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    “Sócrates y Cervantes entre la mugre” (I)

    Sr. Director: 

    La acertada columna de Claudio Paolillo del jueves pasado debe llamarnos la atención y movernos a la acción a todos. Estas líneas intentan que el asunto no quede ahí.

    La tituló “Sócrates y Cervantes entre la mugre”. Y fue a propósito del artículo “Nadie se hace cargo”, de la periodista Silvana Tanzi, de la semana anterior.

    El objeto que se describe es el enchastre que se realiza sistemáticamente sobre las tres paredes exteriores de la Biblioteca Nacional. Pero lo que ello revela es más dramático y Paolillo muy bien lo señala: “Este centro cultural por excelencia no podía escapar a la decadencia que se ha abatido, precisamente, sobre la cultura en el Uruguay, donde la barbarie está ganando la batalla en todos los terrenos, grandes y pequeños”.

    “Decadencia”, “barbarie”, “golpes a maestros”, “pérdida de respeto a la autoridad”, “violencia en el tránsito”, etc., son todos síntomas de una degeneración cultural que campea.

    Por supuesto que no podemos caer en el provincianismo de creer que esto ocurre sólo en nuestro país. Son múltiples los pensadores contemporáneos que han diagnosticado estos males “posmodernos”. Pero tampoco podemos, por ello, cruzarnos de brazos y aceptarlo como algo irreversible. Además, en el punto de cuidado de los bienes públicos sí que hay diferencias abismales si comenzamos a compararnos.

    Como el problema es cultural, no se arregla de un día para el otro, sino, como mínimo, será de una generación a otra.

    Al tener esa dimensión, tampoco se soluciona por el accionar de determinado gobierno.

    Pero por algo se empieza.

    Soy de la idea de que la cultura y el modelo de una República se forja o se deforma, principalmente, desde la estructura gubernamental.

    Los gobiernos, los partidos políticos, las familias, la enseñanza en todos sus niveles, las iglesias, los sindicatos, las cámaras empresariales, las organizaciones de la sociedad civil, tienen un rol fundamental a cumplir en la vuelta a la cultura ciudadana que estamos necesitando.

    Las mencionadas son instituciones que por una razón u otra, han entrado en crisis. Pero crisis es peligro y oportunidad a la vez. Como soy optimista, tiendo a pensar que siempre estamos a tiempo de encauzar las cosas.

    Sobre esas crisis he investigado y llegué a algunas conclusiones.

    ¿Cómo lograr que la familia sea el inicio de la formación para la convivencia? Me refiero a las bases mínimas para desarrollarse en la sociedad, respetar a los demás, respetar a las ideas del semejante, ejercer los derechos personales y colectivos sin perjudicar los derechos de otro ser vivo, respetar los bienes públicos y las instituciones. ¿Cómo lograr que la escuela continúe con esa formación? ¿Cómo lograr que el resto de las instituciones lo haga?

    Por una razón de extensión, deseo dejar al menos esbozada una posible salida: la fraternidad.

    Si convenimos que el siglo XIX fue el siglo de la libertad, protagonizado por las revoluciones independentistas, y el siglo XX el de la igualdad, generación de derechos, civiles, políticos y sociales, ¿no podrá ser el siglo XXI el de la fraternidad?

    Chiara Lubich[1] propuso esta alternativa. Para que la política cumpla sus fines, sostuvo que tendrán que eliminarse las exclusiones que padecen, en todo sentido, millones de seres humanos. Para ello señaló como imprescindible “un tercer elemento, olvidado desde hace tiempo en el pensamiento y la praxis de la política: la fraternidad”. Sin la misma “ningún hombre y ningún pueblo es libre e igual, en el verdadero sentido de esas palabras. Igualdad y libertad siempre serán incompletas y precarias, hasta tanto que la fraternidad no forme parte integrante de los programas y los procesos políticos de cada región del mundo”.

    Lo que debe ocurrir es que la fraternidad sea tomada como eje del pensamiento y la acción política. Me refiero a pensamiento y acción política en la extensión planteada por Lubich: “(...) un mundo cada vez más interdependiente tiene necesidad de políticos, de empresarios, de intelectuales y de artistas que se pongan a la fraternidad —instrumento de unidad— como centro de sus acciones y de sus pensamientos. El sueño de Martín Luther King era que la fraternidad fuera el orden del día del hombre de negocios, y la palabra de orden del hombre de gobierno”.

    La fraternidad como paradigma político. No para unificar ideas y acciones, no para eliminar las diferencias, no para consensuar, sino para ponerse en el lugar del otro, para no verlo como el enemigo. Para entender que la verdad de uno debe ser escuchada y respetada, como la del otro.

    A esta altura, la fraternidad, más que por un efecto automático, debe practicarse por necesidad, con la urgencia que tenemos para salirnos de este individualismo aislado que nos está llevando a un lugar no deseado.

    Debe ser entonces, la fraternidad, el esqueleto principal por el cual se dé cumplimiento al fin culminante de la política: el bienestar del hombre.

    La humanidad debe lograr la convivencia pacífica, donde los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad estén asegurados y sean ejercidos.

    Así expresado, puede haber quienes, para refutar estos caminos propuestos, señalen que estos enunciados son ideales, pero no reales. Justamente es lo que la humanidad necesita en la actualidad. Tenemos la necesidad de crear ese Relato, ese Ideal que nos vincule, para dejar de vivir aisladamente en nuestra sociedad.

    Esto, que puede ser un mero ejercicio teórico, se transformará en realidad en pequeños gestos. Por ejemplo, respetando la fachada de un emblemático edificio, como lo es nuestra Biblioteca Nacional.

    Fitzgerald Cantero Piali

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