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    “Uno puede tener diez bandoneones, pero siempre toca uno”

    Con el maestro Néstor Marconi

    “Goyeneche decía que era como actuar con un extraterrestre”, recordó la cantante porteña Adriana Varela al referirse, con indisimulada admiración, al virtuosismo del bandoneonista rosarino Néstor Marconi, con quien compartió cartel la noche del martes 18 en La Trastienda. “Toca no como uno, sino como dos bandoneones”, enfatizó después de que el músico nacido en 1942 arrancara una impresionante ovación al interpretar un popurrí de temas pertenecientes a Astor Piazzolla. Ante una sala prácticamente colmada, Varela y Marconi se presentaron en el marco de “Orillero-Segundo Encuentro Rioplatense de Tango”, bajo la común consigna de rendir homenaje a Roberto Goyeneche.

    La velada fue abierta por el Cuarteto Ricacosa, compuesto por jóvenes ejecutantes uruguayos que dejaron, entre otros temas, una estupenda versión de “Miriñaque”, de Alberto Mastra. Asimismo, el grupo tocó temas propios y acompañó a Varela en la milonga lunfarda “En un feca”. “Orillero” continuó el miércoles en el Café Tribunales con las actuaciones del vocalista uruguayo Francisco Falco y del trío argentino La Quimera del Tango.

    Ajustándose a un repertorio clásico, primero con el acompañamiento de su pianista y director musical, Marcelo Macri, y luego formando un estupendo ensamble con el fuelle de Marconi, Varela mostró estar en la madurez de su arte. Su repertorio, de corte clásico —integrado básicamente por consagradas páginas de los 40—, abarcó temas como “Grisel”, “Muñeca brava”, “Fuimos” y “Los cosos de al lao”, además de “Garúa”, “Malena”, “Afiches”, “Alma de loca”, “Naranjo en flor”, “Los mareados” y “Ventarrón” junto al maestro Marconi.

    La vocalista, que volverá a Uruguay el 26 de enero pero para presentarse en el Hotel Conrad, también cantó “Duelo criollo” con el fondo musical de Macri y Marconi. Este último hizo un solo memorable de “La última curda” y dijo discrepar con su título: “Nunca hay que decir la última, sino la penúltima”, bromeó.

    Por su parte, Varela interactuó con el público y comentó que a veces piensa venirse a vivir a Montevideo porque Buenos Aires la tiene “podrida”. La presentación se cerró, pasadas las 23 horas, con la gente aplaudiendo de pie tras escuchar a Varela y a Marconi en “Garganta con arena”, la entrañable creación de Cacho Castaña dedicada al “Polaco” Goyeneche.

    Horas antes de su actuación, Búsqueda entrevistó a Marconi. El siguiente es un resumen de ese diálogo.

    —Usted acaba de llegar de Japón. ¿Dónde actuó en ese país?

    —Llegué hace un par de días. Me presenté en cuatro conciertos: dos en Tokio, uno en Kobe y otro en Osaka. Con la orquesta de cámara de Tokio dirigí una obra mía dedicada a los cuarenta años de la Camerata Bariloche, y después dirigí y toqué el concierto de Piazzolla “Aconcagua”. A Japón fui por primera vez en 1973, cuando tocaba en la orquesta Francini-Pontier. Desde entonces estuve ocho o nueve veces. Y en 1988 viajé con Roberto Goyeneche, cuando llevamos un programa llamado “Tanguísimo”. Volví con “Tanguísimo” en 1991, pero ya no con Goyeneche.

    —Actualmente usted dirige la Orquesta del Tango de la Ciudad de Buenos Aires ¿Desde cuándo?

    —Desde hace cuatro años.

    —¿Cuántos músicos componen ese elenco?

    —Bueno... vamos a hacer números. Son cinco bandoneones, siete primeros violines, seis segundos, dos violas, tres violonchelos, dos pianistas, flauta, clarinete, dos contrabajos, un bajo eléctrico, una guitarra y dos percusionistas. El cantante es Marcelo Tomasi.

    —¿Cómo estima que se viene perfilando el tango en el siglo XXI?

    Por suerte hay un movimiento de tango en todo el mundo y no solamente, como sucedía hace diez o quince años, que todo entraba a través del baile, sino que ahora es la parte musical lo que más interesa. Y ya no se trata de que en el extranjero escuchen únicamente a grupos que van del Río de la Plata; hay también, por ejemplo, en Europa y en Japón principalmente, orquestas locales que tocan muy buen tango. Esto sucede en Francia, en España, en Alemania e incluso en Holanda, donde existe un conjunto que se denomina Sexteto Canyengue.

    —Con ese nombre, ¿está formado por holandeses?

    —Sí, claro, todos los músicos del Sexteto Canyengue son holandeses. Pero uno se encuentra con algunas otras sorpresas, como que en Nueva Zelanda hay academias donde enseñan a bailar el tango, aparte de que el género gusta mucho. Los profesores de esas escuelas son argentinos o uruguayos.

    —Así que, en el plano de la difusión, ve al tango bien perfilado.

    —Sí, sin duda. Lamentablemente, en este lugar del mundo las posibilidades no son las mismas, porque hay muy pocas casas, muy pocos lugares donde difundir el tango en su auténtica expresión.

    —¿En el Río de la Plata, dice usted?

    —Y... yo puedo hablar de Buenos Aires. No sé lo que pasa acá, en Montevideo, pero en Buenos Aires hay casas con espectáculos que no tienen nada que ver con el tango propiamente dicho.

    —Este año usted ha recibido una distinción muy importante: cuéntenos algo de eso.

    —Bueno, el Gobierno Autónomo de la Ciudad de Buenos Aires me declaró personalidad destacada de la cultura. Todos los años, creo, dan un premio así a distintas personas del medio artístico, como cantantes, músicos, directores, y me tocó en suerte a mí esta vez que me entregara esta distinción el ministro de Cultura del gobierno de la ciudad, Hernán Lombardi.

    —En el acto habló otro virtuoso del bandoneón, Raúl Garello, ¿verdad?

    —Sí, fue uno de los oradores y eso me halagó mucho, porque con Raúl me une una larga amistad desde que se formó la Orquesta del Tango. En aquel momento, a principios de los 80, él y Carlos García eran los directores y yo el primer bandoneón. Ahora, para mí fue una distinción más el hecho de que en este acto hablara Raúl.

    —¿Qué puede decirnos de su vinculación con el cine?

    —Bueno, con Fernando “Pino” Solanas participé en varias películas, empezando por “Sur”. Después vinieron “Imágenes del naufragio”, “La Nube” —en esta con el pianista Gerardo Gandini— y “El viaje”. Antes había tocado toda la música de “La Tregua”, que dirigió Sergio Renán en 1974 y se basó en la novela homónima de Mario Benedetti. Últimamente, compuse la parte musical de “El muro de silencio”, de Lita Stancic.

    —En “Sur” usted acompañó a Goyeneche en el tango “Desencuentro”.

    —Sí, en “Desencuentro” y además en “La última curda”, “Cristal” y algún otro tema que ahora no recuerdo.

    —Pero sus primeros estudios musicales los hizo aprendiendo piano. ¿Cómo es entonces que terminó tocando el bandoneón?

    —Fue para darle un gusto a mi padre, que había querido estudiarlo en algún momento y no pudo hacerlo. Sucedió que yo, paralelamente a mis estudios de piano, tomaba cosas que aprendía en el piano y las adaptaba para el bandoneón. Por eso digo siempre que no le puedo echar la culpa a nadie por cómo toco el bandoneón, porque no tuve maestro (risas). Pero seguí con el piano muchos años, hasta que a los 18 o 19 años, cuando ya estaba en Buenos Aires, el bandoneón me atrapó de tal manera que ahí cambié de instrumento.

    —¿Toca piano?

    —Sí, pero como amateur solamente. Si hablamos de una sonata de Mozart, ni me acuerdo cómo encararla. Como pianista, si tengo que acompañar a un cantor, lo hago. Pero nada más.

    —¿Y en las reuniones familiares?

    —En las reuniones familiares no me gusta ni siquiera tocar el bandoneón. (Risas).

    —Este año le trajo satisfacciones, pero también un severo revés, ¿cierto?

    —Es verdad. Y todavía no me puedo reponer, no tanto por la parte material como por lo afectivo. Me robaron en mi casa y, entre otras cosas, se llevaron dos bandoneones. Uno de ellos era el que yo tocaba habitualmente.

    —¿Ambos eran Doble A?

    —Sí, uno sería del 35, por ahí, y el otro de un poquito más adelante, digamos del 38 o del 39.

    —¿Nunca más supo de ellos?

    —No, para nada. Solo estuvo un fiscal a tomar los datos, pero... nada. Es muy difícil. Aunque de repente un día uno va a una casa de música y lo ve. Se han dado casos de instrumentos que los compran sin papeles, los esconden un año y después los venden.

    —Pero usted tenía algún otro bandoneón, seguramente.

    —Tenía, es decir, tengo dos más y he seguido trabajando con ellos.

    —¿Alterna su uso?

    —No. Alternaba uno de los que me robaron con el que estoy tocando ahora. Y el otro que me dejaron casi no lo uso. Lo que pasa es que uno se hace al instrumento y el instrumento se hace a uno. Además, uno puede tener diez bandoneones, pero siempre toca uno.

    —¿Cuántos tendría Aníbal Troilo?

    —Yo le conocí tres, por lo menos. Digo esto porque lo vi en varios locales, como Caño 14, Michelangelo y El Viejo Almacén, con distintos bandoneones. Pero seguramente tenía más. Uno, casualmente, nos lo fuimos pasando catorce bandoneonistas tocando cada uno un tema de Pichuco en un ciclo de tres funciones en el Maipo. Ese instrumento él se lo había dejado a Garello y, a su vez, Raúl lo donó al Museo del Tango. El título del programa era “Troilo compositor”.

    —¿El bandoneón era un Doble A también?

    —Sí, un poco destruido (risas), pero de esa gran marca.

    —¿Hay mujeres que toquen el bandoneón en este momento en Buenos Aires?

    —Unas cuantas y muy buenas. Varias han sido alumnas mías. Y entre estas alumnas tuve una chica coreana que ahora hace furor en Seúl.

    —De lo que ha compuesto, ¿elige un tema en particular?

    —Horacio Ferrer, la primera vez que escuchó “Tiempo cumplido”, me dijo: “Vos vas a tener que operarte de ese tango. Te va a pasar lo mismo que a Piazzolla con ‘Adiós Nonino’”. Esto me lo dijo hace muchos años y resultó cierto: de mis tangos es el que prefiero.

    —¿Es el que más toca?

    —No, el que más toco es “Moda Tango”. Lo escribí en 1988 para abrir el espectáculo de “Tanguísimo” con Goyeneche. Después le hice un arreglo especial para interpretarlo junto con Martha Argerich en el piano. Ese arreglo tiene seis años. Lo efectué para que lo tocáramos en un festival con ella en Japón, en la ciudad de Beppu. Después lo tocamos en Italia y hace muy poco en la Argentina, precisamente en Rosario.

    —¿Qué recuerdo tiene de Roberto Goyeneche?

    —Daría para hablar dos días seguidos. Pero en pocas palabras diría que, artísticamente, es el tipo que sin saber música tenía una gran musicalidad. Nosotros nos vimos años, pero siempre arriba de un escenario, haciendo algún viaje, por ejemplo a Japón o al festival de Granada, también juntos. En Buenos Aires actuamos en muchos lados. Goyeneche tenía de todo, como persona, salidas inesperadas y habilidades increíbles. Por ejemplo, iba a grabar un disco y me cantaba por teléfono en la tonalidad justa en la que tenía que grabar. Musicalmente hablando, si tenía que interpretar una frase que estaba en una tonalidad menor, él la cantaba en una tonalidad mayor, lo que es una cualidad rara, increíble. También era capaz de cantar un tango en tiempo de vals.

    —Ha habido muchos bandoneonistas a lo largo del tiempo. ¿Hay alguno con el cual usted se sienta cerca, muy cerca?

    —De aquellos próceres, con el que más cerca estuve fue Pedro Laurenz. Lo que pasa es que había otros que tocaron mucho tiempo, como Troilo, Piazzolla, Federico, que me gustaban por otro lado, pero de ese grupo de los auténticos yo puedo mencionar a Laurenz porque inclusive estuve mucho tiempo al lado de él, iba a la casa, conocía a la familia, a la hija, a todos. Laurenz tuvo una gran orquesta pero, sobre todo, era un tipo extraordinario.

    —¿Qué puede decir del maestro Horacio Salgán?

    —Otro grande. Yo toqué al lado de él en la década de los 70 en el viejo Canal 7 y después en el Nuevo Quinteto Real durante once años.

    —Es un hombre que ya tiene sus años, ¿no?

    —Y sí, anda por los noventa y seis o noventa y siete. Creo que hasta podría seguir tocando. Pero tiene el problema de que no oye bien, y entonces se marea. Por eso, ha dicho: “No quiero que me vean caerme de un escenario”.