Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSin embargo, está en El País, así que tiene que ser cierto. Parece que los gurús tributaristas del BID creen que la pandemia va a representar una buena oportunidad para “perfeccionar los impuestos”.
Por lo menos desde los 50, la mayoría de los países vive el doble fenómeno de un aumento sostenido del gasto estatal, acompañado de igual proceso en materia impositiva. No todos de igual forma, sin embargo. En algunos —norte de Europa— el doble crecimiento fue exponencial y coincidió con altos padrones de vida, llevando a pensar que se trataba de una exitosa fórmula, digna de emulación. En otros países, notoriamente los anglosajones, la evolución no ha sido tan aguda y en nuestro continente venía con cierto relantisseur.
Últimamente, el paraíso sueco-noruego y afines está pareciéndose al retrato de Dorian Gray y durante los 80 y 90 aparecieron reacciones políticas contra el fenómeno, procurando cortarlo y aun revertirlo: Maggie, Ronnie y otros. Pero apenas lo interrumpieron temporalmente. Más recientemente, vuelven a aparecer brotes de rebeldía, pero menos focalizados, más nihilistas.
El hecho es que las sociedades no parecen poder (¿saber?, ¿querer?) matar esta hidra que a todos calienta, pero siempre en relación con el otro. Permanece una sensación de irritación y fastidio frente al peso del gasto estatal y de los tributos, pero no aparece una reacción exitosa. Los intentos tienden a desinflarse cuando enfrentan los dos focos más grandes de gastos: jubilaciones y salarios públicos. Sectores minoritarios numéricamente, pero muy concentrados y políticamente muy fuertes.
Ahora nos pegó la peste, que aumentará los gastos del Estado, descalabra actividades y empresas y, a la vez, desnuda ineficiencias y gorduras, tanto a nivel público como privado (muchos empresarios están entre “no banco” y “no preciso”). Parecería pues que no es el momento apropiado para hablar de perfeccionar impuestos como lo hacen estos técnicos internacionales (que no están amenazados ni con el desempleo, ni con la inflación).
Pero es que no terminan de entender que su razonamiento parte de premisas falsas —y con ello, produce conclusiones y efectos muy nocivos.
Creen que los impuestos tienen vida propia y sentido en sí mismo. Que se justifican per se y aun que son instrumentos de progreso económico y justicia social. Así, elucubran sobre las virtudes de “apretar los gravámenes sobre la renta, sobre lo perentorio (de) impulsar y fortalecer los (tributos) que gravan los inmuebles” y “adicionalmente... aumentarían la progresividad del sistema y la suficiencia...”. Todo con una suerte de placer estético por el impuesto.
Que les ha hecho perder por completo el foco de la realidad.
El impuesto no es un fin en sí mismo. Ni una virtud. No existe el “buen impuesto”. El impuesto no sirve como instrumento de promoción económica (¿se acuerdan del Improme?), ni de justicia social.
Se redistribuye (y hasta ahí nomás), por vía del gasto, no del tributo.
El impuesto no es otra cosa que el acto autoritario de meterle la mano estatal en el bolsillo de las personas (que son, en definitiva, los que tributan) para conseguir los recursos necesarios con que bancar los objetivos que la sociedad democráticamente quiere. Ni más ni menos.
El problema está en que esos objetivos ya no son plenamente reconocidos por la gente como queridos. Han crecido por inercia.
Irónicamente, a medida que recibe más plata, el Estado siente que necesita todavía más y así la escalada no para. En el siglo XVII y luego en el XVIII, se creyó haber descubierto un mecanismo institucional que serviría para contener la bulimia gastadora: el Parlamento, pero su efectividad duró apenas hasta la I Guerra Mundial. A partir de ahí, los parlamentos han ido transformándose en motores del gasto estatal y enemigos de los contribuyentes para cuya protección fueron concebidos. Todos rabian contra ellos, pero nadie ha conseguido poner el rancho en orden.
Si nuestro foco sigue siendo el impuesto haciendo abstracción del gasto, no tenemos futuro.
Ignacio De Posadas