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Ese rostro largo, afilado, que tan bien le cuadra a un individuo silencioso, ensimismado en sus pensamientos, raro. Una reconocida fobia a la gente, a la mezcla de razas, a la chusma que se junta en los puertos y en los mercados. Es mejor quedarse en casa a leer y tomar una taza de té. Y cuando cae la tarde, en todo caso, dar un paseo por la bella Providence para admirar sus elegantes y viejas casas. Si ya de niño salió en defensa de los leones cuando la maestra en la escuela hablaba de los pobres cristianos en el circo romano, no sería de extrañar que Howard Phillips Lovecraft viera con buenos ojos una invasión extraterrestre. Es más: en su cosmogonía literaria, luego de la separación de los continentes y de la creación de las montañas, allá por los primeros abismos de la vida en la Tierra, estaban ellos, las criaturas primigenias, unas veces mitad pez, mitad murciélago, en otras oportunidades enormes calamares con garras de depredador. Son los dioses antiguos, los que aún en su ausencia no dejan de rasgar puertas y ventanas en la noche. En todo caso, una morfología de pesadilla de corte anfibio, que con gracia el cineasta John Carpenter atribuye a una paella que Lovecraft digirió mal, un pésimo atracón de mariscos, como lo dice en el documental Lovecraft: Fear of the Unknown (2008), escrito y dirigido por Frank H. Woodward.
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Pero seamos justos: a Lovecraft le interesa más que nada dar en el clavo del horror. Las fuerzas desatadas en el cosmos pueden también ser sencillamente metafísicas y lumínicas, aunque letalmente epidémicas, como en el cuento El color que cayó del cielo. Así, el terror adquiere la esencia de algo puramente químico, sin forma alguna pero con suficiente maldad.
La reciente edición en Acantilado de dos novelas clásicas de Lovecraft, El caso de Charles Dexter Ward y En las montañas de la locura, es una invitación a viajar por el estilo de este maestro de la literatura del terror, recargado, barroco, amante de los adjetivos pomposos, en varios pasajes hasta cándido e inocente, pero siempre personalísimo.
Charles Dexter Ward opera como el científico que no debe traspasar ciertos límites y sin embargo lo hace. Un poco como el Dr. Frankenstein, pero en lugar de juntar partes humanas y armar un ser, Sir Charles Dexter Ward, gracias a ritos ocultos, libros de brujería y extrañas fórmulas de sales, reanima cadáveres y los vuelve a la vida: un monstruoso ejército de Lázaros desbocados, mal de la cabeza. En uno de los mejores tramos del libro se desata una batalla apocalíptica entre las fuerzas del orden y el castillo de las tinieblas, que resguarda entre sus muros a esas pestilentes figuras “no del todo humanas, no del todo animales”.
Siempre hay algo difuso, imposible de precisar en su literatura, por más descripción que talle y desarrolle en las páginas. En cierta forma, Lovecraft nunca muestra todas las cartas y deja un espacio para la especulación pura. A veces basta con mirar el fondo de un pozo muy profundo, nada más.
Por lo general, en sus cuentos y novelas, este espigado escritor carece de humor, es bastante solemne, pero en algunas ocasiones le brota un filo gracioso a su pesar. En un pasaje de la novela, Dexter Ward, desesperado por no poder controlar lo que ha invocado, alerta a alguien en la posdata de una carta: “Si se encuentra con el doctor Allen mátelo y disuelva su cuerpo en ácido. No lo queme”. Como advertencia, es peligrosa. Como pedido, absolutamente genial.
Otro es el caso de En las montañas de la locura, donde lo que origina el horror es el descubrimiento, en una expedición a la Antártida, de unas extrañas figuras de difusa forma marina y, para que tiemble la humanidad, de una tremenda ciudad abandonada, con sus edificios de enormes proporciones y sus pasajes laberínticos, anterior a la existencia de cualquier primate, una ciudad que seguramente inspiró a Roger Dean, el diseñador de las carátulas para el grupo británico Yes.
Antes que el suspenso, que tiene elementos luego recogidos por Alien, el octavo pasajero (1979), de Ridley Scott y El enigma de otro mundo (The Thing, 1982), de John Carpenter, predomina la detallada descripción de ese mundo abominable y de puro espanto, en palabras caras al propio Lovecraft.
Había nacido en Providence, Rhode Island, el 20 de agosto de 1890. Su padre fue víctima de la locura y el niño H.P. fue criado por una madre sobreprotectora, que lo vestía de niña y lo convirtió en la bestia de sus fantasías, las de él y las de ella. Y cuando ya no estuvo la madre, llegaron las tías.
Trabajó como escritor fantasma (justamente él, un fantasma), redactando libros y enderezando frases de otros, horas tras horas. Publicó sus cuentos en las revistas pulp de la época, como Weird Tales, que se consumían a nivel popular. Y no le pagaban más que unos miserables dólares por cada cuento. Pero lo que más hizo fue escribir cartas, a amigos, a conocidos, a quien fuera. Venía de una familia de clase media acomodada, con un abuelo dedicado a los negocios y poseedor de una gran biblioteca, de la que Lovecraft era fanático. Edgar Allan Poe, Lord Dunsany, Bram Stoker... Lovecraft tocaba los lomos de los libros y ya se estremecía.
Misógino y freak hasta la médula, lo curioso es que se terminó casando a mediados de los años 20 con Sonia Greene, una mujer judía, divorciada y mayor que él. Es su período más oscuro, porque se radica en Brooklyn, Nueva York, donde no hace más que padecer y sufrir el crisol de razas y costumbres, los vecinos, el ruido, la modernidad, él, un caballero a la vieja usanza. Es posible que las relaciones íntimas entre marido y mujer fuesen, cómo decirlo... lovecraftianas. Para hacer una película, realmente. Y el tormento estaría dado exclusivamente por la invasión del barrio –con esos sonidos estridentes, con esa gente espantosa— en la mente sensible y enferma de nuestro escritor, que estaría interpretado por Michael Shannon.
Finalmente, Sonia sintió que su marido era uno de los bichos de su propia literatura y se separaron. Ella siguió su camino y se volvió a casar; él volvió a Providence, con sus tías, a tomar el té por las tardes, a leer a Shakespeare y a escribir por las noches sobre los nauseabundos abismos de muertos, criaturas milenarias y alienígenas que alborotan debajo de las camas de la gente bien. Murió el 15 de marzo de 1937, de cáncer intestinal. Tenía 46 años.
Su mundo literario se va construyendo con historias y referencias que alguna vez se volcaron en antiquísimos papiros o en las rocas. Las más conocidas son los mitos de Cthulhu (palabra impronunciable para las cuerdas vocales humanas), el libro de los muertos o Necronomicón del “Árabe Loco” Abdul Alhazred y las deidades de Sumeria en la alborada del hombre sobre la tierra, hoy Irak (miren dónde está la causa de la violencia, no era el petróleo), como Pazuzu, el asqueroso demonio que poseyó a la pobre Linda Blair en El exorcista (1973), de William Friedkin, obra maestra del terror.
Tengo en mis manos un ejemplar de Necronomicón (La Factoría de Ideas, 2014) y estoy en las páginas del testimonio del Árabe Loco. He aquí su conjuro para quien desee aplicarlo a personas no gratas (jugadores del equipo contrario, novios y novias despechados, jerarcas engordados de soberbia, militares y políticos de diversa índole): “¡Y que los dioses garanticen nuestra muerte antes de que los antiguos vuelvan a gobernar la tierra una vez más! ¡Kakammu! ¡Selah!”
¿No funciona? Es que faltan las sales. El Árabe era Loco, pero no gil. Un secreto es un secreto.