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    “Nunca tuve tiempo para ser famoso, me gusta demasiado el bajo perfil”

    El cantautor brasileño Vitor Ramil vuelve a cantar en Uruguay el sábado 12 en el Festival Música de la Tierra, que tendrá lugar en la Fundación Atchugarry

    La historia de este cantautor brasileño de 60 años, que nació y vive en Pelotas, y desarrolla su carrera en las principales ciudades de su país, está muy vinculada al Uruguay. Desde sus raíces familiares a sus frecuentes visitas durante las últimas dos décadas. Desde su identificación con el folclore regional que atraviesa el sur de Brasil, buena parte de Argentina, Chile, Paraguay y todo el Uruguay, hasta su comunión musical con músicos uruguayos como Jorge y Daniel Drexler y argentinos como Pedro Aznar y Carlos Moscardini. Vitor Ramil cantará el próximo sábado 12 en una nueva edición del Festival Música de la Tierra, que este año se mudará a la Fundación y Museo de Arte Contemporáneo Pablo Atchugarry, en Manantiales, Maldonado.

    Ramil presentará por primera vez en Uruguay las canciones de su reciente disco Avenida Angélica y también recreará piezas de la docena de discos que publicó en sus más de 40 años de trayectoria. Como novedad adicional, presentará también la nueva edición remasterizada de Ramilonga, su disco consagratorio (de 1997, con grandes canciones como Noite de São João y Deixando o pago, además de la que le da nombre) que se publicó en conjunto con el ensayo La estética del frío, su manifiesto artístico que reivindica la singularidad de la cultura del sur de Brasil. La edición en conjunto celebra los 25 años de la aparición de ambas obras.

    En esta entrevista con Búsqueda, que tuvo lugar en una mesa del Café Brasilero, Ramil habló de esas dos obras cumbres de su carrera y contó que todo empezó cuando su abuelo, un carpintero gallego llamado Manuel Ramil, se marchó de Galicia con destino a Uruguay, a comienzos del siglo XX, poco antes de cumplir los 18 años de edad, para evitar el servicio militar. El joven instaló una fábrica de muebles en el barrio Reducto y le fue muy bien. “Era especialista en tallado, trabajaba con maderas muy buenas. Un auténtico artista. Hace poco revolviendo papeles viejos encontré cartas de gente recomendando su trabajo aquí. También encontré la dirección exacta de su taller: Grito de Asencio 1540, muy cerca de Bulevar Artigas”. Ramil contó que su abuelo conoció a su abuela en Pelotas, adonde viajaba asiduamente, y que su padre nació en Montevideo, donde vivió hasta los 12 años, cuando su abuelo quedó en bancarrota, perdió todos sus bienes y los tres debieron irse a Pelotas. “Así empezó la historia de mi familia”.

    —Durante tu infancia, en los años 60 y 70, venías de vacaciones a Montevideo con tu padre. ¿Qué imágenes de aquella Montevideo conservás? 

    —Recuerdo muy bien en los pasos de aduana los carteles de los tupamaros que eran buscados por la policía. Me quedaba mirándolos un buen rato. Ese es el Montevideo de mi infancia, es 18 de Julio y sus calles laterales. Los plátanos, las casas oscuras, la plaza Cagancha. El Ejército en las calles. Los aires de dictadura igual que en Brasil.

    —¿Y a nivel musical?

    —Bueno, mi papá escuchaba mucho tango, y le gustaba bailarlo con mi madre. Íbamos a casas de tango y yo me quedaba en la mesa mirándolos. En Pelotas había una casa de tango llamada El Sobrado, con una orquesta típica que tocaba en vivo. Ellos ganaron varios concursos de baile allí. Crecimos todos en ese ambiente bastante uruguayo. Mis padres nos facilitaron todo para aprender música. Mis cinco hermanos estudiaron piano, acordeón, violín y guitarra. Dos de ellos armaron un dúo que sigue hasta hoy. Mi madre además se convirtió en educadora y mis hermanas también bailaban ballet clásico. Mi casa no era un hogar de artistas ni de intelectuales pero había muchos libros e instrumentos, una sensibilidad artística. Y yo elegí la guitarra. 

    —¿Y de dónde viene tu inclinación hacia el folclore?

    —Sobre todo de mis hermanos mayores. Yo soy el más pequeño, entonces cuando llegó mi hora de empezar a tocar, todos ya tocaban algo, por lo que era muy fácil mirarlos y aprender. En los años 70 en Río Grande del Sur comenzaron a multiplicarse los festivales de folclore, y mis hermanos en su grupo, Almondegas (Albóndigas), mezclaban música regional con rock y géneros brasileños como samba. El canto también lo aprendí de mis hermanos. Siempre había alguien cantando con una guitarra en mi casa. Venía mi viejo y les pedía un tango. Y cuando él se ponía a cantar un tango, nunca lo podía terminar porque se ponía a llorar. Eso quedó para mí como una memoria emocional muy remota. Creía que una música buena tenía que hacerte llorar. Creo que mi música bebió de todo eso. Mucha gente se conmueve en mis conciertos. Está todo conectado.

    —¿Y cómo te llegó la milonga?

    —Primero por ese lado tanguero de mi padre. Y después por esa cosa reflexiva que tiene la milonga, que te hace escuchar y ponerte a pensar en lo que dice. No es raro que una milonga te conmueva. Y también por el auge de la música latinoamericana durante la dictadura. Empezaron a llegar fuerte Mercedes Sosa, Yupanqui y otras cosas. Incluso Elis Regina grabó temas de Yupanqui como Los hermanos. Nunca me interesé así por otros géneros regionales. Pero la milonga me gustó desde siempre.

    —Y a los veintipoco te fuiste a Río a probar suerte...

    —Me fui a vivir a Río a los 24, ya casado y con un hijo de seis meses. Y estando allí consolidé mi gusto por esas músicas que el sur de Brasil comparte con la región. Viviendo en Copacabana empecé a reflexionar sobre eso. Me di cuenta de que mi música era muy diferente a la carioca o bahiana, y empecé a hablar de “la estética del frío” (nombre con que tituló un pequeño ensayo que se transformó en un tratado, un manifiesto de su obra musical). Es brutal, cuando te alejás de tu lugar, ves bien quién sos, te das cuenta de muchas cosas.

    —Ahí en Río tuviste tiempo para pensar...

    —¡Claro! Los del sur siempre nos sentimos incómodos. La imagen que Brasil vendió al mundo es la del “país tropical”. Siempre de fiesta, la alegría omnipresente, todo exuberante. Y nosotros en el sur nunca encajamos con eso. De ser los únicos brasileños que pasan frío, que se abrigan en invierno. Además, en rigor, estamos debajo del trópico, por lo tanto somos de la zona templada. Incluso tenemos montañas con altura. Históricamente, mucha gente de Río Grande del Sur vio como un error la unión a Brasil en el siglo XIX. De niño yo escuchaba a los viejos decir: “Nos equivocamos, deberíamos haber formado un país junto con Uruguay”.

    —¿La estética del frío fue producto de una investigación?     

    —No, Me vino esa expresión, naturalmente. El clima fue determinante en ese conflicto. Y obviamente tenía la influencia de autores de peso como Borges. En La estética del frío lo menciono mucho. Siempre me interesó su visión del gaucho. Llegué al mundo gauchesco desde el mundo intelectual. Borges escribía pensando y hacía conexiones increíbles. Te vinculaba a un gaucho con un soldado de Gengis Kan. Te pone a pensar y te ayuda a que hagas nuevas conexiones. Así, el frío se me apareció como un símbolo de esa diferencia. También así quise salir del estereotipo del gaucho. Me di cuenta de que para el resto de los brasileños el sur era sinónimo de la música gaucha. Entonces empecé a pensar en cómo hacer una música del sur de Brasil que no fuera estereotipada con lo gauchesco.

    —Tanto te metiste con Borges que en 2010 publicaste Délibáb, un disco con poemas suyos... 

    —A los 21 años ya estaba musicalizando al poeta riograndense João da Cunha Vargas, que había nacido y vivido en el campo y que además de poeta era payador. Fue un poeta oral, no escribía, y recitaba de memoria. Hasta que antes de morir lo convencieron de publicar su obra. Tenía varias canciones con textos suyos y de Borges, quien tenía un abordaje muy distinto, más complejo, del gaucho. Eso me dio la idea de juntarlos. Entonces llamé al guitarrista argentino Carlos Moscardini, cuya música conocía desde bastante antes, y pensé que sería bueno reunir mi guitarra folk, de cuerdas de acero, con su guitarra española y su dominio total de los géneros criollos. No lo conocía personalmente y lo invité a hacer un concierto juntos en Porto Alegre, con esos temas míos, con letras de Borges y Da Cunha. Él aceptó el riesgo y llenamos cuatro noches. Él quedó muy impactado con la respuesta del público, que se murió con los temas. Finalmente unos años después entramos al estudio a grabar Délibáb.

    —Habías grabado con Pedro Aznar, pero con ese disco entraste en el mapa musical de Argentina.

    —Venía haciendo cosas, cada tanto hacía algún concierto, pero ese álbum me ayudó a ir más seguido, lo mismo que en Uruguay. Esclareció mucho mi universo para el público del Río de la Plata. La gente comenzó a sentirme más cercano y la interacción se hizo más fuerte. En Brasil también tuvo una muy buena recepción. Es más, yo creo que Délibáb es el disco que más proyección tuvo en mi carrera. Más que Ramilonga, incluso, que llegó muy lejos, en buena parte gracias al éxito que tuvo esa canción. Pero también tenía otras cosas que desviaron la atención, como las tablas y sitares de la India. Era algo muy ambicioso. En cambio Délibáb fue mucho más radical en su concepto sonoro: dos guitarras y mi voz. No hubo ninguna concesión. Y la presencia de Borges abrió puertas. Por ejemplo, en Portugal. En una entrevista, el periodista me preguntó a qué se debía el éxito del disco. Y le respondí que no sabía, que cuando lo hice pensé que sería un fracaso en Brasil, porque juntaba poemas en español con poemas en un dialecto gaucho que nadie comprendía bien. ¡Y además con un nombre húngaro! (ríe). Pero como nunca había hecho trabajos con un norte comercial, tampoco me importaba demasiado. Y le devolví la pregunta: “No sé, ¿qué opinás vos?”. Y me dijo: “Para nosotros, acá en Portugal es como si estuviéramos recibiendo noticias de un lugar nuevo en el mundo. Nunca imaginábamos que desde Brasil podría llegarnos una música en castellano con estas características. Nadie sabía acá que en Brasil se tocaban milongas y que Borges había escrito estas cosas sobre los gauchos”.

    —En ese disco cantás un tema con Caetano Veloso. ¿Cómo te sentís cuando asocian tu canto con el suyo?

    —Caetano está muy interesado en ese tipo de cruces, de hibridaciones. Es un intelectual, me identifico mucho con eso. El tropicalismo es un movimiento con una sólida base teórica. Y además ha escrito ensayos como Memoria tropical. Yo no lo conocía, solo había hablado una vez con él cuando yo tenía 12 años, en un aeropuerto en Bahía, donde lo había cruzado de casualidad, y lo saludé. Cuando le escribí para invitarlo a cantar le dije: “Mirá, es la segunda vez que hablamos, pero de la primera me acuerdo solo yo” (ríe). Le dije que había sido uno de mis maestros, que había aprendido mucho con el tropicalismo y con su manera de pensar, que me había despertado de muy joven el interés por el pasado.

    —¿Entonces es posible que tu tono vocal y tu intención al cantar estén influenciadas por el sonido de su voz?  

    —Sí, claro, está muy presente. Cuando empiezo a cantar suave me doy cuenta de que mi voz suena muy parecida a la de Caetano, que es una voz suave pero con graves, que tiene un rango amplio de frecuencias. Chico César suele decir que a cualquier cantante en Brasil que cante en forma delicada y con lirismo lo van a llamar “el nuevo Caetano” (ríe). A él le pasó mucho también. ¿Quién no tiene influencias de Caetano en Brasil? Aunque quien más me influyó es Milton Nascimento. Mi primer disco, Estrela, Estrela (1980), es la obra de un discípulo de Milton. Intentaba cantar como él. Cuando escuché su disco Minas en la misma casa donde vivo hoy, empecé a cantar en un pasillo largo y a tratar de colocar mi voz como la suya. Ahí aprendí a impostar la voz. Esa fue la influencia más definitiva. Caetano apareció fuerte cuando hice Ramilonga. Pero en ese disco pensaba mucho en João Gilberto. Porque quería alejarme del lugar común de la milonga con el canto gauchesco fuerte y solemne (canta con voz engolada) y entonces, al cantar, solo pensaba en la levedad de João Gilberto. Él no dejaba que la emoción le moviera la voz. Él se concentraba en la emisión, en el sonido de su voz. Entonces yo me concentraba en controlar la emisión. No quería emocionarme, subir, vibrar, levitar. Solo quería disfrutar de ese timbre contenido, lograr esa sencillez que siento cuando escucho a João Gilberto. Eso para mí también fue una manera de librarme de Milton, porque hasta ese momento era un centro de gravedad para mí.

    —Has venido mucho a Uruguay, siempre vinculado al festival Música de la Tierra, en sus diferentes facetas.

    —Me siento muy bien con el vínculo que tengo con Uruguay. He tocado en teatros como la Zitarrosa y la Balzo, que no son muy distintas a las salas donde toco en Brasil. No soy un artista masivo, que lanzo un disco y se me llena la agenda de conciertos en grandes salas. Siempre he sido un tipo que vive en una ciudad chica del interior, un compositor y escritor que canta y que tiene un público específico. Es así como llevo la cosa. Y acá no es muy distinto. Nunca trabajé para crecer, para agrandar mi masa de público. Tengo un chiste favorito: Nunca tuve tiempo para ser famoso. Me dediqué siempre al aspecto artístico. Nunca me interesó todo lo otro. Me gusta demasiado el bajo perfil.

    —¿Quedarte en Pelotas y proyectar tu carrera desde ahí fue una decisión difícil?   

    —Sí, pero fue algo muy importante para mí. Cuando aún estaba en Río, comencé a verme desde lejos. Y cuando volví a Pelotas tenía una comprensión nueva de lo que significaba para mí estar ahí, en el sur. Me gusta mucho Río, podría volver algún día. Pero me gusta mucho estar donde estoy, vivir como vivo, en una casa que tiene más de cien años, donde viví buena parte de mi vida, que me acelera mucho la imaginación. Me gusta mucho estar tan cerca de Porto Alegre como de Montevideo, amo agarrar el auto y venir para acá a pasar unos días. Me hace feliz.

    —En tu último disco, Avenida Angélica, que vas a presentar en este concierto, musicalizás los textos de Angélica Freitas, una poeta de tu ciudad. ¿Cómo la presentás a quien no la conoce?

    —Hoy en día es muy conocida, y es considerada de las mejores poetas de Brasil. Y lo más ridículo de todo es que era mi vecina; vivíamos a pocas cuadras y no la conocía. Es una mujer que, como yo, vivió en Río, y después estuvo varios años en Europa, cambiando continuamente de países. Otra casualidad es que yo descubrí su poesía porque compartíamos editorial en San Pablo. Empecé a leerla y me encantó. De inmediato empecé a imaginarme músicas. Escribe sobre la vida cotidiana de la gente. Es muy distinta a mí, que suelo irme a mis interiores, a un mundo paralelo (ríe). Ella es muy concreta y despojada. Muy urbana, muy contemporánea y con los pies sobre la tierra. Con su universo femenino, muy culta y musical. Me resultó cautivante. Empecé a musicalizar sus poemas y estaba en eso cuando ella volvió de Holanda a Pelotas y se instaló a una cuadra de mi casa. Entonces empezamos a compartir muchas horas de creación. Escribía y la llamaba para mostrárselo, lo que permitía hacer ajustes juntos.

    —¿Y musicalmente a qué sitios te llevaron esos versos?     

    —A lugares inesperados. Compuse un blues, compuse una canción muy pop después de muchos años sin hacer nada de ese estilo. Compuse dos sambas. Me abstrajo bastante de mis mundos habituales. Me gusta mucho el blues pero casi no lo había transitado. Hice las músicas que me pedía su poesía. Este disco también me permitió reencontrarme con una dimensión mía más teatral, que tenía escondida hace mucho tiempo. Un personaje que había creado llamado Barón de Satolep, que es Pelotas al revés. Era como una especie de vampiro que siempre había estado ahí, y que interpretaba con la cara pintada de blanco.

    —En este disco participa tu familia...

    —Sí, mi hija Isabel Ramil, que es cineasta y artista visual, hizo las imágenes para los conciertos en Porto Alegre y San Pablo que hicimos con las canciones de este disco, antes de grabarlas. Ella trabaja con creaciones originales y también interviniendo imágenes de obras clásicas. Hizo todo el trabajo gráfico del disco, inspirado en las letras y músicas. No son obras literales, ilustrativas, sino que crean una segunda capa de lectura sobre las canciones. Entonces vino la pandemia y se paró todo, aunque hubo un giro inesperado, ya que pude grabar el disco en el teatro Sete de abril de Pelotas, que estaba en obras desde hacía como 10 años. Es la tercera sala más vieja de Brasil, de 1834. Estaba sin butacas, y con todo su personal sin trabajo. Entonces, al quedar suspendida la refacción, pudimos entrar. Hicimos una buena producción audiovisual, con un rodaje completo de toda la grabación, para hacer un documental. El teatro tiene una linda acústica y creo que el sonido quedó buenísimo. Ahora en breve va a terminar la refacción. Uno de los temas del disco lo grabé solo con micrófonos de ambiente para que quedara lo más fiel posible el sonido de ese teatro.

    —Tu otro hijo, Ian Ramil, también músico, ganó un Grammy Latino. ¿Cómo ves su camino?

    —Es más rockero que yo (ríe). Este disco por el que ganó el Grammy lo grabó en mi casa mientras yo estaba pasando un tiempo en Barcelona con Ana, mi esposa. Microfoneó toda la casa, por dentro y por fuera. Una locura. En algunas canciones se escuchan los ladridos del perro de mis vecinos (ríe). Quedó buenísimo.

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