—Hay bastante de eso. La ventaja idiomática nos ha permitido trabajar en los países de habla hispana. Y por supuesto que evitar los localismos influyó para que nadie se sintiera aludido, estando todos aludidos.
—¿Ni en la dictadura?
—Prácticamente no nos jodieron y pudimos trabajar, pero… ¿en cuál de las dictaduras? (ríe), porque en la de Onganía, en 1967, ya existía I Musicisti y estábamos en los albores del grupo.
—¿Cómo influyó el origen coral de Les Luthiers?
El ambiente de la música de coros es maravilloso. Está lleno de gente que se reúne para cantar por amor a la música, por puro placer, prestos a relacionarse con el de al lado por ese gusto en común, lo cual es fantástico. Surgimos de los coros universitarios, un ambiente muy fervoroso, con una mística enorme. En esos festivales conocimos todo el país. A fines de los años 50 se dio un florecimiento de la universidad, una primavera liberal en el buen sentido, con mucha libertad, intercambio y sentido crítico, que duró hasta el golpe de Onganía, en 1966, con la icónica Noche de los Bastones Largos que puso fin a esa época, cuando los milicos cagaron a palazos a los profesores. El buen aire de esos ocho años nos influyó mucho, fue un buen fermento para que desde dentro de un coro surgiera un grupo como Les Luthiers. De ahí nuestro hábito de armonizar a coro. Ahora estamos editando libros de partituras corales de nuestros temas.
—¿Cómo se llega a ese humor universal?
—Siempre rechazamos los localismos. Si mencionás a un gordo y nombrás a un ministro que es gordo, es un chiste seguro, pero bajás a otra categoría. Ya no es algo creativo, no estás inventando nada. Muy pocas veces caímos en ese facilismo, y fue una ventaja para dirigirnos a un público general, fuera de la universidad y en el exterior. Al principio hacíamos piezas folclóricas, zambas, chacareras, como Los colectiveros o La vaca…
—¿Por eso dejaron ese tipo de canción?
—Claro, solo nosotros la entendemos. Salís de Argentina y se les dice choferes. Ahí apareció el filtro. Las piezas folclóricas no nos servían para las giras, y como siempre tuvimos abundante material de otras fuentes, no hizo falta. A veces hacíamos el gato El Explicado, pero solo en casa.
—Con los monólogos, suites, cantatas y otros formatos, ¿se fueron teatralizando?
—Fue un proceso gradual, fruto de nuestra maduración, de nuestro aprendizaje para aprovechar mejor los recursos. Al principio todos estábamos en todo, pero a Daniel y a mí nos gustaba actuar más que nada, y el resto prefería tocar, entonces abolimos las obligaciones y maduramos la creación. Pasamos a escribir textos Puccio y yo, y a componer Puccio, Maronna y Núñez. Daniel nunca escribió ni textos ni música, pero era el improvisador, ese personaje fantástico que se divagaba y se iba a donde todos sabemos que llegaba. Siempre fue una de nuestras basas principales.
—Con esa enorme variedad de instrumentos inventados por ustedes, deben tener una gran libertad para crear…
—A ver… no es exactamente así. Lamento ser el causante de una desilusión (ríe). Como lo que hacemos es parodia, a la hora de hacer un bolero tratamos de que suene a todos los boleros. Nada muy original, al contrario, buscamos el prototipo con cada estilo. Los instrumentos lideran el aspecto paródico y generalmente con nuestro luthier, que actualmente es Hugo Domínguez, buscamos que el instrumento sea vistoso, cómico, llamativo. Después vemos cómo lo usamos. Por lo general partimos del instrumento y escribimos para aplicar el engendro ese y poder sacarle jugo. Rara vez partimos de la música y vemos qué sonoridad le ponemos.
—Su repertorio atraviesa diversos géneros, ese tipo de obras largas como Cantata de Don Rodrigo…
—La Cantata es un paseo por la música de Latinoamérica. Hacemos una zamba bien argentina, una salsa lo más caribeña posible. Siempre tratamos de ir a la esencia de cada estilo.
—¿Cómo evolucionó la confección de instrumentos de Les Luthiers?
—Nuestros primeros instrumentos los hizo el Flaco (Gerardo) Masana (fundador y principal referente del grupo en sus primeros años, y fallecido en 1973). Después durante muchos años los confeccionó un taller dirigido por Carlos Iraldi, con la ayuda de Carlitos Núñez y últimamente está Domínguez con aportes de Fernando Tortosa, el ganador del concurso de instrumentos que hicimos en 2007, por los 40 años del grupo, con el “Bolarmonio”, el de las bolas anaranjadas que estrenamos en Lutherapia y tuvo un éxito impresionante. Era un sueño que tenía Daniel y se lo contaba al terapeuta.
—¿Han debido aprender estilos que no sabían?
—Sí, claro. Yo me salvé porque casi no toco nada, solo actúo y canto. Pero los compañeros le dedican muchas horas al aprendizaje. Por algo la humanidad tiene el violín hace 500 años y lo sigue perfeccionando.
—Y ustedes tienen el latín (violín hecho de lata)…
—Un buen violinista toca cualquier violín. En 2014, cuando actuamos en el Colón con (Daniel) Barenboim y (Marta) Argerich, hicimos El carnaval de los animales, de Saint-Saëns con la Orquesta West-Eastern (de palestinos e israelíes), y el número La muerte del cisne, para piano y cello, lo tocó el flaco de la orquesta en nuestro cellato (cello construido con una lata de pintura), que por supuesto nunca había sonado tan bien.
—¿Cómo recuerda esa semana en el Colón?
—Impresionante, estábamos en las nubes. Fue la primera vez que dejamos de tocar obras de Mastropiero y sus secuaces (ríe), para hacer compositores universales como Stravinsky y Saint-Saëns. Que te llamen dos monstruos como Barenboim y Argerich es la gloria. Un galardón como ganar el Premio Nobel.
—¿Cómo sigue Les Luthiers después de la muerte de Rabinovich?
—Lo que pasó lo veíamos venir desde hacía más de un año. Nos dio tiempo a prepararnos. Él actuó hasta las funciones de enero de 2015 en el Gran Rex. Hace mucho tiempo que el grupo ya tiene prevista una actitud y un sentimiento frente al tema, y hace mucho que trabajamos con dos reemplazantes prontos para cubrir cualquier cosa. Entre Turano y O’Connor cubren toda la cancha. Tato es un músico muy completo, compositor, multiinstrumentista y cantante, y O’Connor es un gran actor y cantante. Entonces, desde lo práctico, murió Daniel y lo sustituimos. Ahora bien, se nos murió un hermano, un compañero de 50 años de una importancia mayúscula. Es un duelo del carajo, una tristeza terrible.
—¿Quiénes son los nuevos suplentes?
—Roberto Antier, un actor de teatro, monologuista y buen pianista de gran trayectoria y Tomás Mayer-Wolf, un músico del carajo, toca de todo, compone, arregla y dirige. Están ahí en el banco, esperando, deseando que a uno le pase algo (ríe). Cada tanto los ponemos para foguearlos.
—Habla como un director técnico. ¿La idea es que Les Luthiers sobreviva a les luthiers?
—No tan trascendente. La tristeza sigue y seguirá por mucho tiempo. Se lo echa de menos muchísimo. Y al mismo tiempo somos unos eternos agradecidos por esta bendición que nos ha tocado que es Les Luthiers. Lo que más me gusta en la vida es hacer una función de Les Luthiers. Hemos podido arreglar el equipo para seguir jugando al máximo nivel, y hasta ahí llegamos. ¿Qué pasará mañana? Qué sé yo… ya tengo 73… tampoco falta tanto. Ojalá sean diez años más, pero puede que no, y ahí veremos qué nos da ganas de hacer.
—¿Cuál es el legado de Daniel Rabinovich?
—Su figura, su imagen, su voz, se nos aparecen todo el tiempo. Era muy visible, el más cómico, el que iba más al frente, el tono de voz más llamativo. Sus reemplazantes han debido ensamblar los textos con sus improvisaciones, y por supuesto que le agregan su impronta, y bienvenido sea. Como ahora, en Radio Tertulia, donde O’Connor me sorprende logrando aplausos donde Daniel no lo hacía.
—¿Y cómo explican el milagro del estadio lleno perpetuo? Una sala como el Gran Rex, el mayor teatro de Buenos Aires, para 3.300 personas, casi siempre agotado…
—¡Qué bárbaro eso! Y lo mejor es que estamos acostumbrados a la sala llena, dentro y fuera de nuestro país. A lo bueno uno se acostumbra. Sentimos agradecimiento al destino, nos sentimos unos privilegiados, unos bendecidos. Ojo, no pretendo ser modesto: en parte lo tenemos porque somos muy buenos. Nos merecemos este milagro. Pero sabemos que hay mucha gente que labura mucho y no ha podido vivir cuarenta y pico de años de lo que ama. Además está la carga de afecto de la gente, que es enorme. Y todo eso nos anima a seguir.
Vida Cultural
2016-01-21T00:00:00
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