me dijo que me iba a presentar a un lector de mi novela y era Pablo Casacuberta, otro gran escritor y amigo que me ha dado la literatura. Entonces, cuando puse a Nick Carter es cariño puro por Mario.
— “Para ustedes soy terror, para mí soy un cantor de serenatas sin alma…”, dice la primera cita, que es de un niño autista. ¿Cómo llegaste a Birger Sellin?
—Él escribió un libro, no de literatura, que en español se llama Quiero dejar de ser un dentrodemí. Realmente no sé cómo llegué a él. El chiquilín tenía un autismo serio, se comía sus excrementos, se golpeaba la cabeza contra la pared. Sus padres no sabían qué hacer hasta que consiguieron una computadora asistida. Entonces él comenzó a escribir ideas deshilachadas, con puntos suspensivos, pero hermosas. Me pregunté dónde tenía esas maravillas que escribió. Pienso que los padres le hablaron mucho y tenían un capital lingüístico importante. Este chiquilín me acompañó todo el tiempo mientras escribía la novela.
—El lenguaje y sus limitaciones también es un tema en la historia…
—Es la esencia de todo lo que hago. Y ahora que estoy perdiendo el español, mucho más. Antes daba clases de español, pero desde hace años solo escucho y hablo en francés. Al escribir es diferente y es maravilloso cuando tengo la idea y encuentro las palabras.
—A pesar de las situaciones dolorosas, tu novela tiene humor. ¿Es importante ese recurso?
—Sin el humor no estaría acá hablando con vos. Para mí, forma parte esencial de mi espíritu más profundo y me surge como forma de pensar. El humor bien utilizado es un antídoto, y cada vez más busco ese antídoto ante la bestialidad y estupidez del mundo.
—“Yo, uruguayo, cobayo”, dice el protagonista de sí mismo. ¿Fuiste un cobayo en París?
—Yo cobayo de altura, dice un poema de Oliverio Girondo que me inspiró esa frase. No me ocurrió lo mismo que al personaje, pero cuando me estaba muriendo de hambre, una de las cosas que me dijeron es que en los laboratorios podías ganar unos mangos si te presentabas para pruebas, como cobayo. Lo que quería en la novela era modificar la realidad que veía el personaje, y con todas las porquerías que le daban, terminaba alterando sus percepciones.
—“En París la realidad es porosa con huecos en los cuales a pesar de la lluvia, para los parisinos no está lloviendo”, ¿es el París del personaje o es el que viviste?
—En la película Sabrina, con Audrey Hepburn, Humphrey Bogart y William Holden, el personaje dice que si estás en París, no tengas nunca un paraguas. Es algo que me sorprendió, no solo de los parisinos. Mi hija vive en Bretaña y si abrís un paraguas, enseguida te señalan como extranjero. Por eso me acordé de la frase de esa película cuando estaba escribiendo. En la novela está más acentuado por lo que vive el personaje: si no te mojás, no existís.
—Algo que se destaca tanto en tu novela como en los cuentos es el uso de imágenes. En eso tu narrativa es muy levreriana. ¿Te influye el cine en lo que escribís?
—Más que el pensamiento racional, el mío es visual, lo que me mueve es ver lo que está pasando. No soy gran fanático del cine, pero lo visual, y también lo onírico, tiene una enorme importancia. Siempre me estoy imaginando historias detrás de las personas y de las situaciones que veo. La pregunta que me hago es qué es lo que hace que una imagen me impulse hacia adelante, me den ganas de escribir y no otra.
GustavoLanzaro
Javier Calvelo/adhocFOTOS
—Me decías que sufriste escribiendo la novela. ¿Te sentís más cómodo escribiendo cuentos?
—Con los cuentos de Los dones la pasé muy bien, es otro tipo de trabajo, pero no es que haya sido fácil escribirlos. Fue pura alegría, me divertía con los personajes y me daba cuenta hacia dónde iban, cómo terminaban. En la novela no siempre ves hacia dónde va el personaje, qué va a pasar. Con ningún cuento sufrí, con la novela sí sufrí en algunos momentos.
—¿Sos lector de literatura francesa?
—Hay una oferta literaria enorme, pero para serte sincero, no la sigo mucho. No sigo, por ejemplo, a Michel Houellebecq, aunque tengo buenas referencias de su literatura. Descubrí hace poco a un escritor, Laurent Mauvignier, que tiene una novela que me gustó mucho: La casa vacía (premio Goncourt). He vuelto más bien a los clásicos, como a Romain Gary, que lo leí de nuevo con un placer enorme. Hay otro gran escritor, Pascal Quignard, que no es nada fácil. Tiene un librito que es un guion cinematográfico, Todas las mañanas del mundo, que es una maravilla absoluta. He leído a Annie Ernaux, al viejo y querido Patrick Modiano y a Emmanuel Carrère. Pero no soy un lector voraz y me repito en mis lecturas. De todas formas, estoy al tanto porque mi mujer es una enorme lectora y porque Francia debe de ser uno de los pocos países que aún tiene un programa literario a las nueve de la noche. Ahí me doy cuenta de que hay cosas nuevas que valen la pena.