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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMi amigo Danilo Arbilla escribió la semana pasada una columna titulada “¿Quién va a ganar?” Allí desarrolla él su percepción acerca de que el Frente Amplio está pronto para perder las próximas elecciones pero no hay nadie pronto para ganar: en consecuencia, el Frente Amplio volverá a ganar. Se trata de una percepción bastante generalizada, pero no por muy repetido algo se convierte en acertado.
Escrutar el futuro ha sido desde siempre un pasatiempo atractivo. Quién ganará las próximas elecciones, faltando hoy tres años para ello, tiene la misma consistencia que los pronósticos meteorológicos, pero nos abre el camino a un interesante abanico de conjeturas sobre nuestro país. Si buscamos precisar algunos términos de la afirmación generalizada que Arbilla recoge podremos acercarnos a entender el presente más que acertar en el pronóstico (aunque también puede servir para eso).
Que el Frente Amplio esté para perder parece evidente, pero no es exacto. Lo exacto, lo que refleja bien la realidad, es que el Frente Amplio ya perdió. Se perdió a sí mismo, se perdió como ilusión, que lo fue y en grado importante. El Frente interpretó con éxito comprobado al Uruguay. Algunos dirán que lo engatusó con éxito. Valoraciones aparte, no se puede negar que tuvo una exitosa comunicación con el Uruguay. Pero ya no más: permanece como una obstinación de sus fedayines y una necesidad para sus colocados con sueldo en alguna repartición del estado. Pero la magia se perdió. El Frente es hoy un gigante herido, irritado consigo mismo, que deambula a los tumbos sin rumbo cierto. ¿De eso se desprende que va a perder la próxima elección? Veamos.
Lo primero, aquello de que perdió, es una certeza: lo segundo es por ahora materia de especulación. Pero es más importante analizar la situación de un pueblo donde la mayoría tenía una ilusión (cómoda ilusión, pero ilusión al fin) y la perdió que pronosticar un futuro resultado electoral.
El mundo de hoy —aquel en cuyos arrabales pobres y distantes habitamos— está menos dispuesto que antes (o nada dispuesto) al entusiasmo hacia los grandes relatos convocantes. Ya se sabe y hay montones de libros escritos al respecto: no convocan las iglesias, no convocan los partidos, ni las tradiciones, ni las patrias, ni la revolución: lo que queda del Che Guevara es su imagen tatuada en el rollizo hombro de Maradona. El Frente Amplio uruguayo cae en la misma volteada.
¿Qué es lo que viene después del apagón de las ilusiones, en este caso, después de la ilusión frenteamplista? Es allí donde se ubica la pregunta acerca de quién va a ganar. Arbilla no ve a nadie. Pero no ve a nadie porque busca en el mismo registro de lo que fue. En ese registro no hay nadie porque ese registro se acabó, en ese pentagrama político no se produce más música alguna. El ganador posible lo hará en otro registro.
El Frente Amplio perdió porque se extinguió como ilusión, porque dejó de encantar, pero dejó de encantar no solo porque ya pasó el tiempo de los encantadores sino porque se corrompió. Los casos de corrupción del Frente Amplio son profusos y conocidos: enumerarlos con prolijidad extendería innecesariamente el análisis. Se trata de casos de corrupción administrativa, como Pluna, Ancap, etc., de casos de corrupción personal como los negocios con Venezuela o el plan de viviendas del PIT-CNT o casos de envilecimiento institucional como el de los órganos de dirección política que apoyan a Sendic y sus diplomas perdidos.
Cuando hay dinero en abundancia la gente traga sapos con mayor facilidad y despreocupación que cuando el dinero empieza a faltar; las concesiones al “encanto” empiezan a restringirse con la escasez. Este es otro elemento importante para explicar el proceso del Frente Amplio. Cuando la incapacidad —uso un término casi cariñoso- en el manejo de Ancap se convierte en un problema en el momento de echarle nafta a la motito la vista se desvía un tanto de las declamaciones sobre la revolución y el progresismo y se vuelve hacia quienes hablan de manejo cuidadoso de la cosa pública y de probidad administrativa.
Muerto el encanto del Frente Amplio no parece que el Uruguay vaya a buscarse nuevos encantadores. Los cambios en nuestro país son parsimoniosos, como se sabe, y quedará por un tiempo un remanente de nostálgicos (probablemente importante) que hará que Mujica vuelva a ser candidato del Frente Amplio, a pesar de que sus encantos se vuelcan ahora más hacia el terreno de la declamación y el show, tanto como estrella de las películas de Kusturica como de figura central en biografías que venden miles de ejemplares. Pero creo que habrá un porcentaje incremental de uruguayos que prestarán su atención y su apoyo a otras propuestas. En mi opinión la propuesta que concitará la mayor atención podrá revestirse de formulaciones más sofisticadas pero, en concreto, será algo así como: se acabó el abuso, o basta de relajo.
¿Cómo se deletrea políticamente el fin del relajo? ¿Cómo se convierte el se acabó el abuso en discurso y en objetivo nacional? Yo no soy dirigente político pero estimo que la cosa iría en un sentido general de oposición o freno a los mandones a cualquier título y a las dominaciones instaladas y legitimadas por el uso (mal uso), y una posición de de defensa de los más débiles y menos organizados: por ejemplo, estar del lado del comerciante multiasaltado, de parte del estudiante sin clases por medidas sindicales, de parte de la mayoría que quiera trabajar cuando la planta esté ocupada por unos pocos, de parte de quienes quieren arreglar el Hospital de Clínicas mediante PPP y no de los que lo van a dejar en la ruina en que está, de parte de los que se animan a emprender algo por cuenta propia antes que seguir pidiendo protección y un régimen especial, de parte de una inserción internacional que persiga los intereses nacionales y no fidelidad a consignas. Y agregaría la atención hacia aquellos dirigentes que han escuchado las encuestas que dicen que los uruguayos tienen más respeto y valoran más al Ejército que a los sindicatos, o hacia los políticos que se ocupan de la gente común (que es más) antes que de los de la diversidad de género (que son menos). Para resumir: la cosa iría en la dirección de aquellos dirigentes que entendieron que hubiera sido una más correcta interpretación de la historia y mejor emblema de futuro para el país levantarle un monumento a Wilson Ferreira Aldunate en Trinidad, en cuyo cuartel estuvo preso, que a Raúl Sendic por haber nacido en ese pago.
Naturalmente no todo el Uruguay va a comprender o aceptar ese rumbo; una parte lo va a resistir ferozmente. Pero hay otra parte que lo va a aceptar, lo va a entender, y se va a animar a ir a contrapelo de muchas cosas que parecían definitivamente instaladas. No se puede buscar la aceptación universal. La política, según me enseñó mi amigo el difunto Fernando Oliú, es por algo y en contra de algo. Creo que la parte del Uruguay dispuesta a comprometerse con eso que describí arriba es más grande de lo que parece; con esa se pueden disipar las dudas y aventurar una respuesta para la pregunta.
Juan Martín Posadas