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Rodeados de cientos de bombitas de luz, un holandés y una brasileña, dos clowns de hoy, alejados del estereotipo del payaso estúpido, cuentan la historia tragicómica de un niño llamado Ruggero, entre la comedia y el drama. En cartel en la Sala Balzo del Sodre hasta el domingo 15, Bianco su Bianco es una auténtica clase magistral de “clownería contemporánea”, como define su autor y director, Daniele Finzi Pasca, al género escénico al que consagró su carrera.
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La Compañía Finzi Pasca ya es casi un elenco residente de las salas montevideanas. En los últimos cuatro años y medio trajo cinco espectáculos, al Solís primero y ahora al Sodre: Donka, Ícaro,Rain, La Veritá y ahora este espectáculo íntimo para 120 espectadores.
Desde aquel gran suceso, en 1994 en el Stella, cada vez que esta troupe de clowns y acróbatas recala en Montevideo, Finzi aprovecha para hacer Ícaro, su obra “para un solo espectador” que lleva más de 800 funciones en 25 años. Esta vez llenó la sala Eduardo Fabini del Auditorio, que tiene 2.000 butacas. En tanto, el suizo fue confirmado por el Cirque Du Soleil para crear su próximo espectáculo.
Más allá de la anécdota puntual —un niño que ha sufrido violencia familiar y los vaivenes de su crecimiento—, Bianco su Bianco (entradas a $ 750 en Red UTS) es en esencia una declaración estética del concepto de clown concebido por Finzi Pasca. La brasileña Helena Bittencourt y el holandés Goos Meeuswen materializan la evolución del payaso torpe que limita su acción a tropezones, resbalones y porrazos, al intérprete que maneja una vasta paleta de emociones, entre ellas el humor, pero no la única. Entre los dos actores se reparten el peso de la narración: la brasileña es portadora de la palabra y el holandés el cuerpo que hace el gasto, que va y viene, que transpira, se retuerce, se estira y se comprime como contrapeso de la oralidad. La ternura y la nostalgia, símbolo del “teatro de la caricia”, como define Finzi Pasca a su trabajo, se dan la mano con la irrealidad hasta el límite del absurdo.
La escenografía del uruguayo Hugo Gargiulo —integrante de la compañía desde hace más de 15 años— está basada en la luz. Un escenario sembrado de bombitas eléctricas a filamento, a lo largo, ancho y alto, permite una gama enorme de posibilidades: variaciones de potencia, secuencias rítmicas, apagado individual y por sectores. La riqueza técnica hace posible imágenes entrañables, como el apagado de bombitas con los dedos y la cosecha de luces en una bolsa, como si fuesen frutos.
El problema en esta versión está en la palabra. Por más que la brasileña habla un castellano más que digno, su dicción extremadamente pulcra dificulta al espectador ingresar en la profundidad de la historia. Se hace difícil concentrarse cuando todo el tiempo aparece una frase mal pronunciada o una construcción sintáctica con errores. Como es de esperar, la dinámica fluye sin problemas en los pasajes de teatro físico, donde los cuerpos hablan su lenguaje universal. No por casualidad, es el momento de mayor disfrute del público infantil.
Sochi.
La estadía de la Compañía Finzi Pasca en Montevideo motivó la presentación, el martes 10, del documental Sochi, rompiendo el hielo, dirigido por Juan y Facundo Ponce de León, que narra el trabajo del grupo en la concepción y puesta en escena de las ceremonias de clausura de los Juegos Olímpicos y de apertura de los Paralímpicos de la ciudad rusa de Sochi, en 2014. Finzi Pasca y su equipo, entre los que se encuentran la canadiense Julie Hamelin y el uruguayo Hugo Gargiulo, dirigen un ejército de 5.600 voluntarios que representan la historia cultural de Rusia.
Un campo de fútbol lleno de pianos de cola con música de Tchaikovsky; la selección histórica de escritores rusos, un cuadrazo alineado con Pushkin, Dostoievski, Chéjov, Tolstoi, Nabokov, Gorki y Gogol, sale a la cancha sobre escritorios rodantes; castillos invertidos surcan el aire colgados del techo del estadio; un barco rompehielos de 60 metros de eslora atraviesa el campo, y una carpa de circo que desaparece del césped en 30 segundos, son algunos de los prodigios que logra esta gente. La compañía dispone, claro está, de todo el dinero del mundo para hacer posible cualquier cosa: 56 millones de dólares fue el presupuesto de las cuatro ceremonias olímpicas de los juegos de Putin. Así, nada es imposible, y la película de los hermanos Ponce —cuya fecha de estreno aún no está definida— lo cuenta muy bien.