N° 1958 - 22 al 28 de Febrero de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSi algo quedó de manifiesto el lunes 19 a las puertas del Ministerio de Ganadería cuando una veintena de ciudadanos interpeló al presidente Vázquez, es que el mandatario sobreestimó su capacidad de persuasión, creyó que sorprendería al grupo enfrentándolo para terminar dominándolo. El tiro le salió por la culata. Perdió el control de la situación para protagonizar una escena patética cuando, tras sumarse a quienes coreaban “Uruguay, Uruguay”, advirtió que el coro había enmudecido. Al reclamarle al grupo retomar la consigna tuvo el silencio por respuesta. Finalmente, cuando se iba, descendió del coche oficial al que acababa de ascender para reprocharle a un colono que lo había acusado de mentir y se prodigó en el reproche.
Habrá quienes piensen que el presidente hizo bien al encarar la protesta y defender la política del gobierno. Que hizo bien al acusar a sus interpelantes de tener motivaciones políticas. Habrá también quienes crean que la protesta se excedió; que se le faltó el respeto y agravió al presidente. Pero nada de esto habría ocurrido si el presidente no hubiese querido “cancherear” exhibiendo su talante dialoguista.
Para el “camisetismo” frentista, que ha tratado de desmerecer de todas las formas posibles el reclamo de los “autoconvocados” y de atribuirle intencionalidad política, justificar la actitud y la reacción de Vázquez es cosa de todos los días. Se cierra filas, se defiende todo y a otra cosa.
¿Cómo esperar otra respuesta de quienes aprobaron la actitud del presidente de visitar hace unas semanas un Comité de Base del FA para brindar con sus correligionarios y augurarles el triunfo electoral de la izquierda el año próximo? Actitud muy poco republicana.
Siendo natural que quienes ante toda denuncia de abuso de funciones o de corrupción que involucre a algún jerarca público frentista creen estar ante una estrategia desestabilizadora, no vacilen en apoyar al presidente. Si lo hicieron durante meses con Sendic…
Ocurre que, tras décadas de actuar en sociedad con el movimiento sindical — incluso con prepotencia—, piensan que, como el ladrón, “todos son de su condición”.
La soberbia del poder, el enamoramiento de sus ideas, la autocomplacencia con su propio discurso, suele llevar a gobernantes y políticos oficialistas a distanciarse de la realidad tal como la perciben —y viven— muchos de sus compatriotas. A estos las estadísticas oficiales poco les dicen. No es que las nieguen, que crean que son fraguadas. Solo que en su realidad no están representados esos números ni comparten la lectura que de ellos hace el gobierno.
Si eso es así, con más razón lo es cuando desde la izquierda se concibe la política como el enfrentamiento entre quienes procuran el bien y quienes quieren hacer mal. Cuando se traza en la sociedad una línea divisoria que separa a “ellos” de “nosotros”. Y lo es en grado superlativo cuando se cree que el bien se ha impuesto al mal y que eso es algo final, definitivo y necesario, idea muy poco democrática, propia de concepciones totalitarias. De quienes proclaman orgullosos: “vamos por todo” y “llegamos para quedarnos”.
Sin siquiera admitir que “ellos” y “nosotros”, juntos, construimos cada día lo bueno y lo malo del país. ¿Habrá que recursar educación cívico-democrática?
En todos los tiempos, en todas las actividades, en todas las relaciones humanas, la soberbia suele ser muy mala consejera. Sobre todo porque desnuda actitudes, características y propósitos que por lo general se quieren ocultar.
Cuentan los historiadores que cuando los generales regresaban victoriosos a Roma, marchaban hacia el monte Capitolio recibiendo todo tipo de reconocimiento y honores. Durante el trayecto, un esclavo que sostenía los laureles de la victoria sobre la cabeza del general, le recordaba constantemente: “Respice post te, hominen te esse memento”, cuya traducción es: “Mira atrás y recuerda que solo eres un hombre”. En criollo, le advertía: no te la creas.
El episodio del lunes a las puertas de la sede ministerial no solo expresa la reacción de muchos ruralistas que consideran insuficientes las medidas del gobierno para hacer frente a sus problemas de rentabilidad y/o endeudamiento, el agravio que sintieron cuando se procuró desprestigiar sus reclamos aludiendo a las camionetas 4 por 4, a lo que han ganado o se han valorizado sus campos durante los 13 años de administraciones frentistas.
El gobierno ha reaccionado tardíamente ante la crisis y las protestas del agro. Protestas que, vamos, no son exclusivas del agro. También la industria, el comercio y los servicios, los pequeños y medianos empresarios, los profesionales, los trabajadores independientes, se quejan del peso agobiante de la presión tributaria, de la fijación de tarifas con fines recaudatorios para cubrir el déficit fiscal que dejó el gobierno de Mujica.
Insatisfacción que ha ido creciendo progresivamente y que no tiene solo un origen económico. Economistas públicos y privados coinciden en que el consumo interno ha sido —y es— uno de los factores que ha permitido retomar en el último año y medio el crecimiento económico. La insatisfacción, el malestar, corre también por otros andariveles.
La interpelación callejera del lunes, el nivel de cuestionamiento y enojo que manifestaron los interpelantes, habría sido impensable hace solo unos años.
Hay un innegable desgaste político que se acentúa con el paso de los años. Un desgaste que refiere a promesas y expectativas no satisfechas. A decisiones de gobierno que poco tienen que ver con lo que se proclama públicamente, con los principios fundacionales del FA. En ciertos casos suponen incluso renunciamientos éticos. Muchos votantes frentistas se preguntan qué quedó de la promesa de designar a los más capacitados para desempeñar cargos jerárquicos en la función publica.
El caso Sendic ha sido paradigmático. Pero no ha sido el único. El reparto de posiciones por cuota política, la designación de candidatos fracasados en posiciones relevantes del gobierno, la incorporación de familiares y amigos bien remunerados al sector público ha sido constante desde marzo de 2005. Como lo fue antes durante los gobiernos de los partidos tradicionales.
No es un invento opositor la trabazón autoimpuesta en la toma de decisiones importantes debido a diferencias políticas y la pugna constante de intereses sectoriales.
No podría sorprender entonces que desde hace más de un año todas las encuestas registren una sensible caída de la aprobación de la gestión del gobierno y de la intención de voto del oficialismo.
Si la insatisfacción ha ganado a muchos electores frentistas, se entiende el fastidio y el hartazgo de quienes creen equivocadas las orientaciones del gobierno, quienes sienten sobre sus finanzas personales el peso de las inversiones a pérdida de Ancap, Alas Uruguay, Fondes, Regasificadora. Quienes no encuentran justificación ante el descontrol y la ilegalidad de gastos “tolerada” en ASSE.
Ante la defensa de gobiernos autoritarios y corruptos solo porque se proclaman de izquierda y aplican políticas supuestamente “en beneficio de los más pobres”.
La defensa de esta clase de gobiernos con base en tales fundamentos, ¿no es parte de la línea argumental invocada en febrero de 1973 por comunistas, socialistas y la dirección de la CNT para coquetear con los militares que seis meses después barrieron con las instituciones democráticas?
Frente a estos hechos, acusar a la oposición de defender los intereses egoístas de los poderosos, de ser parte de una estrategia continental para desestabilizar a los gobiernos “progresistas” de la región carece de consistencia. Y no tiene futuro. Quienes apelan a este recurso deberían recordar que en el pasado la derecha mostraba imágenes de tanques rusos para desalentar el voto por candidatos de izquierda.