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Mañana a las 12.30 h en el Museo Nacional de Artes Visuales se presentará el último libro de la colección Pintores Uruguayos, dedicada a clásicos del arte, escritos por Emma Sanguinetti y diseñados por Diego Tocco. Esta vez fue el turno a Joaquín Torres García. En estas páginas coloridas Sanguinetti les cuenta a los chicos cómo al papá de Torres no le gustó la idea de que su hijo quisiera ser artista, cómo fueron sus años en Barcelona y su historia de amor con Manolita Piña, que fue frenada durante una década por la familia de ella. Habla también de cómo pintaba y qué recursos empleaba.
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Otros mojones de la vida del artista que se convirtió en maestro del constructivismo fueron sus trabajos junto a Antonio Gaudí, el amor que puso en la fabricación de juguetes de madera que le permitieron subsistir económicamente con sus cuatro hijos, su estadía en Nueva York y en París a principios del siglo XX con el grupo de pintura Círculo y Cuadrado y la creación de un lenguaje propio, el universalismo constructivo, que marcaría escuela. Sanguinetti traza un recorrido con un lenguaje distendido que llega hasta la apertura del Taller Torres García, el Primer Premio del Salón Municipal de Pintura y la conformación de la Escuela del Sur.
La colección comenzó con Rafael Barradas, una personalidad que a Sanguinetti le apasiona, y a partir de allí la selección de artistas no quiso ser enciclopédica ni seguir un criterio estricto. Más adelante se sumaron Juan Manuel Blanes, Pedro Figari y Petrona Viera. De esta manera se cubrieron los clásicos: tres modernos (Barradas, Torres y Figari) y la primera mujer que en este país se dedicó profesionalmente al arte. “A partir de ahora es difícil saber con quién seguir, porque se entra en un terreno de por qué pusiste a uno y no a otro no. ¿Por qué Cúneo y no Blanes Viale?, o ¿por qué Gurvich y no aquel?, más allá de que siempre se está entre los pintores fallecidos”, dijo Sanguinetti a Búsqueda.
La autora piensa los libros “a partir de varias puntas”, como la historia de vida y la humanización de las figuras del arte. “Nuestros pintores fueron niños”, dice Sanguinetti. “Fueron hombres enamorados, tuvieron vidas muy apasionadas. Me gusta ese costado humano. A su vez el relato de vida me lleva a hacer un contexto histórico porque de otra forma no se puede entender la obra de un pintor”. Para mostrar estos aspectos emplea recursos como los gráficos y fotos de época. “Petrona me permitió trabajar la condición de la mujer y la discapacidad. Blanes me permitió trabajar la Guerra Grande y otro tipo de conflictos del nacimiento del país, porque el pintor nacional y el país nacieron al mismo tiempo y se construyeron al mismo tiempo. Con Figari pude hablar de la lucha entre los positivistas y los espiritualistas y todo el clima y el fermento de la construcción del país durante el batllismo”, explica la autora.
El tercer eje de los libros es el llamado “aprender a ver”, una herramienta pedagógica que se usa en el mundo y se incluye dentro de una filosofía de enseñanza del arte de raíz norteamericana. “Parte de la base de que tu ojo pueda detectar elementos que van más allá de aquello que tú ves. Encaro el aprender a ver desde el punto de vista de que hoy estamos dentro de un proceso de transición de una generación que sacraliza el libro y la palabra, la generación Gutenberg, que toma el conocimiento a partir de lo escrito, hacia la generación windows o como se la quiera llamar, en la cual la información parte de lo visual”.
Hoy se vive en un mundo de imágenes, sostiene Sanguinetti. “El teléfono, la computadora, la televisión. Todo es imagen, pero somos analfabetos visuales. Así como construimos el trabajo para erradicar el analfabetismo escrito y vamos a la escuela, aprendemos el idioma español y después qué se hace con ese idioma, lo mismo tenemos que empezar a crear con lo visual. Porque mirás pero no entendés y quedás preso de la falta de decodificación de la imagen y sos un rehén”. Los libros también proponen actividades y juegos que le permitan a los chicos entender cómo son las técnicas expresivas que van desde el dibujo, el óleo, el grabado, el fresco, hasta las herramientas que usan los pintores: cómo trabajan los colores, la línea en el dibujo o la composición.
Los niños nacen con una capacidad de percepción de la imagen. “Quiero mostrar que el arte es una herramienta fantástica. De un modo sensible podemos empezar a educarnos en la imagen, porque si no, los chiquilines van a quedar bombardeados por ella sin siquiera tener el tiempo de procesarla. El arte es imagen y por eso tiene tanta llegada en los chiquilines y menos en los adultos, que ya vivieron el proceso de enculturación de la escuela”.
A lo largo de los 10 años que la colección cumplió en 2012, se comprobó que no solo los más pequeños le sacan el jugo, porque hay muchos padres que le confiesan a Sanguinetti: “Le compré el libro a mi hijo y por primera vez entendí algo. Porque tengo que bajar a tierra conocimientos del arte que pertenecen a un mundo muy elitista y cerrado, debido a que es una disciplina académica que emplea lenguaje específico, que expulsa a la gente que no lo entiende”. Sanguinetti ha enfocado su tarea en el mundo del arte a la divulgación, ya sea con estas publicaciones o las clases para adultos.
El mundo de las obras de arte y sus artífices era moneda corriente en su hogar, cuando iba a la escuela. “Mis padres eran amigos de muchos artistas que además colgaban, y estaban en mi casa, venían a almorzar: Espínola Gómez, Nelson Ramos, Clever Lara. Era algo cotidiano y yo iba aprendiendo, aunque a veces encontraba dificultades, como cuando me enfrentaba con obras abstractas que emplean un lenguaje más complejo, más formal y menos figurativo, lo que daba el pie para un intercambio. Crecí dentro de un ambiente que sigue siendo mi propia vida”.
A su vez se sumergió en el arte mirando una enciclopedia en fascículos de un diario sobre mitología griega: todas las ilustraciones eran grandes obras del Renacimiento o del Barroco. “Me acuerdo del impacto brutal, cuando yo tendría unos nueve años, de ver al Saturno de Goya devorando a sus hijos”. De esta manera, a los 15 años ya era una autodidacta. Cuando se convirtió en madre, le tocó explicarle a sus hijos, una niña y un varón que hoy ya son muchachos, cuál era la historia de Figari o de Blanes. “Pero no todo el mundo puede hacerlo, y la gente se lo está perdiendo. Por eso quise hacer estos libros”.
Para editar Joaquín Torres García, la autora valora el fuerte apoyo de la editorial para afrontar la tramitación de todos los derechos y agradece a la única persona que entendió que el fin era divulgativo y cedió imágenes de forma gratuita. El libro está dedicado a sus alumnos, con quienes trabaja desde 2005. “Son parte importante de mi vida. Ellos sienten lo que yo les doy, la fascinación que tengo por el arte y me devuelven eso de muchas maneras, con algunos entablé verdaderas amistades intelectuales. Ellos son mis cómplices, no mis alumnos”.
Para la autora, estas obras pueden leerse con niños a partir de los cuatro o cinco años de edad. “De manera innata ellos tienen pensamiento abstracto: forma y color, que los hace ir incluso más rápido que los adultos. Por eso es importante darles herramientas para que no pierdan esta aptitud con la escolarización”.