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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl presidente Biden enviará al Congreso una solicitud para aumentar el gasto público en 1.9 trillones de dólares. Pavadita lo del ojo. Que, además, se sumarán a los 900 millones votados hace unos meses. Es el mayor aumento del gasto en la historia de los EE.UU.
Como siempre ocurre, la medida causó polémica. A favor se argumenta que, ante una realidad prolongada de relativo estancamiento y de bajas tasas de inflación, se requiere de algo muy fuerte para salir rápido (antes de que el desempleo se haga crónico). En contra: peligro de un rebrote inflacionario que obligue a un frenazo violento, a la Volcker y de una pérdida de confianza en la capacidad de pago de la (enorme) deuda.
Por otra parte, no es fácil determinar cuál es el monto ideal para estimular, sin despatarrar.
Está claro que nosotros no somos EE.UU. Pero tenemos un panorama económico con similitudes: caída del producto y alto desempleo. Adicionalmente, Uruguay padece bajos niveles de inversión y un déficit crónico en materia de productividad.
Por otro lado, no hay dudas de que el momento no es el ideal para salir a aumentar el gasto. La herencia más la pandemia nos dejan un agujero fiscal enorme.
Pero precisamos hacer algo para tratar de salir del pozo. Algo más que las propuestas de una renta básica y el aumento del gasto corriente (que propone Astori). Nada de eso reanimará la economía. Tampoco resultará hacer las de Macri y sentarse a esperar que vengan inversiones.
¿Por qué no pensar en una suerte de Plan Marshall? No de tirar plata, tipo Antel Arena, sí de invertir inteligentemente, sumado a un plan de competitividad. Más que “sumado”, atado.
No es algo para encarar alegremente. Significará endeudar al país (todavía más), lo que equivale a sacrificio para las nuevas generaciones. Hay que abordarlo con respeto y prudencia, aun dentro de un plan audaz. En definitiva, lo único bueno de los tiempos que vivimos es el bajo nivel de las tasas de interés.
¿Cómo encarar la cosa??
Lo primero es hacer un estimado del monto adecuado. No es fácil, pero hay formas de aproximarse, calculando el gap entre lo que produce el país y su capacidad de producción. Dibujada una cifra, viene la adecuación hacia la otra punta: qué significa en términos de deuda y las posibilidades de financiarla (buscando un mix entre multilaterales y el mercado). Tanteando a las fuentes sabremos cuánto de lo necesario es posible.
En paralelo, el gobierno debería confeccionar un menú de inversiones que tengan potencial de retorno y de empleo. Para optimizar la búsqueda (y reducir la rebatiña que se generará), no estaría mal crear una suerte de GACH económico. No se trata de hacer Arenas, ni regasificadoras, ni puertos de aguas profundas ni centrales de ciclo combinado…
Pero nada de lo anterior será efectivo si no va unido a una transformación en la capacidad productiva del Uruguay. Para empezar, nadie nos va a prestar (y menos invertirá) si no demostramos potencial de desarrollo. Y sería un crimen endeudar al país para seguir como estamos. Que es precisamente lo que ocurre con las recetas de subsidios.
Todo el paquete, endeudamiento y reformas, debe serle planteado al Parlamento para que, en representación de la mayoría del país, le dé su respaldo explícito, reforzando así la confianza de los mercados.
Las reformas deben incluir áreas como la seguridad social y el empleo, donde ya se conocen algunas medidas bastante obvias y el resto puede expresarse en un mandato orientativo al PE. Luego, sumar desregulaciones, estatales y comerciales, también archiconocidas.
Eso sí, debe quedar claro que solo sirve el combo completo. Si el Parlamento sufre uno de esos ataques de sensibilidad solidaria y solo vota el endeudamiento, debe saber que habrá veto presidencial.
Confieso que me cuesta bastante escribir esto. Va contra mi formación y mis instintos (y buena parte de lo que he chicho). Imagino estar en el MEF.
Pero las alternativas son peores. Sobre todo las de gastar sin reformar.
Ignacio de Posadas