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    ¿Por dónde doblar?

    A la luz de lo que está ocurriendo en estos días no la tendría fácil el desaparecido filósofo italiano Norberto Bobbio en aclararnos e ilustrarnos sobre derechas e izquierdas.

    La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) ha sido acusada de derechista y de ser un club de empresarios por las izquierdas continentales y organizaciones afines, pero muy particularmente por un coro en el que al unísono la condenaban presidentes y mandamases como Alberto Fujimori y Rafael Correa, Pinochet y Hugo Chávez, Videla y los Kirchner, Gregorio Álvarez y Ortega, Evo Morales y Maduro. Semejante mescolanza sin dudas crea confusión, sobre todo para los ocupados de ubicar y ubicarse en la derecha (tan incómoda y autoritaria) o en la izquierda (tan atractiva como inoperante, y también muy autoritaria como se está viendo).

    Para agregar más leña al fuego —o al embarullamiento— la SIP acaba de condenar a Donald Trump y sus asesores más cercanos por sus ataques y calificaciones despectivas a medios de comunicación y periodistas. El presidente de la organización, el norteamericano Matt Sanders, expresó que la SIP tiene sobrada experiencia “en observar cómo otros presidentes de la región pasaron del discurso incendiario a la censura directa de medios y periodistas”, al tiempo que advirtió: “estamos atentos y alertas ante esta situación”.

    Si la SIP es de derecha, ¿Trump es de izquierda? ¿O viceversa?

    ———o———

    Trump ha calificado a los periodistas de mentirosos, de ser basura, de deshonestos (“los periodistas están entre los más deshonestos de la tierra”, ha dicho), y puesto en presidente él y sus voceros recomiendan a los medios y periodistas “mantener la boca cerrada”.

    Igualito; como si uno estuviera oyendo un discurso del ecuatoriano Rafael Correa. En la misma línea y el mismo tipo de insultos. Correa con una lista un poco más larga, pero puede que sea cuestión de tiempo. Ahora, de los dos —Trump y Correa—, ¿cuál es de izquierda y cuál de derecha?

    Trump hace buenas migas con Putin. El ruso no es que sea de izquierda, pero las izquierdas lo consideran (quizás por nostalgias de cuando desde Rusia venía financiamiento) como uno más del equipo. Es el rival natural de los EEUU, lo que lo hace antiimperialista y con eso basta. Trump al mismo tiempo es amigo del primer ministro Benjamín Netanyahu de Israel (derechista), y Putin cuenta con la simpatía de Marine Le Pen, también derechista. Y así sigue y suma. No es fácil.

    ———o———

    Trump ha acusado a la prensa de ser el verdadero partido de oposición. (¿y los demócratas qué son?). Eso nos recuerda que por estos lares (Argentina y Uruguay) se ha utilizado mucho esa misma muletilla o recurso, por un lado para ningunear a los partidos de oposición (la mayoría de los cuales se ocupan de ningunearse a sí mismos) y por el otro para restarle credibilidad a la prensa independiente (no opositora) que se ocupa, simplemente, de informar lo que pasa.

    En el vecino país el enfrentamiento entre los Kirchner y el diario “Clarín” fue algo de eso (no muy puro, por cuanto estaba contaminado de los vaivenes en las relaciones entre Néstor Kirchner y Héctor Magnetto, el zar de “Clarín”). Aquí en Uruguay fue más claro y directo: el presidente Tabaré Vázquez durante su primera presidencia dijo que la prensa era la verdadera oposición (y dio nombres y apellidos) y en alguna forma ha sido lo mismo en esta segunda, en que sus funcionarios más allegados hasta hablaron del “eje del mal” (también con nombres y apellidos).

    ¿Qué podemos sacar en claro?: Trump es de derecha y Vázquez y Kirchner (que no podían ni verse) son de izquierda. ¿O viceversa?

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    Lo malo es que la prensa a veces entra en ese juego de encasillar (no me refiero a aquellos que en realidad están jugando a la política o están al servicio) y ello, llegado el caso, les hace perder credibilidad e influencia. Trump tuvo en contra a 370 medios de prensa y a favor tan solo a 13. La prensa norteamericana, sin duda, debería revisar cómo se ha manejado e incluso cómo se está manejando.

    Siempre existe, además, el riesgo de que medios y periodistas sean utilizados. Trump es muy ilustrativo en esta materia en sus libros “Pensar en grande” del 2007 y “Grande otra vez” del 2015. “Yo uso los medios para atraer atención”, dice, y explica: “si dices algo un poco diferente o cosas increíbles ellos te aman” y te dan titulares y primeras planas, “y yo le doy lo que quieren”. (Ver distintos modelos: Joseph Mccarthy, contralmirante Márquez, Chávez, Mujica).

    Trump posa de víctima, sin perder un ápice de su soberbia (“por mucho tiempo yo he sido el hombre que los medios aman odiar”), y también compadrea (los medios y los periodistas “gustan de mí porque mejoran la audiencia, pero ellos me odian porque saben que no los necesito”).

    ———o———

    En fin, siempre hay cosas para revisar. Lo que no cambia es que a los que llegan al gobierno, en donde sea y sean de derecha o izquierda, como que no les cae bien que la prensa se ponga a informar. Una cosa es en la oposición y otra cuando se llega (hay pocas excepciones). Y es de siempre. Ya lo advertía John Milton en 1645 en su alegato por la libertad de prensa (Areopagítica) ante el Parlamento inglés, al señalar que cuando “los obispos” perdían el poder, “todas las prensas debían trabajar expeditas”, pero recuperados al mando “la redoma de la verdad no hubo de verter más aceite, la libertad de la prensa hubo de ser otra vez sojuzgada por la comisión prelacial de los veinte, se vio anulado el privilegio de los pueblos, y, lo que es peor, la libertad del saber vino a gemir todavía en sus antiguas cadenas”.

    Decididamente no es un problema de derechas o izquierdas. Además, ¿dónde está la izquierda y dónde la derecha? Es difícil ubicarlo, como hemos visto: en lo único que sí están en lo mismo y son iguales, es en ese esfuerzo por evitar que el pueblo, el que los elige y del que tanto hablan, sepa qué es lo que están haciendo.