—Un disco en mis manos pero sin saber qué era. Recuerdo el tocadiscos roto en lo de mi abuela y el disco de plástico adentro del forro de nailon. Todos los discos que se hacían acá, del Palacio de la Música, venían así. Y recuerdo que me enteré muchos años después para qué servían. Los primeros discos de Los Beatles acá tenían todos la misma portada, la misma foto, Los Beatles en blanco y solo cambiaba el color del fondo. Ni siquiera respetaban los temas verdaderos. A veces faltaba alguna canción. Things We Say Today, de A Hard Day’s Night, no estaba en la edición uruguaya. La escuché años después. Los cortaban acá en Sondor y se ve que eran más cortos los vinilos. El primer disco que oí fue Serrat para Machado y después Canciones para mí, de María Elena Walsh. Como el tocadiscos no andaba, lo giraba a dedo y escuchaba bien cerca de la púa. Si vos girás un disco y le ponés una aguja arriba, suena. Después nos mudamos a esta casa y mi viejo compró un tocadiscos.
—Para entrenar el oído...
—Me empecé a interesar en la tecnología y en la grabación. Conocí antes los aparatos que la música. De música solo conocía los Sábados circulares de (Pipo) Mancera. Hice click cuando mi madre comenzó a comprarse discos de Palito Ortega, Donald y toda esa porquería. Ensaladas siniestras como Tip Tops y Sótano Beat. Ahí vi que existía una batería y me gustó ese artefacto. Cuando vi a Abracadabra tocando en la tele, de chiquito, empecé a aprender batería. Después la cambié por la guitarra.
—¿Rompía mucho aparatos al desarmarlos?
—Cada vez que lo volvés a armar te sobran tornillos (ríe). De lo primero que aprendí fue a enlentecer la cinta de los caseteros poniéndole hilo de coser en la polea del motor, cosa que aprendí con el Mecano, jugando con las poleas.
—¿Esa curiosidad por el funcionamiento de las cosas determinó su forma de hacer música?
—Mis primeros temas en realidad eran excusas para poder experimentar con los aparatos. No me interesaba mucho la música en esa época, pero me fascinaba el hecho de poder grabar música. Cómo hacían para grabar esto o aquello. No tenía canciones y me ponía a grabar sin componer. Y es lo que hago hasta el día de hoy, aunque hoy ya no me sorprende la grabación. Ya no hay poesía, lo hace una computadora. Grabo y veo si lo que quedó me gusta o no. No compongo con la guitarrita.
—Su forma de buscar y componer es grabando...
—Es sonido. Lo que hago es sonido, con o sin letra, con tal o cual instrumento. Lo voy definiendo a medida que lo voy grabando.
—¿Entonces acumula cientos de horas de grabación descartadas?
—Sí, horas y horas de cosas que no llegan a ningún lado. Un pedazo de melodía, un ritmo con una línea de bajo. Algunas ideas van quedando guardadas para el siguiente disco. Están ahí.
—¿Recuerda esas primeras canciones?
—Sí. Era muy niño, tendría diez, doce años. Me habían regalado un grabador de cinta de una pista. Decía “me hago pichí, me hago caca, alcanzame papel” (ríe). No tenía batería e hice el bombo con un bidón de querosén y el redoblante con la lata de la jaula del canario.
—¿Ya hacía música con su hermano Roberto?
—Hacíamos programas de radio grabados, venía gente a cantar e inventábamos canciones. En una casa que alquilaban mis padres afuera estaba Inventario 70, de Benedetti, y musicalizábamos esas poesías con voces de guarango. Después llegamos a tocar en vivo un poema de Idea Vilariño.
—¿Recuerda el inicio de El Cuarteto de Nos?
—Fue en el cumpleaños de 15 de la hermana de Santiago Tavella, en el Centro Protección de Choferes. Después tocamos mucho en los festivales de liceos, como el Seminario y el Crandon, canciones de Los Beatles y Creedence, y un tema nuestro. Cambiábamos de nombre en cada actuación hasta que un día nos fue bien, pidieron bises y todo, y quedó El Cuarteto de Nos. Siempre nos pareció un nombre horrible.
—¿Cómo recuerda ese primer disco a medias con Mandrake Wolf?
—Con vergüenza ajena de mí mismo. En ese disco hice un tema con Mandrake que, la verdad, es horrible. El otro día que toqué con ellos me negué a hacerlo. Ayuí me pidió para remasterizarlo ahora que lo reeditó y lo hice con el lado de Wolf. El nuestro no lo pude ni tocar. Lo masterizó otro.
—La autocrítrica ante todo...
—Muy poca cosa soporto de lo que he hecho (ríe).
—¿Eso explica su partida definitiva de El Cuarteto?
—¿Definitiva? ¿Esta última ida? Supongo que sí porque así como está la banda no creo que viva mucho más tiempo.
—Pero El Cuarteto goza de buena salud...
—Estética, para nada. Goza de buena salud empresarial, pero no estética. No sé por cuanto más se puede sostener una cosa así.
—¿Se fue porque sintió que sus ideas no eran tenidas en cuenta?
—La banda se transformó en otra cosa. Dejó de ser de sus dueños y pasó a ser de otros dueños. Terminé siendo empleado y no había plata. Por eso me fui.
—¿La decisión fue un proceso que le llevó tres discos?
—No, porque el sonido de Raro y la recopilación anterior (los dos primeros discos que produjo Juan Campodónico) están muy bien. A partir de ahí todo es tratar de repetir lo de Raro, que fue un exitazo. Es como tratar de repetir Otra navidad en las trincheras (el primer gran éxito en la historia del Cuarteto, de 1994, uno de los discos más vendidos de la historia de la música uruguaya, con más de 20.000 copias). Eso me parece ridículo y triste. Bipolar no me gustó nada. Ahí toqué la guitarra, nada más. Toqué lo que me dijeron que tocara. Llegué a tocar en un Pilsen Rock, vi que la postura en vivo también era un desastre, y me fui. No me interesó más.
—A cinco años, ¿se arrepiente de la decisión?
—De haberme ido, no. Quizá me arrepiento de no haberla peleado. ¿Por qué me tengo que ir yo si soy tan dueño del nombre de la banda como ellos? Podría seguir usando el nombre yo, por ejemplo. Pero soy sumiso, y aparte, son amigos. Pero creo que ni ellos tienen mucha idea de qué pasa con la empresa. Son empleados de una máquina que fabricaron ellos.
—¿Con Campodónico pudo intercambiar criterios?
—No. Hablé una vez, cuando me estaba yendo. Pero tampoco creo que sea un problema de Campodónico sino de cómo ellos se dejaron... Obviamente está todo permitido por ellos. La banda hoy es Campodónico y mi hermano.
—¿Se siente dolido?
—No, siento que ahora suenan muy bien pero que hay un desperdicio de tecnología y de guita. Siento que es una pena; un desperdicio estar 30 años laburando para una banda y cuando por fin tiene éxito, se transforma en un cuadro de fútbol... y vos terminaste de aguatero. ¿Qué pasó? Sigan ustedes si quieren.
—¿La búsqueda hasta llegar a ¡Formidable! le llevó estos cinco años?
—En estos años hice un par de conciertos de discos viejos, no me fue muy bien y estuve mucho tiempo sin tocar. Pero este año me puse a grabar cosas porque cumplo 50 años y me propuse hacer un nuevo disco. Lo colgué en Internet porque hoy la web no es lo que era hace tres años. ¡Cuando saqué Servo (en 2007) no existía Facebook! Usábamos MSN. Llegué a 7.300 descargas y lo corté porque salió el CD pago y me parecía poco leal con el sello, que me pagó regalías por adelantado.
—Es un mecanismo de edición novedoso en Uruguay.
—No es transplantable a otra experiencia. Es un proceso solo aplicable a Riki Musso en 2014, por varios factores. Porque no había sacado un disco desde que me fui del Cuarteto, porque el Cuarteto saca discos parecidos, porque estaba tocando muy poco, se venden menos discos y todo el mundo cuelga sus discos en Soundcloud. Además fue durante el Mundial: nadie sacaba nada en esos días pero pensé que los periodistas de música tenían que seguir escribiendo, y así fue: me hicieron mil notas porque no había nada de qué hablar. Las condiciones se dieron.
—Claramente este disco es muy diferente a Farmacia (1992) y Servo (ambos por Perro Andaluz). Mucho menos arduo, con menos “cosas raras”, como ha dicho.
—Claro, porque esos discos los hice estando en El Cuarteto. Eran impenetrables, sí, pero eran para eso, no pretendían nada. Farmacia fue hecho con grabaciones rejuntadas para exposiciones de pintura de Hugo Longa, López Lage y Alvaro Pemper.
—¿El tema Nuestro aporte es deudor de Farmacia?
—Es sobre los saborizantes artificiales. Todo sacado de los ingredientes de los jugos, los puré y las sopas artificiales. Cosas que nos gustan mucho, a veces más que los naturales. No tengo nada contra los transgénicos, pero los genetistas podrían preocuparse por mejorar el sabor de los alimentos.
—Este disco tiene un concepto musical muy pop. ¿Cual fue la idea?
—La idea era vender. La única finalidad de este disco es hacer plata. No hay otra. Entonces me dije: quiero hacer plata con la música que me haga feliz.
—¿Siete mil descargas no atentan contra la venta del disco?
—No, porque yo no pensaba editarlo. Lo dejé para descargar, que la gente lo conozca rápidamente y lograr entrar en algún festival en primavera, cosa que ya conseguí, en el Antel Fest. Punto, cumplió su cometido. Riki Musso está tocando de vuelta. Después me ofrecieron editarlo. Ok, ¿cuánto hay? Total, ya no se estaba descargando tanto. Tenía picos: una nota en la tele eran 300 descargas más. Vender 300 discos es muy difícil. Hoy en día el disco en la web no compite contra la venta. Es una difusión más, como que lo pasen en la radio. Es así. El que le guste de verdad lo va a querer comprar y va a ir al show. Yo quería publicidad instantánea y sucedió. ¡Soy un gran publicista!