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Su rostro aindiado —serio y melancólico—, su cuerpo robusto, de movimientos lentos y hasta toscos, y su tendencia a observar en silencio, hicieron que muchos se confundieran y no alcanzaran a medir, hasta que hablaban con él, mateando y abriendo lentamente la confianza, la amplitud de su cultura y, sobre todo, la intensidad y riqueza de su intelecto.
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Parecía lo que fue solo al principio: un payador avispado. Pero Abel Soria, que murió el domingo 4 de madrugada en San José, a los 79 años, empezó así, humildemente, aunque cerró su ciclo vital siendo un artista cabal: recreó la copla criolla, de incierto origen, esa que de todos modos puede reconocerse en pioneros como Valdenegro o Bartolomé Hidalgo y en continuadores como Serafín J. García o Wenceslao Varela; hizo arte, con pocos antecesores de relieve, del relato entre campero y suburbano de corte humorístico; y fue heredero del cuento nativista y de poblados chicos, que impuso uno de los más grandes escritores nacionales, Francisco “Paco” Espínola.
Además, Abel fue la real, visible construcción de sí mismo. Llegó a San José, desde su Cerrillos natal, a los 19 años: una campera de color indefinido, bombachas de peón, alpargatas viejas con flecos y una guitarra a punto de deshacerse entre sus brazos. Fue derechito a la vieja radio maragata, entonces un centro social que relacionaba a personas separadas por la distancia a través de audiciones con mensajes, hacía sonar discos pedidos semanalmente por carta o recibía, en su fonoplatea de piso hormigonado y techo de zinc, nada menos que a Atahualpa Yupanqui. Otros tiempos, otra gente.
Muchos lo ayudaron al empujón inicial y lo acompañaron en un recorrido que, por años, no fue fácil: tocó la guitarra, cantó y escribió y también debió trabajar como enfermero en el hospital departamental para parar la olla. El mérito esencial fue suyo: incansable lector, atento oyente, predicador modesto pero sin límites del esfuerzo por ser mejor cada día.
Entre quienes lo recibieron con cariño estuvo mi madre, locutora de la radio, que él la sintió como suya. Por eso, en una amistad que no ha concluido, nos hemos llamado siempre, así hayan pasado años sin vernos, hermanos de sangre.
Poco reconocido en la capital, fue admirado sin tasa hasta en los más remotos sitios del país.
El arte popular ha sufrido una gran pérdida.
Me disculpo por tener que decir que nuestra hermandad perdura: en cualquier momento habrá otro abrazo.