N° 1810 - 09 al 15 de Abril de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMr. Pickwick es un caballero de porte considerable, de sonrisa apresurada, ya entrado en años, que ejerce un vivo aunque misterioso liderazgo sobre algunos amigos, que lo siguen con una mezcla de admiración, respeto y entrañable afecto en lo que se ha dado en llamar precisamente el Club de Pickwick. Tanto es así que cuando al insigne se le ocurre cruzar Inglaterra y visitar algunas aldeas y pueblos, sus amigos solemnemente le acompañan con la convicción de que están cumpliendo una misión superior al servicio de no saben qué causa interesante y noble.
Las actas de esa suerte de disparatada odisea británica es el objeto externo de la novela de Dickens, pero el asunto está en las desventuras y peripecias que tienen lugar en cada una de las arbitrarias paradas de la troupe. Reza de este modo el inicio de la relación: “El primer rayo de luz que hiere la penumbra y convierte en claridad ofuscante las tinieblas que parecían envolver los primeros tiempos de la vida pública del inmortal Pickwick surge de la lectura de la siguiente introducción a las Actas del Club Pickwick, que el editor de estos papeles se complace altamente en mostrar a sus lectores como una prueba de la cuidadosa atención, infatigable perseverancia y pulcra exégesis con que ha llevado a cabo su investigación entre la profusión de documentos que le han sido confiados: «12 de mayo de 1827.–Presidencia de José Smiggers, Esq., V.P.P, M.C.P.1 Se toman por unanimidad los siguientes acuerdos: Que esta Asociación ha oído leer con sentimientos de complacencia inequívoca y de la más entusiasta aprobación la Memoria presentada por Samuel Pickwick, P.G., M.C.P.2, titulada Especulaciones acerca del origen de los pantanos de Hampstead, con algunas observaciones sobre la Teoría de los murciélagos, y que esta Asociación expresa por ella a dicho Samuel Pickwick, Esq., P.G., M.C.P, su más ferviente gratitud. Que al mismo tiempo que esta Asociación se declara hondamente convencida de las ventajas que para el progreso de la ciencia representa tanto el trabajo mencionado como las incansables investigaciones de Samuel Pickwick, no puede menos de abrigar el vivo presentimiento de los inestimables beneficios que si el referido docto señor ensanchara el campo de sus estudios, dilatase la zona de sus viajes y extendiera el horizonte de sus observaciones se seguirían para el desarrollo de la cultura y la difusión de la enseñanza”.
Bajo esa consigna —que es funcional al relato sinuoso, quebradizo, deliberadamente fortuito— los miembros del club y su presidente deshojan su infinita y poco industriosa curiosidad e instalan amables prejuicios en todos los lugares en los que pernoctan y donde una y otra vez se encuentran con conflictos y abusos económicos, con dilemas éticos, con inconsecuencias de alcoba, con abusivas astucias judiciales, con celos infundados, con deslealtades, con oportunistas de toda condición y, claro está, con las inevitables aventureras sonrientes y de moral distraída que nunca faltan en las posadas, tabernas y recodos de calles y caminos.
Las incursiones de Alonso Quijano por la geografía de La Mancha, en cuanto mecanismo de narración, sobreviven de un modo casi literal en este grupo que comanda Pickwick. La intención de Dickens notoriamente fue rendir homenaje a esos recursos, servirse de ellos y cumplir con el mismo propósito que Cervantes, a saber: satirizar hasta lo intolerable los ademanes con que el común de las personas sostiene esta comedia que nos ha tocado en suerte, a la que en reconocimiento a la brevedad llamamos mundo. Las diferencias culturales, las singularidades de los personajes, los paisajes y pleitos no son los mismos, es cierto; pero esos contrastes hacen más visible las similitudes, las subrayan, las destacan. El juego de Dickens es reescribir el Quijote en clave inglesa del siglo XIX, del mismo modo que el juego de Chaucer es reescribir a Bocaccio a orillas del Támesis, cuando ejercía de aduanero; o el de Cervantes, que jugó con el poema de Ariosto como un niño juega con los reflejos de la luz del atardecer en un estanque agitado secretamente por la brisa.