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    Abollados

    “The Master”, de Paul Thomas Anderson

    Dos hombres excepcionales se encuentran. Por un lado Freddie Quell, un soldado de la marina que han enviado a casa con un pronóstico reservado. En las primeras tomas lo vemos en una hermosa playa, con sus compañeros de armas. Mientras alguien confecciona una mujer de arena, Freddie se acuesta sobre ella y hace como si copulara. Los compañeros ríen. Luego Freddie festeja en el acorazado el fin de la II Guerra Mundial realizando un potaje alcohólico de temer. Solo él sabe la fórmula; solo él y muy pocos podrán aguantar semejante bebida. Cuando lo confrontan con el test de Rorschach, Freddie dice ver vaginas y penes en las tres primeras láminas. No es necesario seguir con la prueba.

    Por otro lado tenemos al señor Lancaster Dodd, inteligente, bien vestido, educado, todo un caballero. Parece un científico de prestigio y un buen padre de familia. Incluso viaja en veleros y se da gustos de millonario. Eso sí: practica una curiosa hipnosis con sus pacientes y es el fundador de una secta con varios adherentes, algunos detractores y problemas legales.

    Freddie sale disparado de un trabajo como fotógrafo y luego de la recolección de la cosecha en una comunidad mexicana. Está claro que le costará adaptarse a la vida normal, si es que eso existe. Por esas cosas de la vida se topa con Lancaster y su comitiva. Freddie es un alcohólico notoriamente abollado, por momentos da miedo. Lancaster, por el contrario, parece un ser sensato, contenido. Parece. En realidad, son algo así como almas gemelas.

    Ambientada en 1950, cuando el mundo apenas se reponía de una monstruosa guerra mundial para entrar en otra más sorda, ajedrecística y nuclear, esta es la historia de dos señores fuera de lo común, desagradables pero complejos, porque en ningún momento se evapora de sus vidas una cierta sensibilidad o un cierto trazo de ternura.

    Y aquí llegamos al gran Paul Thomas Anderson (Studio City, California, 1970, ¡pero si nació en un estudio de cine!), un cineasta capaz de poner en juego ideas pesadas sin descuidar los matices, los recovecos y los grises en las psicologías. Tanto Quell como Dodd pueden ser vistos como figuras simbólicas, uno representando lo más animal y bajo del ser humano y el otro como un portavoz de un pensamiento más complejo, de la superación y del éxito. Pero los extremos se tocan; en su violenta naturaleza, Quell también deja lugar a una singular reserva de soledad y desamparo, mientras que Dodd, debajo de su epitelio de señor refinado y culto, destila fastidio y malas intenciones. En cierta forma, también es la historia de dos farsantes, dos chantas arrojados al mundo. No se juzga a ninguno de los dos personajes: ellos operan así, de ese modo y no de otro porque las cosas son de un modo y no del otro. Que los evalúe el espectador.

    Hay directores profesionales y competentes. Y después están los capos como Paul Thomas Anderson, también conocido por las iniciales PTA. La clase de tipo que maneja su propio material y que la gente juiciosa e inteligente considera un autor o un artista.

    Hasta el momento ha dirigido seis largometrajes y ni uno solo es bueno: todos son de muy bueno para arriba. Debutó con el arenoso y melancólico policial “Sydney, juego y prostitución” (Hard Eight, Sydney, 1996), con Philip Baker Hall, Gwyneth Paltrow y un casi ignoto Philip Seymour Hoffman. Al año siguiente hizo la imponente “Boogie Nights”, sobre el tan bien iluminado, espontáneo, estimulante y sórdido mundo de la pornografía; la rompían William H. Macy, Mark Wahlberg, Julianne Moore, John C. Reilly y otra vez ese tal Seymour Hoffman. Luego presentó “Magnolia” (1999), una obra maestra donde volvían a encontrarse grandes actores como Jason Robards, Moore, Macy, Reilly y una vez más Hoffman; se mezclaba con ellos un sorprendente Tom Cruise como telepredicador del pene. “Embriagado de amor” (Punch-Drunk Love, 2002) demostraba que PTA era un capo para las comedias y que bien dirigido Adam Sandler también (una curiosidad: aparecía por allí Philip Seymour Hoffman). Con “Petróleo sangriento” (There Will Be Blood, 2007) el director ponía en juego su habilidad para los dramas rurales que rebasan el naturalismo y que son mucho más de lo que se ve. La batalla brutal por la existencia era entre Daniel Day-Lewis y Paul Dano. Fue la única vez en que PTA se apoyó en una historia ajena, una novela de Upton Sinclair, aunque con guión propio. Y la única vez en que no incluyó a Seymour Hoffman (estaría filmando con Sidney Lumet).

    ¿Y qué hace PTA en The Master? Lo que sabe. Filmar como muy pocos. Cada secuencia irradia algo más de lo que estamos acostumbrados a ver. Más allá de la fotografía, más allá de la ambientación y más allá de las maravillosas actuaciones de Hoffman, Joaquin Phoenix y Amy Adams. Es como si el director encerrase en cada plano un secreto particular que solo él conoce.

    Un día, quizá con el fin de compensar el favor de haberlo incluido en “Magnolia”, Tom Cruise invitó a PTA al set de “Ojos bien cerrados”, para que conociera a Stanley Kubrick. Pasaron un buen tiempo juntos, caminando entre los decorados, conversando, contando chistes. Seguro que PTA chupó rueda. Y capaz que Kubrick también.

    “The Master” (The Master). EE.UU, 2012. Guión y dirección: Paul Thomas Anderson. Duración: 144 minutos.