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En pleno apogeo de la temporada teatral, con unas 65 propuestas infantiles en cartel, en la primera quincena de julio la oferta escénica de Montevideo es de al menos 135 espectáculos, según cartelera.com.uy. Desde gigantes como Disney On Ice y el Cirque Du Soleil en el Antel Arena a pequeñas salas como Ducón, Arteatro y La Cretina. En medio de esta saturadísima oferta, la Comedia Nacional propone tres títulos de autores europeos actuales. Y más allá de las diferencias de forma, las tres presentan rasgos de fondo bastante similares: en las tres el asunto es la intimidad de los vínculos entre los seres humanos. Nada nuevo bajo los focos. Al final, siempre es la misma canción. Con sutiles variaciones, a saber:
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El francés Jöel Pommerat recuerda a la mencionada canción de Fernando Cabrera al titular esta obra La reunificación de las dos Coreas, nombre que reivindica lo imposible como motor vital. La utopía del amor, el bienestar y la felicidad es el combustible de las pasiones que arden en escena, en una obra que se esfuma ante el espectador, se consume de la mejor manera y llena la Verdi de energía teatral. Mario Ferreira demuestra una vez más su agudo olfato para elegir textos que revelan el lado oscuro, enfermo y quebrado de la vida en Occidente. En 18 escenas breves, independientes entre sí, de no más de cinco minutos cada una, plantea un mosaico de relaciones “en las que el amor se estrella, estalla, duda o se lamenta, se añora y muere, ríe, sufre y se golpea, huye sin dar explicaciones”. Capa sobre capa se construye un retrato coral del amor en estos tiempos, sin estridencias y sin caer en la autocomplacencia. Con una puesta austera (un par de sillas y un panel corredizo blanco), en la oncena de intérpretes destacan Alejandra Wolff, Fabricio Galbiati, Isabel Legarra, Luis Martínez y la invitada Sandra Américo, una actriz con sobrada pasta para ingresar al elenco oficial.
Cuatro años atrás un grupo independiente argentino mostró en el Fidae una obra de las que no se olvidan. Se llamaba Mi hijo solo camina un poco más lento, estaba firmada por un joven y por acá ignoto dramaturgo croata llamado Ivor Martinic (1984). Un muchacho en silla de ruedas era el centro de una constelación (padres, hermanos, novia, amigos) que giraba en torno suyo y sus circunstancias. Ahora, Diego Arbelo, uno de los mayores talentos de la Comedia, llevó a la Zavala Muniz otra perla del mismo collar: Drama sobre Mirjana y los que la rodean. Ahora el centro de gravedad es una mujer adulta, separada, madre de una adolescente, quemada con el trabajo y con su vida, con abundantes rasgos depresivos. Notable labor —y van…— de Jimena Pérez, una actriz en la cumbre de su madurez, tan bien dotada para una comedia clásica de repertorio como La dama boba, un musical, una pieza infantil o un drama crudo y espeso como este. A su alrededor, su mundo: madre, hija, exmarido, amante, jefe, compañeros de trabajo; una fauna humana en la que brillan Claudia Rossi, Pablo Varrailhón, Fernando Vannet, la invitada Natalia Sogbe (buena opción ante la evidente falta de jóvenes en el elenco) y especialmente Lucía Sommer como una compañera de trabajo cínica y directa, una especie de voz de la conciencia. Una gran mesa y un tul semitransparente de fondo enmarcan todos los planos de acción, un montaje inteligente y práctico de Arbelo y su equipo de diseñadores. Aplausos para el escenógrafo Gustavo Petkoff y la iluminadora Ivana Domínguez. Viene a cuento recordar que otra obra de este interesante autor croata, su reescritura de Bartleby, de Herman Melville, estuvo en cartel en otoño en la sala Delmira Agustini, interpretada por Gerardo Begérez.
Inglé
En los últimos años la inconmensurable carrera de Jorge Denevi (se acerca a los 170 espectáculos dirigidos) viene por todo lo alto. No ha parado de cosechar aplausos, excelentes críticas y abundantes Florencio. Pero definitivamente, Absurda gente absurda, en la sala mayor del Solís, no quedará entre sus trabajos memorables. El veterano comediógrafo Alan Ayckbourn (80 años) es su autor fetiche: el Flaco ha dirigido al menos una docena de las casi cien obras firmadas por el inglés, incluyendo las notables Las conquistas de Norman, Las cosas que hacemos por amor y Como lo hace la otra mitad. Pero en este caso el humor falta sin aviso. Más allá de las buenas labores histriónicas de Leandro Núñez y Juancho Saraví —dos de los mayores capocómicos del teatro uruguayo actual— y de las siempre sólidas Andrea Davidovics y Roxana Blanco, estos enredos de parejas ambientados en enormes cocinas —un desmedido esfuerzo de producción— dejan gusto a muy poco en términos humorísticos. Un tedio importante interrumpido por algunos pasajes apenas llamativos. De lo más flojo del elenco y del director en un buen tiempo. Igual, se sabe, el teatro da revancha.