N° 1984 - 30 de Agosto al 05 de Setiembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa columna que publiqué hace 15 días, titulada La tiranía de los rankings internacionales, provocó cierto respetuoso debate en redes y otros ámbitos sociales. La argumentación, basada en un artículo publicado en el Journal of Development Economics en 2012 por parte de investigadores de la Universidad de Oslo, se resume en que los rankings internacionales basados en índices sintéticos y compuestos son estructuras frágiles, que no permiten discriminar con precisión y confianza desempeños diferenciados entre países. Al incorporar la incertidumbre inherente a esos índices (¿qué tan bien capturan, a partir de indicadores indirectos, el fenómeno sustantivo que pretenden medir como ser el desarrollo humano o el clima de negocios?), la conclusión es que no se puede afirmar, con un grado razonable de certeza, que los países ubicados en los tramos intermedios son diferentes entre sí.
El problema no es la comparación relativa del desempeño de los países en distintas dimensiones constitutivas del bienestar —PIB per cápita, esperanza de vida, tasa de desempleo, nivel educativo de la población, etc.— sino la generación de un ordenamiento a partir de indicadores que combinan dimensiones diferentes, medidas a través de variables proxy, que se resumen en un único número cuya única funcionalidad es ordenar países. Por ejemplo, el Índice de Desarrollo Humano (IDH) es un promedio simple de tres índices que buscan capturar el estadio sanitario de la población medida a través de la esperanza de vida, un índice de educación y un tercer índice que mide la disponibilidad de recursos. La crítica no es a los índices en sí, cuyo loable objetivo es resumir la multidimensionalidad de los problemas de bienestar en un escalar. El concepto sustantivo subyacente, el desarrollo humano, no se agota en las dimensiones que integra el IDH ni los indicadores utilizados cuantifican con precisión el aporte al bienestar general. Cuando se incorpora esta incertidumbre como aspecto a considerar para analizar la estabilidad de los rankings, emerge un panorama donde un núcleo importante de países no son distinguibles: su ubicación relativa no debería ser considerada como un resultado robusto.
Hacer comparaciones es necesario en cualquier análisis en profundidad. Casi que puede afirmarse que el surgimiento de los sistemas estadísticos y la estandarización de metodologías para medir ciertos fenómenos sociales y económicos tiene su génesis en la necesidad de brindar un punto de apoyo al ejercicio analítico de comparar situaciones distintas. Esas situaciones pueden hacer referencia al mismo país en un corte temporal o entre países en un corte transversal. ¿Cuánto cambió la capacidad para generar riqueza de Uruguay entre 2002 y la fecha? La respuesta requiere recurrir al PIB como indicador metodológicamente complejo, probado y estandarizado en ámbitos técnicos internacionales. El mismo indicador es utilizado con confianza, realizando algunos ajustes —en particular, la presencia de estructuras de precios distintas para idénticas canastas de productos en los países con el propósito de comparar esa capacidad para generar riqueza en un período de tiempo entre dos países—. Algo similar sucede con otras variables claves tan distintas como la tasa de desempleo o la esperanza de vida. Pero estos indicadores son interpretables en sí mismos, su valor indica qué porcentaje de la población activa no encuentra empleo o cuál es la cantidad de años que es esperable que una persona viva dado que nació en un año y lugar determinado. También son conocidas y generalmente publicadas junto con el valor del indicador los márgenes de error de la medición, con cierto grado de confianza. Basta con leer con atención las publicaciones del Instituto Nacional de Estadística sobre el mercado de trabajo para acceder a una estimación de los intervalos de confianza en su medición.
No sucede lo mismo con los índices sintéticos. Su lectura no es evidente: el valor en sí del Doing Business o del IDH no es informativo y su única utilidad es ordenar a los países. Tampoco se publican márgenes de confianza que incorporen el problema de la incertidumbre. Sucede que al hacer este ejercicio se desdibuja la utilidad para la única finalidad que tiene el indicador: ordenar países. Es problemático que rankings con estas propiedades generen encendidas discusiones y orienten el debate público. En algunos casos, el objetivo explícito de los organismos que proponen y publican periódicamente los rankings es orientar a las políticas públicas de forma de mejorar el posicionamiento del país. En informes sobre el índice Doing Business, publicados por el Banco Mundial, se señala como uno de los logros del índice haber logrado que países redefinan sus instituciones y políticas en función de lograr un mejor posicionamiento. Si los ordenamientos son frágiles, una desviación en esa dirección puede no alterar las condiciones reales para desarrollar actividades productivas en el país, generar costos relevantes y una métrica de avance (cuántos lugares se logran escalar) sin contenidos sustantivos.
El problema no es la comparación entre países en cada dimensión relevante de la vida social, política o económica. Comparar es parte del proceso de discernir y comprender. Pero elegir cómo se compara y a partir de qué instrumento estadístico no es inocuo ni trivial. Los índices compuestos generadores de rankings transmiten una falsa idea de simpleza. Indicadores inestables, que dependen de supuestos no siempre claros y cuya interpretación no es transparente, pueden desviar la atención hacia aspectos que, finalmente, no son los relevantes para entender por qué un país logra mejores o peores resultados en educación, salud, empleo o dinamismo económico.