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    “Que se muera el género humano o no, al universo le da exactamente igual”

    La compositora y cantante española Queyi se presentará el viernes 8 en el Bar Tabaré

    En realidad, Queyi se llama María Eugenia Nozal y es una señora artista que en escena se comporta como una niña desinhibida, a veces tierna y otras veces “fatal”. El viernes 1º interpretó sus temas en el Bar Tabaré junto a su piano y al guitarrista bonaerense Juan Pablo Lazo, en un concierto que se repetirá mañana, viernes 8.

    Algunas instantáneas del espectáculo son las siguientes. La española se saca los zapatos dorados de taco ancho para ponerlos arriba del piano, hasta que toma uno para jugar a que mata una cucaracha. Descalza, se sube a una silla y canta agachada para llegar al micrófono, incómoda. Pero divertida. Queyi dibuja un pajarito con un marcador negro sobre su brazo, recreando detalles que grafican lo que está interpretando. En ese momento no le importa nada más que mostrarse tal cual es y, de esa manera, acrecentar la conexión con el público. A caballo de esta faceta lúdica, la cantante que nació en Palencia despliega una voz llena de ternura y potencia que entona letras poéticas y románticas en canciones de rock and pop que también le cantan a la vida cotidiana. Queyi concentra en lo que hace las mismas dosis de energía y de profesionalismo.

    El 26 y 27 de noviembre próximos, grabará un disco en vivo en la sala Zavala Muniz. Los álbumes que editó hasta el momento son “Nada como un pez” y “El desayuno a mi modo”, además del infantil “Queremos un carril bici”, junto a la uruguaya Ana Prada, y un cuento en DVD con Cara Cubo, un personaje para niños hecho con globos. El arte de las cajas incluye unos dibujitos que Queyi realiza en papeles alargados o en puzzles. En los últimos meses, ella se presentó en Argentina, en Altagracia, Río de Oro, Córdoba y Rosario, y estuvo también en Montevideo y en Brasil para preparar el espectáculo de “Queremos un carril bici”, que se presentará el 7 y 8 de setiembre en el Festival de Porto Alegre. Este disco además, ha sido nominado esta semana a los Premios Graffiti a la música uruguaya.

    Esta artista estudió filología y música en la Universidad de Salamanca, a la que llegó enamorada de un muchacho: “Siempre el corazón me ha hecho viajar”, dice a Búsqueda riendo. Estudió cine y trabajó como pianista de conservatorios en Madrid. El director y actor canadiense Robert Lepage la marcó profundamente e hizo que comenzara a componer obras para teatro y cine, interesándose especialmente en el teatro de sombras y objetos. De esta manera, escribió piezas para películas en las que participa Elena Anaya, quien este año obtuvo el Goya a mejor actriz por su trabajo en la película de Pedro Almodóvar “La piel que habito”.

    Queyi tiene alma de anfitriona. Quiere agasajar a su visitante con lo que tiene a mano: un cocido de porotos, un café o unas manzanas asadas que gusta cocinar al mismo tiempo que el pan casero que amasa. Dice que le gusta tener la casa llena de gente, como cuando era chica y en la casa eran nueve hermanos. Su “hit” culinario es el cocido madrileño, que lleva garbanzos, chorizo colorado, verduras, morrones, ajos y, claro está, aceite de oliva. “Es una bomba, una comida para pastores”, asegura sonriendo.

    Admiradora de Leo Maslíah, homenajea constantemente a grandes escritores, como sucede en “Yo era una mujer que vivía bien”, una canción inspirada en la novela “La pasión según G.H”, de Clarice Lispector. Algunas letras son pegadizas, como la del tema infantil “Me da más miedo cruzar puentes que comer verdura”, o encierran una poesía hermosa, naïf y candorosa, como en “Lorca”: “Un día me levanté y mi corazón no hallé/ madre mía qué sustito/ cuando vi el agujerito/ ¿Dónde estás, mi corazón?/ En el pulso de un gorrión”.

    El siguiente es un resumen del diálogo que mantuvo con Búsqueda.

    —¿Quién la bautizó con el apodo de Queyi?

    —El hermano que me seguía en edad tenía dos años más que yo y un día me llamó “Quela” y de allí pasó a “Quellina”, que fue como me llamaron durante toda la infancia. Y, cuando ya era grandota, quedé como “Queyi” para siempre. Por suerte, porque si tienes que hacer música pop y llamarte Eugenia López Nozal, no existes.

    —¿Y cuántos hermanos tiene?

    —Ocho, y todos mayores que yo: somos una enorme familia española de aquellos momentos en los que había que poblar el país. Mi familia es un gran referente para mí, y son muy particulares todos. Hay un pintor, un profesor de biología, dos mujeres que trabajan en organizaciones del gobierno, un ingeniero, un asistente social y un psicólogo. Todos cultivamos un punto excéntrico que creo que nos viene de la infancia, de cómo nos criaron en aquella casa donde se permitía jugar a lo que fuera y de cualquier manera: no había pereza para nada. Ahora tenemos un foro en internet, porque cada uno está en un lugar diferente del mundo. Además, a los hermanos se sumaron los sobrinos.

    —¿Cómo eran esas escenas excéntricas en aquel hogar de la niñez?

    —Me crié en una casa con un padre y una madre sin ninguna pereza para que los hijos menores jugaran a lo que quisieran y con quien quisieran. Podíamos poner una mesa encima de la otra, las sábanas de toda la casa colgadas para hacer una diligencia y hasta podíamos revolucionar la casa entera. El que hoy es biólogo tenía pajaritos y ratoncitos que se le escapaban. El ingeniero tenía una conexión con alarmas de un extremo al otro del hogar. Si decías que querías disfrazarte, mi mamá sacaba un baúl lleno de disfraces, aunque tuviera que subirse a la cocina para llegar a un armario alto. Y siempre había un piano sonando, tocadito por alguien que pasaba por allí.

    —¿Cómo fue la realización del disco “El desayuno a mi modo” en Uruguay?

    —Lo pasé bárbaro y lo produjimos junto a Diego Drexler, que fue un compañerazo. Paso muchos nervios cuando ya no queda otra que hacer el disco. Hicimos un lindo álbum de estudio, que es diferente del vivo. Me ha dado muchas alegrías y ahora estamos preparando una segunda edición. Si vamos a actuar a Argentina, tenemos que ir rellenos de discos porque la gente los quiere. Soy de decir “está todo bien: compártanlo”, pues no me parece una ofensa a los derechos de autor, que obviamente quiero defender. Pero siempre se compartió la música, hasta cuando había cintas magnéticas. No puede haber gente tan tarada como para querer tener 10 discos de un tera, de no sé cuántos gigas, para guardar música que no va a poder escuchar en siete vidas. Pues si es tonto, peor pa’ él. Mi experiencia es que la gente a la que le gusta la música que yo hago, busca el disco debajo de las piedras y lo compra.

    —¿Qué la llevó a componer algunos de sus temas en inglés?

    —Tengo muchas referencias de escritores ingleses. He hecho música para sonetos de Shakespeare, para una película española que se llama “Miguel y William”, donde la actriz española Elena Anaya canta una canción con ese soneto que dice: “My love is a fever, longing still...”, que es maravilloso: “Mi amor es una fiebre que cuanto más trato de bajar, más sube”. Hice la música de “Trabajos de amor perdidos”. Y en “Desayuno a mi modo”, cito a Edward Lear y a Eleanor Farjeon.

    —Usted ha declarado que el amor la ha llevado a viajar, y también es cierto que sus parejas han estado vinculadas a lo artístico. ¿Piensa que esto retroalimenta su trabajo creativo?

    —Sí, mis parejas más importantes han sido un escultor, una actriz y una música. Las personas más importantes de mi vida siempre estuvieron vinculadas con el arte, como lo estaban mis hermanos y mis hermanas, con quienes crecí. Pero no es que lo busque así.

    —¿Será que le facilita la vida estar con artistas con los que puede compartir una vida cotidiana más informal?

    —Con estas tres personas que he nombrado, cada cual en sus ámbitos, la casa era un delirio. O porque te encontrabas a alguien con unos vestidos así de grandes, pues al día siguiente tenía que filmar una película, o porque veías una pelusa de pelos de este tamaño debajo de un sofá y decías “qué horror”, y él te contestaba: “No lo toques, porque es una cosa que estoy incubando para una pieza de escultura”. También ha sucedido que una de mis parejas se pusiera a cantar a las 5 de la mañana. Evidentemente, no son casos normales y yo tampoco soy muy normal o no sé lo que es la normalidad. Sí sé qué es lo que a mí me hace feliz, que a lo mejor no tiene que ver con los ritmos más habituales de las cosas.

    —El álbum “Queremos un carril bici” tiene una propuesta ecológica. ¿Qué opina sobre los problemas medioambientales más candentes de la actualidad?

    —Tengo una opinión bastante radical. La energía está ahí, están el sol y el agua, y me parece que hay muchas opiniones sobre el medioambiente que no son tan así. Lo del calentamiento global, lo de que nos vamos a morir todos... El planeta se ha calentado y se ha enfriado a lo largo de los siglos muchas veces. Que se muera el género humano o no, al universo le da exactamente igual. Y no es que “ay, vamos a destrozar la Tierra”. No, la Tierra va a seguir tranquilamente, tiene un centro energético en el núcleo, que pa’ terminar con eso, ¡pobres humanos!: ni todos juntos dando una patada. No seamos tan absurdos. ¿Cuál es el problema real medioambiental? Nuestro bienestar. Si tú quieres ir al Obelisco en coche, te vas a morir de asco: 18 de Julio es una avenida totalmente plana en la que si hubiera un carril de cada lado, como en Copenhague, irías en tu bici, que vale 3 pesetas, y el que quisiera glamour tendría unas carísimas y maravillosas. Que no haya embotellamientos y que haya árboles en la ciudad es una cuestión de bienestar. Basta con ver en qué cosas inviertes y en cuáles no y tener una austeridad del alma pa’ disfrutar. Una buena comida tiene una serie de ingredientes muy buenos, bien condimentados. Y la vida para mí es lo mismo. Si no, es una sopa asquerosa. En definitiva, hay que encontrar un equilibrio para vivir mejor, porque al planeta le da igual. Si el género humano mañana termina... Tengo la teoría de que no se va a ir a la mierda porque fue un poco el que se hizo con el cotarro. Y por el instinto de supervivencia, no va ser tan imbécil de autodestruirse.