• Cotizaciones
    jueves 20 de junio de 2024

    “Trayectos de memoria”, documental de Carolina Eizmendi y Rosina Carpentieri en la cárcel de Canelones

    La culpa, el dolor, las ganas de decir lo que antes no se pudo o no se supo decir. Extrañar, morder la ausencia. Recordar y, a la vez, poder proyectarse a futuro. Toda la paleta de sensaciones complejas que se sienten cuando uno está lejos de los que quiere, lejos de su vida, está presente en el documental Trayectos de memoria. Todas las dimensiones emocionales y afectivas que nos cruzan y que nos hacen quienes somos son también parte de lo que pasa por las cabezas de los privados de libertad. Esos que usualmente solo vemos en su peor faceta, la de criminales sin más.

    Como señala en una entrevista reciente Carolina Eizmendi, quien como Rosina Carpentieri es educadora y realizadora del documental, “No es que eso no sea real. Es real, pero también son, somos, mucho más que eso”. Al mismo tiempo que sus protagonistas son personas privadas de libertad, a pesar de su reclusión la vida sigue y con ella las dimensiones emocionales en las que todos nos reconocemos. Así como quienes estamos en libertad podemos ser y somos un puñado de cosas distintas, a veces contradictorias, lo mismo ocurre dentro de las cárceles. Humanidad y delito pueden ir juntos, de manera compleja y tan real como el crimen que se haya cometido.

    La pregunta disparadora del documental, realizado en el contexto del Plan Nacional de Educación en Cárceles del MEC, fue: “¿Quiénes somos hoy y cómo nos contamos?”. Las educadoras recuerdan que para contestar esa pregunta era necesario mirar hacia atrás. Por eso, en otra entrevista afirman: “No podemos hablar de nuestro presente si no hablamos de quiénes somos, de nuestros recuerdos, porque eso también nos constituye. Somos todo. Y nuestro pasado es lo que nos permite hoy estar acá y generar nuestro relato”. El documental se propone, y en buena medida lo logra, que ese relato sea construido por los propios protagonistas, todos ellos presos de la cárcel de Canelones.

    A pesar de poner el foco en esto, en ningún momento Trayectos de memoria cuestiona los motivos por los que sus protagonistas están presos, ese es un dato fuera de cuestión en la narrativa. Y aunque las realizadoras afirman que “la cárcel es una circunstancia” y que “no define a nadie ni clausura a nadie”, tampoco intentan construir una imagen idílica de sus protagonistas. Más bien al revés, al plantearles la posibilidad de reconstruir su trayectoria, su taller los confronta con los impactos de aquello que los llevó a prisión. La memoria afectiva no siempre es placentera y a veces puede ser dolorosa. Y es justo esa memoria afectiva, la propuesta de mirarse adentro, aquello que les permite reconstruir el nudo complejo en donde se unen la culpa y la ausencia con la posibilidad del cambio y la redención.

    Es especialmente interesante el momento en que las educadoras proponen una dinámica a partir de la identificación de todo el país con la selección de fútbol. Usando la metáfora futbolera, esa que todos entendemos y sabemos aplicar, plantean a los presos una serie de preguntas sobre sus familias y los apoyos que han recibido a lo largo de sus vidas. Tan bien funciona la metáfora que de ella salen los escasos momentos alegres del material: uno de los protagonistas coloca a una exnovia entre las personas que más lo han apoyado y comenta, con una sonrisa, que ya no está con ella porque “apareció un cuadro mejor y se la llevó a Europa”. El siguiente testimonio, también dicho con humor, dice que en su caso fue al revés, que su exnovia fue “desafiliada de la liga”.

    Un patrón que surge del documental es la presencia de la madre como centro afectivo de esos hombres, de apariencia casi siempre dura. Madres cuya voz también recoge el filme. El reconocimiento a esas mujeres que los criaron, casi siempre en soledad, se cruza con la idea de que fueron ellos quienes “cayeron” de la red que ellas proponían. Esa es otra constante llamativa: hacerse cargo de su situación y proponerse cambiar y alejarse del comportamiento que los llevó a prisión. La familia, los hermanos, los hijos, los primos suelen ser el resto de los actores más valorados por los protagonistas cuando tienen que “armar el cuadro” de sus apoyos y afectos más valorados.

    Otro patrón que emerge es el de la culpa: no hay un solo preso que no parezca atormentado con su trayectoria. Quizá sea por el perfil de autoselección del taller (es voluntario y son pocos los presos que asisten a él), pero no hay ningún testimonio en el que alguien diga sentirse orgulloso del crimen que lo convirtió en preso. Aparece sí la culpa por no haber estado en el nacimiento de un ahijado, en los 15 de una hija, en el fallecimiento de una abuela muy querida. La cárcel fuerza la distancia y la distancia trae consigo la ausencia. El dolor de esas ausencias es evidente en ese puñado de hombres que, notoriamente, no culpan a nadie más de su situación.

    Por supuesto, a pesar de su mirada humanista (o justo por ella) el documental puede resultar incómodo para quien esté convencido de que los presos son ontológicamente distintos, seres intrínsecamente malvados y no el corolario de un conjunto de circunstancias de carácter personal y social. Si alguien cree que existe una distancia insalvable entre quien comete un delito y quien no, se va a sentir interpelado por el material de manera negativa. En cambio, cualquiera que se considere falible podrá ver que la complejidad humana no es patrimonio solo de la “gente de bien”, sin que eso implique en absoluto disculpar el delito cometido.

    “Permear la reja”, dice Eizmendi en la entrevista citada, como una forma de exponer que esa zona de separación debe ser cuestionada, dando voz a quienes no suelen tenerla por su propia condición de privados de libertad, y de afirmar que esa reja que nos separa es bastante menos dura y más porosa de lo que podría parecer. “Lo único que quiero es que mi madre siempre sea mi madre”, dice uno de los presos, mientras tiene en la mano una pequeña pieza de arcilla con un texto que escribió para ella. No deben existir muchos sentimientos más universales que ese, el de ser por siempre hijos, por más reja que nos separe.

    Trayectos de memoria dura un poco más de 45 minutos y está disponible en YouTube. Fue estrenado al público en el Complejo Cultural Politeama de Canelones y se exhibe además este sábado 9 de diciembre a las 17 horas en la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD), en Mercedes 1838 esquina Tristán Narvaja. Allí estarán Eizmendi y Carpentieri para conversar con la audiencia sobre la necesidad de que las fronteras rígidas sean más permeables, para que así den algo de esperanza a quienes más la necesitan en su actual circunstancia.

    Vida Cultural
    2023-12-06T18:18:00