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La inseguridad que vive el Uruguay es percibida como el mayor problema que tiene nuestra sociedad, incluso cuando se vislumbra un grave deterioro de la economía, que no va a hacer otra cosa que atizarla.
La seguridad pública se ha deteriorado en los últimos años y como todo problema social complejo, tiene un origen multicausal y sistémico.
Fallas en la gestión, diagnósticos ideologizados, la droga y todas sus derivaciones, la desintegración de la familia y su acción como primera barrera de contención y formación de los jóvenes, acrecentada por una educación en caída libre que tampoco forma ni contiene a nadie, la pérdida de valores de la sociedad, la falta de incentivos positivos y más bien la incidencia de los desincentivos, referentes, mentores e íconos políticos y sociales “antitrabajo”, lo político sobre lo jurídico, etc., etc.
El problema es acuciante y desde hace más de cien días se reúne una comisión interpartidaria para analizar el tema y proponer posibles soluciones.
Dentro de las “multicausas sistémicas” me voy a focalizar en tres, que a modo de identificarlas las denomino:
a. Tejido social,
b. El relato
c. La confianza
Consciente de ser reiterativo, afirmo que las tres inciden en forma individual y sistémica, como vasos comunicantes, potenciándose unas a otras y exacerbándose para mayor inseguridad.
a. Tejido social
Hace más de cincuenta años, un grupo de orientales inspirados en la lucha de clases y en el “realismo mágico latinoamericano”, tomaron las armas para luchar por el poder.
Un poder que decían es representativo de grupos oligarcas que son responsables de las inequidades e injusticias que padece el país, por tanto hay que aniquilarlos. Con mucha ideología y poca realidad, para ellos el mundo aún hoy se divide en buenos y malos, y ellos son los buenos…
Entonces se actúa bajo el paradigma de la conspiración, aunque se esté en el gobierno y se deba construir y solucionar problemas.
Enfrente siempre se tienen enemigos que hay que someter, que hay que aniquilar, el que piensa diferente es un enemigo que se debe avasallar (“la Senadora dejó la ventana abierta”), aunque ello implique que no se avance en la solución de los problemas de la gente.
Hoy se comprueba que el paradigma de la lucha de clases es la pasta base de la política, autodestruye la sociedad y a cada uno de sus integrantes que la aplican. Está en la génesis de la violencia en que hoy se vive, la tiene como su principal razón.
En base a este paradigma que se desea imponer, un razonamiento simple del común de la gente es: “si carezco de cosas, es porque los oligarcas me las quitaron” y termino robando y matando a un pobre almacenero de barrio.
Más de cincuenta años de demolición del tejido social del Uruguay, de la sociedad integrada que fuimos (“naides es más que naides”), que comenzó robando armas en el Tiro Suizo y continúa al día de hoy al NO gritar un gol en un clásico del fútbol uruguayo por ser el autor el hijo de un político de otro partido.
“La lucha de clases”, segmenta a la sociedad y conlleva a lo que se conoce como “el pensamiento de grupo”, una sociedad partida con límites ora difusos, ora marcados, que por lo general apuntan a objetivos diferentes.
El pensamiento de grupo se presenta cuando los miembros de un grupo evitan la evaluación crítica de alternativas, de tal manera que puedan preservar el sentimiento de unidad y consenso del grupo. El intento de lograr el consenso a cualquier precio hace que los miembros de estos grupos eviten ser demasiado críticos al juzgar las ideas de los otros miembros (Pluna, ASSE, Ancap, etc.).
Las “víctimas del pensamiento de grupo” adquieren un sentimiento de invulnerabilidad y se sienten seguras y protegidas contra los peligros y actos ineficientes. Además, ignoran las críticas externas porque racionalizan su comportamiento y el de los otros. Los miembros tienden a creer que sus actos son inherentemente morales y éticos. Presionan a todos los elementos del grupo para que se ciñan a la decisión del grupo y no permiten discusión alguna sobre otras alternativas. Cuando enfrentan amenazas, los grupos probablemente hagan tiempo, pasen la cuenta o respalden los razonamientos de otros miembros en cuanto a la decisión adecuada. Este tipo de pensamiento de grupo se presenta con más frecuencia en grupos muy unidos cuando viven situaciones llenas de tensión, llegando a considerar a sus oponentes como seres malignos o estúpidos y por tanto no merecen credibilidad o son incompetentes para negociar las diferentes creencias o posiciones (Gordon, Judith. Comportamiento Organizacional. 1997. Prentice - Hall. México. Pág. 233).
¿Qué dice la comisión interpartidaria sobre esto? ¿Qué acciones tiene previstas para desterrar los odios de clase, sobre todo de parte de los ejecutores de las políticas que se discuten?
b. El “relato”
“El Universo no está hecho de átomos, sino de historias”. Roger Penrose
“La narración como forma de pensamiento y como una expresión de visión del mundo de una cultura. Es a través de nuestras propias narraciones como principalmente construimos una versión de nosotros mismos en el mundo y es a través de sus narraciones como una cultura ofrece modelos de identidad y acción a sus miembros. La apreciación de la relevancia de la narración no viene de una disciplina en particular, sino de la confluencia de muchas: literarias, socio-antropológicas, lingüísticas, históricas, psicológicas, incluso computacionales. Esto estaría indicando, que esta modalidad de aprendizaje, también refuerza un conjunto de factores que ayudan a crear identidad y comunidad” (en Bruner, J. 1997. La educación, puerta de la cultura. Madrid: Visor, pág. 13).
Desde los griegos, el pensamiento occidental ha tenido el curioso vicio de asumir que el mundo es racional y que el conocimiento verdadero sobre ese mundo toma la forma de proposiciones lógicas o científicas que se someten fácilmente a la explicación. “Propondré que convirtamos nuestros esfuerzos de entendimiento científico a la forma narrativa, “heurística narrativos”, el proceso de creación de ciencia es narrativo, consiste en hilar hipótesis sobre la naturaleza y comprobarlas (Bruner, J., op. cit., pág.:142).
“M’hijo el dotor” es una obra teatral escrita en 1903 por el dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez. Es un drama rural en tres actos que presenta un choque entre la gente perteneciente a la sociedad rural de principios de siglo, y los que se han mudado a la ciudad. El tema de la obra es el conflicto entre dos concepciones diversas de la vida, el eterno enfrentamiento de las generaciones.
Según José Ingenieros dicha obra señala: “Conflictos entre una tradición de siglos y una moral nueva, el drama de Florencio Sánchez lleva a la escena una página de audaz filosofía, bajo el manto ordinario de escenas propias de nuestra vida criolla. El público, unánime aplaudió el drama interesante; los cronistas teatrales celebraron la prolija competencia técnica; pocos, muy pocos, descubrieron lo esencial de “M’hijo el Dotor”, lo más digno de señalarse: el conflicto entre la ética vieja, crepuscular, y la ética nueva, apenas diseñada en la aurora de ideales altamente revolucionarios. Sánchez ha producido un drama de tesis original”.
Más allá de lo controvertido de la obra, su título en sí mismo, señala un camino a seguir para la gente del campo y luego también para otros sectores de la sociedad uruguaya del momento.
Es una narración que ayuda a entender “la construcción de un lugar para nosotros mismos, en el posible mundo de ese momento”, de acuerdo al marco expresado por Bruner, J., (op. cit., pág.:59).
Por tanto esta narración es crucial para la construcción de nuestra educación y aporta los significados para reforzar y facilitar nuestras capacidades mentales que nos ayudaron a ser luego la “Suiza de América”.
Esta obra marcó a varias de nuestras generaciones. El Dr. Tabaré Vázquez es un buen ejemplo de ello.
Analógicamente, esta obra ayudó a construir “El cerebro uruguayo” (ver Manes, Facundo y Niro, Mateo. 2016. El cerebro argentino. PlanetadeLibros). Una sociedad con cerebros con rasgos biológicos generales, estructuras y funciones igual a todos los humanos, la interacción de los genes con el ambiente, las tradiciones, el contexto, las historias compartidas y las personas que nos rodean, hacen que el cerebro esté en constante cambio y a partir de esa relación entre uno y su entorno, se dibujan rasgos comunes.
Aunque no seamos conscientes, unos con otros nos influimos en la forma que vemos el mundo, en la manera que enfocamos los problemas y en cómo los resolvemos. Así vamos construyendo una sociedad como la nuestra: con sus esquemas mentales, su particular relación con el pasado y el futuro, sus pasiones, su moral, su modo de entender y de buscar la felicidad.
Por el contrario, desde hace unos años, todas las librerías están llenas de narraciones de “guerrilleros/as y/o comandantes, de abusos y más abusos”, realizadas por actores nacionales y también actores importados, que sutilmente alcanzan algunos textos escolares.
La radio y la televisión también recrean ese tipo de “actos heroicos”, que han llegado a plasmarse en nombres de espacios públicos.
Extranjeros, desde prominentes figuras, ciudadanos comunes o plumas aparentemente calificadas, nos cuentan historias fantásticas de estos uruguayos que nosotros conocemos mejor y hasta nos dicen que pueden llegar a ser Premio Nobel de la Paz y nosotros los conocimos robando bancos y secuestrando gente.
Se pasa entonces de “M’hijo el dotor” a “Mi hijo el guerrillero”, en una versión “posmoderna”, que fluctúa entre lo cheto y lo plancha.
¿Cuál es el mensaje entonces, cuáles son las historias que construyen vínculos, que nos provee coherencia, que nos brinda sentido de nación, y nos señalan el futuro y un sentimiento de patria?
Es la historia que “Yo” escribo justificando mi accionar como guerrillero fuera de la Ley o es la Ley que yo ahora debo defender, ¿cuál es el proyecto colectivo del Uruguay, el anterior del guerrillero heroico o el que ahora digo defender? pero escribo el libro…
Lo que importa es que “soy guerrillero”, tanto para conseguir pasta base o hacerme de unos championes importados.
He ahí el paradigma de éxito que me transmiten.
¿Cómo se sentirían si dentro de veinte años los que raptaron a la Dra. Salomone tejieran historias y relatos que les permitiera acceder a las mayores responsabilidades del Ministerio del Interior?
Sentirían “que todo vale”, no importa lo que haga, haciendo “versos” igual se llega, entonces salgo a robar...
No se propone prohibir los libros, se propone que los actores de esas historias se abstengan de presentarse como los “defensores de los seguridad y la convivencia civilizada”.
“Sin una historia, la información no es más que un montón de ladrillos, esperando que alguien haga algo constructivo con ellos”. Aidan Chambers
c. La confianza
La neurociencia ha descubierto que el diseño mismo de nuestro cerebro lo hace sociable, inexorablemente atraído a un íntimo enlace cerebro a cerebro cada vez que nos relacionamos con otra persona.
Ese puente nervioso nos permite hacer impacto en la mente y por ende en el cuerpo de cualquier persona con la que interactuamos.
La exhibición de emoción es automática e inconsciente, por lo que su represión exige de un esfuerzo consciente. Ser insinceros sobre lo que sentimos, tratar de ocultar nuestro miedo, o nuestra ira o desdén, exige de un esfuerzo activo y rara vez alcanza su objetivo a la perfección (Goleman, Daniel. 2006. Inteligencia Social. Editorial Planeta Mexicana. pág. 35).
La Teoría de la Evolución sostiene que nuestra habilidad de percibir cuándo debemos recelar ha sido tan esencial para la supervivencia humana como nuestra capacidad de confiar y cooperar (Goleman, Daniel. 2006. Ibídem).
Investigaciones realizadas revelan de manera clara que la cooperación y la colaboración son los procesos de relación que resultan fundamentales para que los grupos sociales se constituyan en efectivos en sus logros (Goleman, Daniel; Cherniss, Cary. (2005). Inteligencia Emocional en el trabajo. Barcelona. Editorial Kairós SA).
En los grupos que cooperan y colaboran, se han identificado tres creencias que las predicen y las facilitan: confianza, identidad grupal y eficacia de grupo.
La definición de confianza considera que emana del afecto y la amistad (aprecio y consideración) y de cogniciones basadas en cálculos (confío que harás lo que has dicho). Un entorno social digno de confianza facilita la suposición que se cumplirá con la obligación y que se colmará una expectativa, creando así un sistema de confianza mutua. No es ningún secreto que las obligaciones, expectativas y la reciprocidad son constructos relacionados que pueden convertir la confianza en un potente recurso grupal que favorezca la cooperación y el compañerismo o la cooperación.
La identidad de grupo es la segunda creencia colectiva necesaria para crear procesos de relación efectivos. Se la define como la creencia grupal colectiva que es una entidad única, importante y atractiva.
La identidad de grupo facilita los sentimientos de inclusión y apego. Es la creencia colectiva que favorece la sensación entre sus integrantes que sus objetivos y su futuro están positivamente vinculados. Eso aumenta el compromiso de los integrantes entre sí y facilita la cooperación y colaboración tan necesarias para el éxito.
La última creencia colectiva necesaria para crear procesos interactivos competentes es la eficacia del grupo. Se la define como la creencia colectiva que el grupo puede ser más efectivo como unidad que individualmente. Como resultado, dicha creencia se convierte en una profecía para su cumplimiento.
La confianza o su falta es un tema de liderazgo cada vez más importante de nuestros días. La confianza es la esperanza positiva que una persona se comportará con familiaridad y conocimiento de ambas partes.
La desconfianza afecta siempre dos resultados: la velocidad y los costos. La desconfianza generalizada impone una especie de impuesto sobre todas las formas de actividad, un impuesto que las sociedades de alta confianza NO tienen que pagar. En una crisis, la desconfianza la fomenta e inhibe y retarda su pasaje a la recuperación.
En los buenos momentos, la desconfianza limita su potencial.
Parte de la tarea de los líderes ha sido y sigue siendo trabajar con personas para hallar y resolver problemas, pero que los líderes accedan a los conocimientos y a la creatividad que se necesita para solucionar los problemas depende de cuánto confíen en ellos. La confianza y la confiabilidad gradúan el acceso de los líderes al conocimiento y la cooperación. Cuando los seguidores confían en su líder, están dispuestos a hacerse vulnerables a sus actos.
Es común en las diferentes profesiones, que “existan familias de médicos, familias de abogados, familias de futbolistas, de carpinteros, de militares y de policías”.
Es poco probable que en la “familia policial” sigan a alguien de acuerdo a lo que explica la Teoría de la Evolución, máxime cuando poco tiempo atrás fue el enemigo de su abuelo, de su padre, de su tío o de su hermano, a quién consideran deshonesto o que crean que puede aprovecharse de ellos. La honestidad es absolutamente esencial para el liderazgo, si las personas van a seguir a alguien al campo de batalla, primero quieren estar seguras de que es digno de su confianza.
Cada vez se hace más evidente que es imposible dirigir personas que no confían en su líder.
Por todo lo descrito, para comenzar a desentrañar causas y razones que hacen a la génesis de la inseguridad que se vive, se propone en primer lugar actuar de acuerdo a lo sugerido por la Senadora Verónica Alonso: “que la comisión interpartidaria elija a las autoridades del Ministerio del Interior por consenso”.
De no hacerlo así, el papel y los resultados esperados de la comisión interpartidaria sobre seguridad, cada vez me recuerdan más el “episodio del caballero de la derecha”, aunque ahora se trata de “guerrilleros de izquierda”.
Rafael Rubio