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    lunes 17 de junio de 2024

    “Podés ser un genio, pero si no laburás, difícilmente te irá bien”

    Maia Castro canta en el Solís el sábado 27

    Canta desde que tiene memoria y tiene grabaciones de cuando tenía dos años. Cuando era apenas mayor de edad fue la voz de bandas efímeras pero que dejaron huella como Malena Morgan (de Herman Klang y El Príncipe), Plaza Sésamo y Antena (ambos proyectos liderados por Francisco Lapetina). Antes, a los 15 años, entró a la Antimurga BCG, el conjunto carnavalero fundado y dirigido por Jorge Esmoris, que integró entre 1995 y 2002 y que fue su gran escuela, donde aprendió la real importancia del trabajo para lograr objetivos artísticos. Con cinco discos publicados, hace más de 15 años que la suya es una de las voces protagónicas de la música uruguaya, y en los últimos años es una voz que suena fuerte en varios países de Latinoamérica y Europa, donde gira todos los años. El jueves 27 Maia Castro presenta un concierto de gran porte en el Teatro Solís (entradas en Tickantel de $ 500 a $ 1.000), en el que alternará varias formaciones y contará con notables invitados. En entrevista con Búsqueda, la cantautora repasó parte del camino que la trajo hasta aquí.

    —¿Cómo surgió tu historia con el canto?

    —Canto desde niña en mi casa. Empecé a cantar y a hablar al mismo tiempo. Mis primeras grabaciones cantando fueron con dos años. Conservo grabaciones de temas de Silvio Rodríguez con una voz de pito… Mi padre tocaba guitarra y cantaba, salía en la Antimurga BCG, entonces era natural que yo cantara con él en la guitarra. Él improvisaba y yo le cantaba arriba, inventaba letras y melodías. Era un juego. Con cinco años me encerraba en el cuarto con la guitarra y un radiograbador JVC. Tocaba y cantaba cualquier cosa. Una de esas canciones se llamaba Paloma libre, y claro, hablaba de la libertad y no sé cuánto. Las amigas de mi hermana mayor lloraban emocionadas (ríe). En una parte de la letra me equivocaba y seguía cantando. Entonces un día que mi padre no estaba corté con una tijera la cinta del casete y la pegué con esmalte de uñas para sacar lo que estaba mal. Obviamente arruiné la cinta, quedó tremendo bache en la canción, pero fue mi primer intento de edición y producción.

    —Y siendo una adolescente entraste a la BCG…

    —Con 15 años. Había armado una banda de covers a los 13 pero la BCG fue como una escuela. Estuve siete años hasta que la murga se fue del carnaval y seguí en su etapa teatral, con baches, hasta 2010. Con la BCG aprendí todo. Yo siempre fui bastante tímida, y lo sigo siendo. Abajo casi no hablaba, y si bien actuando no tenía vergüenza, la BCG te sopapeaba. Te exigía mirar al público a la cara, interactuar mucho. El Flaco (Esmoris) nos pedía que nos armáramos una historia en la cabeza de qué era lo que íbamos a hacer con la gente. Que te armaras una historia. Y pasaba de todo. Todo con lenguaje corporal, baile, señas y mímica, sin decir una palabra. Al principio estaba muerta de miedo y me terminé divirtiendo mucho. Fue una gran formación.

    —¿La voz ya la tenías o la trabajaste?

    —Tenía algo innato, sí, pero la trabajé por otro lado. Porque La BCG hacía muchos tablados, la exigencia física en el carnaval es alta, cantás saltando, bailando, corriendo, y tenés que entrenar y cuidar muy bien la voz para no romperte. Entonces, después del primer carnaval, en paralelo a la BCG comencé a estudiar canto para aprender a colocar la voz y después entré a la Escuela Nacional de Arte Lírico; mi primera profesora fue Vida Bastos, una docente de gran trayectoria. Aprendí un montón de técnica pero nunca me llegó a gustar el repertorio operístico. La profe me quería convencer de que yo era soprano y yo me sentía más mezzo, más en el medio del registro. No me gustaba cantar allá arriba, sufría mucho esos agudos. Me sentía cantando como una gallina. Ella me aconsejaba dejar la murga y las bandas y dedicarme solo a estudiar. Le dije que ni loca (ríe), que iba a hacer las dos cosas. Lo que me interesaba era aprender la técnica del canto y de la respiración para cantar música popular y cuidar el instrumento. Y con los años fui depurando una técnica mía. Después de un año y medio dejé y esa profesora una vez fue a ver a la BCG, me saludó muy emocionada y me dijo que se alegraba de que no le hubiera hecho caso. Una divina.

    —Tu primer disco solista (Maia Castro, de 2007) se compone de versiones de tangos, milongas y algunos temas de rock como La bestia pop, de los Redondos. ¿Cómo lo gestaste?

    —La bestia pop surgió estando sola en casa. Busqué los acordes de guitarra en Internet y empecé a tocarla y cantarla. Una búsqueda propia, intuitiva. Esa canción no iba a estar en el disco, y mi pianista, Horacio Di Yorio, me escuchó cantarla en una reunión, se entusiasmó y me propuso grabarla. “Tiene que estar”, me dijo. La grabamos con un arreglo divino de Freddy Pérez, que es un crac de la guitarra uruguaya y que tocó todas las guitarras de ese disco. ¡Y al final fue el corte de difusión! Yo siempre había estado en proyectos de otros. Se empezó a correr la bola y me empezaron a llamar de varios lados como invitada. A la mayoría no los conocía. Me llamó Rodrigo Gómez, el excantante de Sórdromo, antes de decidir ser el cantante, para ofrecerme ese lugar en la banda. Yo estaba estudiando y le dije que no, por suerte, porque terminó cantando él y estuvo buenísimo lo que hizo. Ya tenía ganas de cantar lo mío.

    —Y lo tuyo empezó por el tango. ¿De dónde vino?

    —De mi gusto personal. Cuando me decidí a armar mi proyecto tenía 25, 26 años, y al elegir el repertorio naturalmente aparecieron muchos tangos clásicos más alguna canción de Zitarrosa y del Príncipe. Y ese disco es un reflejo del show que estaba haciendo en vivo en ese tiempo, que era guitarra y voz. Decidí registrar ese momento sonoro.

    —Hasta ese tiempo no abundaban las solistas mujeres en la música uruguaya y justo en ese tiempo explotaron. Fue un momento bisagra…

    —Sin querer, sin pensarlo, nos ayudamos entre todas en ese momento. No fue algo buscado pero, al surgir tanta cantidad de cantautoras y en particular cantantes de tango juntas en forma casi simultánea y al empezar a tocar bastante, a tener buena exposición en medios, nos potenciamos entre nosotras en esa unión involuntaria. Eso es algo que sigue hasta hoy, porque seguimos estando cerca. Hablo de Malena Muyala, Mónica Navarro, Francis Andreu y tantas otras. Malena ya venía desde hacía tiempo y Francis había comenzado muy de chica. Se generaron ciclos, festivales, y estuvo bueno. Todas teníamos estilos distintos y no nos pisábamos en los repertorios. Teníamos el cuidado de evitar hacer temas que ya estaban muy identificados con otra.

    —Y en tu segundo disco, Lluvia inerte (2009), aparece con más vigor la compositora…     

    —Me costó un poco empezar a mostrar mis canciones pero lo fui logrando. De hecho, las canciones del segundo ya existían cuando grabé el primero, pero demandaron más tiempo. Las fogueé más en vivo, me sentí más segura, y para el segundo estaban más maduras. En Lluvia inerte hay dos temas propios y en el tercero (De saltos y otros vientos, 2012), la mitad del disco. Creo que eso responde a la necesidad que tenía de ganar seguridad, de estar a nivel con la autoexigencia, que era alta, en lo compositivo. Eran inseguridades mías (ríe).

    —Cerrar los ojos y Lluvia inerte pegaron fuerte incluso en radios, en una época en la que aún no habían llegado las plataformas. Y por ese entonces empezás a tocar con banda, en plan más pop, con bajo, batería, guitarras…

    —Fue el inicio de la búsqueda de una sonoridad más mía, que se consolidó en De saltos… en buena medida por la producción de Fede Lima, que además es un gran amigo, y que compuso una canción para ese disco, El lobo. En ese tercer disco se consolidó nuestro sonido.

    —De todos modos, siempre conservaste y defendiste el rol de intérprete, con temas que permanecieron en tu repertorio como Al vacío, de No Te Va Gustar, y Blues de la artillería, de los Redondos…

    —Sí, me gusta mucho interpretar. Es meterme en otro personaje y dejarme atravesar por la canción. Porque mis canciones han sido bastante personales, autorreferenciales. En cambio, la interpretación te permite entrar a otros mundos. Ahora canto una milonga de Alberto Mastra y me imagino a ese tipo tomándose el tranvía. Disfruto mucho viajar a otros mundos.

    —En los últimos años abriste una brecha con tu música en Europa. Has actuado varias veces en Suecia, Finlandia, Dinamarca, Polonia y Alemania. ¿Cómo lo lograste? 

    —Bueno, trabajando (ríe). En esa región hay un culto muy fuerte del tango y hay un gran interés por las músicas del mundo, como le llaman. Se generan festivales todo el tiempo, donde entra lo que hago. Accedés a un circuito muy profesional y muy rico. El contacto con las colectividades uruguayas, sobre todo en Suecia, fue muy importante. Me dieron una gran mano, me indicaron en qué circuitos presentarme, como en el Nefertiti Jazz Club de Gotemburgo, un lugar al que he ido varias veces. Y si sos prolijo y hacés las cosas bien, una vez que te va bien te vuelven a llamar una y otra vez, todos los años. Ellos son muy estructurados y a mí esa dinámica no me cuesta nada. Si llegás tarde a una prueba de sonido, está todo mal, capaz que se ofenden y el sonidista no te habla. Y me acoplé bien a esa dinámica.

    —Quien escucha tus discos y ve tus conciertos intuye esa disciplina en tu laburo…

    —Es así, y eso se lo debo más que a nadie a Esmoris y la BCG. Ahí lo aprendí todo. Nunca ensayé tanto en mi vida como con la BCG, y con el Flaco aprendí que las cosas se logran a través del trabajo. Y punto. El talento está buenísimo, podés ser un genio, pero, si no laburás, difícilmente te irá bien.

    —El concierto del sábado 27 en el Solís, con más de 20 músicos en escena, formaciones como un quinteto de cuerdas y un cuarteto de guitarras y con invitados como Eli Almic, Cristina Fernández y Gabriel Peluffo, será el mayor de tu carrera. ¿Cómo lo pensaste?

    —Habrá distintos segmentos en el concierto para ir recorriendo distintos climas y así recorrer toda la gama de proyectos en los que he estado. El quinteto de cuerdas (contrabajo, chelo, viola y dos violines) evoca el trabajo que he hecho con formaciones como la Orquesta de Minas Gerais y la Banda Sinfónica y la Filarmónica de Montevideo. A nivel de arreglos va a recrear ese sonido. Obviamente no es lo mismo un quinteto que una orquesta con 70 músicos. El cuarteto de guitarra refleja el sonido que acompañó a las grandes voces uruguayas como Amalia de la Vega y Alfredo Zitarrosa. Y el repertorio que haremos tiene que ver con ellos dos. Será un homenaje a ellos y a ese sonido. Y después estará la banda con mi sonido característico, que abrirá y cerrará el show.

    —Has cultivado un vínculo muy profundo con Cristina Fernández. ¿Es una voz que te marcó? 

    —Está entre las mejores cantoras que tenemos en Uruguay. Es impresionante lo que canta Cristina. La escucho y me emociona cada vez más. Se lo dije la otra vez por WhatsApp después de que cantamos juntas con la Filarmónica en AFE hace tres años. Y ahora me saco el gusto de invitarla a compartir el escenario en el Solís. Estoy muy contenta por eso.

    Vida Cultural
    2023-05-17T23:28:00