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    La periodista y escritora uruguaya Ana Fornaro presentó su libro de crónicas ‘Instrucciones para las ruinas’

    “Para contar bien las historias hay que poner el cuerpo”, dice Fornaro que ahora vive en Buenos Aires, pero que ha vivido y estudiado en Francia y transitado por lugares tan distantes como la Sahara Occidental para escribir sus crónicas

    El viaje es una constante en su vida y también en sus crónicas, que transitan por ciudades, pueblos, barrios y lenguas. La periodista Ana Fornaro (Montevideo, 1983) es hoy directora de la revista Lento, dedicada a crónica y ensayo. Curiosamente, la revista inauguró su primer número con una de sus notas en la tapa: “El hombre araña uruguayo”. Sus artículos han aparecido en la revista Anfibia, en el suplemento Radar de Página 12, en Brecha, en la diaria. Y sus crónicas y ficciones integran antologías de varios países. Algunas de esas crónicas las eligió para su reciente libro: Instrucciones para las ruinas (Estuario Editora, 2026), publicado primero en Buenos Aires, que también incluye algunas inéditas. Repartidas en dos partes —Largo aliento (las que le llevaron más tiempo de investigación y de escritura) y Sin aliento (las más personales y breves)— estas crónicas son verdaderas piezas literarias que utilizan el humor como uno de sus recursos, aunque a veces lo que cuenta no admite ni una sonrisa. Después está la mirada de Fornaro que se detiene en los detalles, en lo que le cuentan, en lo que escucha y en lo que no se dice. Es un libro que se termina demasiado rápido, lo que siempre es una muy buena señal.

    Licenciada en Letras y magíster en Literatura Comparada por la Universidad de Lille en Francia, desde 2012 Fornaro vive en Buenos Aires, para ella, la ciudad de la crónica, mientras que Montevideo es la ciudad melancólica, más propensa a la poesía. Justamente es un poema de Circe Maia el que eligió como acápite de su libro: ¿Quedó algo? La ceniza, el humo y tal vez un pequeño resplandor. “Circe Maia tiene una sensibilidad con la que comulgo muchísimo, una reflexión muy honda y sin ninguna intención academicista; cierta sencillez que no es sencilla. En ese tramo del poema habla de qué queda cuando todo se derrumba, y lo relacioné con el título de mi libro. Para mí siempre queda un pequeño resplandor: es la vida lo que queda en estas historias”. Sobre algunas de esas vidas y su trayectoria, la escritora mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda.

    —Venís de una familia de escritores, ¿cuánto te influyó para estudiar letras y elegir el periodismo?

    —Crecí tanto en la casa de mi madre (Elina Carril) como en la de mi padre (Milton Fornaro) con muchos libros. Creo que leí más de niña que de adulta, tenía voracidad por la lectura. De muy chica tuve claro que quería ser periodista. Fue muy loco, porque en ese momento mis padres no estaban vinculados al periodismo. Mi madre lo ejerció unos años, antes de ser psicóloga, después se dedicó al psicoanálisis. Mi padre estaba trabajando en publicidad. Pero había algo que yo quería. Jugaba a escribir notas en una máquina de escribir que había sido de mi abuela. En la adolescencia seguí vinculada a la literatura, sobre todo a la poesía. En el momento de elegir la carrera opté por Letras, porque pensé que iba a tener más herramientas y a profundizar. Pero lo del periodismo siempre estaba ahí. Hice un máster en Francia con una beca, pero pensé que la academia no me podía atrapar. Cuando terminé, regresé a Uruguay y empecé a trabajar en AFP.

    Instrucciones-para-las-ruinas

    —Escribiste columnas de humor en Lento con la firma de Juana Gris, ¿cuánto heredaste de tu abuela, Elina Berro, pionera del humor escrito por mujeres?

    —Mi abuela hizo humor satirizando su clase social con el personaje de Mónica; pero mi madre en los años 80 también tuvo una columna de humor feminista en Guambia, más parecido al de Maitena. Mi padre trabajó también en Guambia y en El Dedo. El humor forma parte de mi identidad, de mi relacionamiento con el mundo. Creo que es una forma de ver las cosas y de pensar, de tomar distancia. Me sentí siempre muy cómoda con esa escritura. Cuando tuve mi columna en Lento, que firmaba como Juana Gris, me permitió ir explorando mi voz de escritora. Me salía una manera de contar las cosas atravesada por el humor.

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    Ana Fornaro.

    Ana Fornaro.

    —En este momento de tanta fugacidad y fraccionamiento de las noticias, es una audacia dedicarse a un periodismo de largo aliento. ¿La razón para publicar este libro fue mostrar que aún está vigente?

    —Al principio me daba cierta inseguridad publicarlo, porque eran crónicas ya publicadas. Pero ahora que veo que el libro circula, es leído y tengo devoluciones, pienso que tenía sentido que saliera, por las crónicas y porque hay una necesidad de otorgarle un lugar de importancia a la tarea periodística en un momento en que está siendo supervapuleada y cuestionada. Lo atractivo del periodismo narrativo es que las notas se leen como si fueran un cuento. Es como una trampita que hacemos, voy a armarte una historia que te va a resultar seductora y te cuento una situación de desigualdad o de injusticia.

    —El título del libro es el de una de las crónicas en la que contás a partir de un recital de Coldplay los síntomas de un “nuevo mundo” guionado, con mensajes de cómo hay que pensar y sentir. Te reís de eso, pero no tanto.

    —Quise expresar como un desconcierto y parte de mi desesperación de no entender. Me pongo mal cuando no entiendo. Estamos bombardeados por un montón de mensajes que nos quieren hacer pensar de determinada manera. Cuando hay tanta información y bajada de línea, un poco me desespera. Durante la pandemia estuve bien anímicamente, pero cuando dijeron “esto ya está, salgan", pensé que el mundo era una mierda y no quería ir ahí. Ese concierto de Coldplay fue de mis primeras salidas y que un cantante te diga qué sentir, me enerva. La experiencia artística no es dirigida. No me digas soltá el teléfono y viví el momento presente. Pero estaba lleno de esos mensajes: “Vive, ríe, ama, respira”.

    —Salvando las distancias, sucede lo mismo con tu crónica Deconstruime esta, sobre los variados mensajes feministas…

    —En esa crónica me tomo el pelo a mí misma. Cuando la publiqué (2017) estaba a full con el feminismo, todo el tiempo estaba en las calles. Pero también estaba harta. Es que no termino de abrazar cien por ciento nada. Obviamente que el feminismo desde el punto de vista ideológico sí lo abrazo, pero los discursos me cansan. Viene Paul Preciado, propone algo y me tengo que casar con eso; después dicen que no hay que tener parejas monógamas, sino abrazar la libertad. En ese momento estaba muy cerca del movimiento LGBT, aunque yo era heterosexual, y me planteaba preguntas, me cuestionaba mi propia identidad. Tenía 33 años y me preguntaba lo que tenía que pensar, quién era. Ahora estoy más tranquila, pero fueron años muy efervescentes.

    —El viaje ha sido una constante en tu vida, y también en tus crónicas, que tienen mucha movilidad. ¿Sentís que la travesía es algo imprescindible para escribirlas?

    —Creo que para contar bien las historias hay que poner el cuerpo. Eso implica a veces seguir a las personas para que te presten sus vidas cotidianas, y vos como una mosca estés viendo cómo se mueven, cómo hablan, cómo se relacionan con su entorno. Eso implica desplazarse físicamente. Mi vida ha sido un desplazamiento. Me fui de Uruguay a Francia con 22 años y estuve allí casi cuatro años. Después volví a Montevideo, estuve tres años y me volví a ir. Siempre estoy con la pregunta ¿y ahora qué? Pero no fui una nómade, porque en todos los lugares tuve arraigo. Ahora fui a Lille, a donde hacía unos 16 años que no iba. Tuve toda una vida allí, mi casa, mis amigos, mi novio. Hay una parte mía que necesita establecerse, aunque no del todo. En Buenos Aires estoy desde hace 14 años, pero no termino de sentirme como que soy de ahí. Siempre soy un poco como extranjera. Cuando volví de Francia, tampoco me sentía que era de acá. Es un problema (se ríe), siento que estoy siempre medio en tránsito. He estado expuesta a contextos distintos, he vivido en lenguas diferentes, todo eso te vuelve más porosa, más atenta al entorno. Implica ser un poco otra persona.

    —La crónica Arena en los ojos, en la que contás tu experiencia en el Sahara Occidental con el fotógrafo Rogério Ferrari, creo que es la que más querés. ¿Es así?

    —Sí, fue de las experiencias más fuertes que viví y es la que más quiero, no solo por el viaje, sino por cómo fue el proceso de escritura con Rogério. Yo tenía notas de esa época, pero el viaje lo fuimos reconstruyendo juntos. Rogério se enfermó de cáncer y la escritura de la crónica fue durante su enfermedad en 2021. Tiene un sentido muy grande para mí porque, a los dos meses de publicarse, Rogério murió. La pudo ver y se la pudo mandar a sus amigos, que después me escribieron. Es algo de nuestra amistad que perduró y se materializó. Conocí a Rogério en Porto Alegre, era un activista y fotógrafo, un genio absoluto. Fue una de esas casualidades de la vida. Cuando lo conocí había regresado de Gaza, pero había estado en varios conflictos. Quería registrar la resistencia de los saharauis en Marruecos y me invitó a ir con él. Yo no tenía idea, no estaba internalizada con el conflicto. Había terminado la tesis, la defendí y, al día siguiente, me tomé un avión con él. Tenía 25 años y la crónica la escribí con 35.

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    Ana Fornaro.

    Ana Fornaro.

    —En el libro decís que ese viaje te marcó mucho para hacer crónicas, a pesar del riesgo constante que vivieron.

    —Fue de las primeras veces que sentí que lo que estaba haciendo era lo que quería, que tenía sentido. Es muy loco porque, aunque era un entorno muy duro, no estaba sufriendo. Pensaba que si me quería dedicar a algo en la vida era a contar estas historias. Tuvimos muchos problemas de acceso a la información y no sabía si iba a haber una nota. Para Rogério, que había estado en varios conflictos, fue una de las experiencias más fuertes que vivió. Estábamos en riesgo todo el tiempo, pero yo tenía la inconsciencia veinteañera. Rogério sí se daba cuenta, pero era un tipo muy tranquilo y no me quería asustar. De un par de lugares me dijo: “Ana, nos tenemos que ir”. Tuvimos a policías amenazándonos, como que nos iban a llevar. No sé si ahora haría ese viaje.

    La otra crónica que supongo te marcó fue Zamba para un padre solo, que transcurre en Salta, donde asesinaron a dos jóvenes francesas en 2011. Una realidad de las provincias argentinas que no da respiro…

    —Fui a hacer la cobertura del juicio y cuando volví estuve tres días en la cama. Lo que sucedió en Salta pasa en varias provincias del norte, en Chaco, en Jujuy, las violencias que te imagines están ahí. En capital no te das cuenta de las lógicas coloniales que funcionan en esos lugares. Cuando voy la paso muy mal. Lo primero que hice al cubrir ese caso fue ir a una marcha que organizan familiares de víctimas de femicidios. Se te estruja el corazón porque no los escucha nadie. Esos asesinatos de Salta son un caso paradigmático de los crímenes de poder. Siempre hay alguien relacionado con la política o con familias ricas. En el libro no me meto con las comunidades indígenas, pero trabajé los últimos 10 años muy cerca, sobre todo con mujeres indígenas. En mi crónica cuento el asesinato de esas dos chicas blancas y europeas, con un padre que busca justicia desde hace años y aún no la ha logrado. Imaginate lo que hacen con las niñas indígenas que nadie va a proteger.