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    ¡Traigan a un niño de cinco años!

    El accionar estadounidense en ocasión de las dos guerras mundiales siguió el mismo modelo: el país se mantuvo neutral y fue recién cuando se atacaron sus intereses directos que Washington decidió participar en los conflictos.

    Durante la primera guerra mundial, Estados Unidos se mantuvo neutral hasta el 6 de abril de 1917. En la segunda, mantuvo su neutralismo hasta el ataque japonés a la base militar norteamericana en Pearl Harbor, en diciembre de 1941.

    Con la caída del nazismo y ante el auge del expansionismo soviético, Estados Unidos se involucró a pleno en la “Guerra Fría”, durante la cual no quedó un metro del planeta sin ser disputado por los dos bloques militares.

    Creció durante esos años la teoría de que cuando Francia e Inglaterra aceptaron las exigencias de Hitler para ocupar Checoslovaquia (conferencia de Munich de setiembre de 1938), en vez de salvar la paz apresuraron la guerra. La conclusión a la cual se llegó fue que Londres y París deberían haberse opuesto al planteo alemán, pues al darle un dedo al Führer, Berlín se llevó todo el brazo y parte del cuerpo también.

    Esta lección tiene muchos nombres. El más común es “el síndrome de Munich”. Su principal enseñanza es que a partir de ese momento no se debería repetir el ejemplo, actuando con fuerza y agilidad para impedir el surgimiento de nuevos hítleres.

    Desde este punto de vista, Estados Unidos, en su condición de máxima potencia militar democrática, debía jugar el papel de policía mundial, marcándole la cancha al imperio soviético y cortando toda hierba mala ni bien ésta sacase la cabeza de debajo de la tierra.

    Fue así que Washington decidió intervenir en Corea, en Vietnam y en Cuba (Bahía de Cochinos). Dando un salto en el tiempo, Estados Unidos intervino en Afganistán y en Irak. El resultado de todas estas intervenciones fue desastroso (a excepción del caso coreano, en donde se obtuvo un empate).

    Pero a pesar de esa cadena de fracasos, el síndrome de Munich mantiene su encanto sobre los fabricantes de la política exterior estadounidense. Por eso se continúan impulsando acciones militares que resultan, indefectiblemente, en un empeoramiento de la situación.

    Un ejemplo reciente de esto lo brinda la llamada “primavera árabe”. Con el apoyo material, político y logístico de los Estados Unidos, los opositores a los gobiernos de Túnez, Libia y Egipto derrocaron a líderes corruptos para instalar, en su lugar, verdaderos gobiernos del terror. Salió Gaddafi y entró un grupo de clanes enemistados entre sí. Salió Mubarak y entraron los Hermanos Musulmanes, hasta que el ejército egipcio decidió actuar para que el país no cayera en el caos absoluto. Lo mismo sucedió en Túnez.

    El problema no es tan complicado. “Incluso un niño de cinco años lo puede entender”, como le dijeron al personaje interpretado por el genial Groucho Marx en una película. Traigan a un niño de cinco años, respondió Groucho.

    Pero las decisiones de la Casa Blanca no la toman los niños de cinco años sino que ancianos supuestamente experimentados, quienes a pesar de las canas aún no han comprendido que si apoyan a los grupos islamistas en la guerra que estos mantienen contra “los tiranos occidentalizados” se terminará agravando la situación pues se liquida un gobierno corrupto y dictatorial, aunque mantenedor del statu quo, y se ayuda a instaurar un régimen más corrupto, muchísimo más totalitario y multiplicador, además, de actos terroristas, no solo contra otros gobiernos sino que contra el mismo pueblo al cual dice defender.

    No comprender lo que un niño de cinco años hubiese entendido es realmente sorprendente. Por eso, Obama sigue aumentando la ayuda logística a los diferentes grupos rebeldes en Siria. De nada sirven las experiencias de los últimos 50 años. De nada sirve el ejemplo del ayatollah Jomeíni, que apoyado alegre e irresponsablemente por Occidente terminó con el reinado del Sha e instauró un régimen terrorista en Irán que desarrolla la bomba atómica y pretende la desaparición física de Israel.

    Las enseñanzas son rotundas. Cada día tenemos nuevas evidencias a la vista. Hoy podemos comprobar que la primera ciudad siria gobernada por los rebeldes (Raqqa) se ha vuelto un bastión del terror. Abundan allí los fusilamientos, incluso contra personas aliadas en la lucha contra el presidente sirio; se ha implantado un régimen de control y persecución que nunca existió durante los gobiernos anteriores; se han eliminado todas las garantías y los derechos humanos y a nombre de Alá (del Alá específico del grupo que controla el poder en cada esquina) se cometen atropellos nunca antes vistos en el país, lo cual no es poco decir.

    Y a pesar de todo eso, nada es suficiente para que las potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, aprendan la ecuación. La ecuación no es complicada. Dice así: si se apoya el terrorismo islamista, el terrorismo islamista fortalecerá su posición. Lo entiende hasta un niño de cinco años. ¡Traigan uno por favor!